jueves, 14 de abril de 2011

La vergüenza de la gente bien

Supongo que para alguien de la categoría social del señor Gallardón y sus correligionarios, los pobres de solemnidad deben representar una especie de mancha purulenta que desbarata los esquemas de ciudad ideal, cargada de obras faraónicas, limpia de humos y cualquier deshecho que ponga en entredicho la buena fama de la gente bien. No están acostumbrados a codearse con los desheredados de la tierra, por mucho bombo que se den a la entrada de las iglesias, jugando al papel de remediadores de causas perdidas y hacedores de cristianísima caridad, pero salvando siempre las distancias. Ahora quiere hacer desaparecer de las calles de su espléndido Madrid a los sin techo , e incluso que se apruebe una ley estatal que los borre del mapa, como si se trataran de perros rabiosos y él fuera el lacero del reino que hace el favor de lavar la imagen de la capital ahorrando a los ojos de sus visitantes el deleznable espectáculo que proporciona la miseria. Olvida el señor alcalde ese artículo de la constitución que iguala a todos los españoles y vulnera gravemente la intimidad de los ciudadanos que están en su derecho a la libre circulación territorial y a hacer de la calle su residencia, si así lo creen conveniente. Pero además, ese reflejo de pobreza que tanto hiere la sensibilidad de los populares, no es más que la propia imagen de la sociedad en que vivimos y la prueba evidente de las enormes diferencias sociales que provoca el sistema capitalista, que tanto gusta defender a su partido desde los púlpitos. Claro que para quien se esfuerza en aparentar que ha revolucionado Madrid, a pesar de haberla endeudado de manera escandalosa, la foto de los desfavorecidos plantados en las esquinas de su maravilloso paisaje, debe ser un regalo envenenado que no desearía tener que admitir. Quizá sigue el ejemplo de su ídolo francés, que ya se ha encargado de expulsar a un gran número de rumanos de su territorio y que debe pertenecer a las mismas altas esferas en las que se mueve este político ejemplar, cuyas palabras no se corresponden con sus obras, a la vista de esta desastrosa ocurrencia. Vamos a tener que dar la razón a los que ya nos advertían de la doble moral del señor Gallardón y acabar creyendo que, verdaderamente, enmascara lagunas ocultas detrás de su flamante caballerosidad democrática. Porque en democracia tienen cabida todos ciudadanos independientemente de que pasen la noche en una mansión de la Moraleja o en un cajero de banco donde resguardarse de los fríos del invierno. Nadie merece que se le aplique una ley discriminatoria por el mero hecho de no haber tenido suerte en la vida y menos aún, que se le retire de la circulación para acallar las conciencias de las clases privilegiadas que nunca podrán entender, desde su altura, situaciones agónicas como estas. Más valdría mirar al interior y preguntarse qué clase de errores estamos cometiendo si ni siquiera somos capaces de conseguir que todos vivan dignamente. Lo único que estas personas provocan en la gente normal es dolor, pero nunca vergüenza.

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