jueves, 7 de abril de 2011

Sin predicar con el ejemplo

Haciendo gala de su solidaridad con los efectos que la crisis provoca en la ciudadanía, los miembros del Parlamento más inútil jamás creado, el europeo, se han negado en redondo a cambiar sus magníficos billetes de avión de primera clase por los incómodos asientos de turista, en los que nos vemos obligados a viajar (cuando nos lo permiten nuestros agujereado bolsillos) las personas decentes y honestas, que no pertenecemos la alta alcurnia en que se hallan instalados estos politicastros de pacotilla, que dicen representarnos de cara a la galería de los necios. Es verdad que cuesta perder los privilegios. Que se lo pregunten a los padres de familia que esperan en las colas del INEM suplicando cualquier empleo que les ahorre la vergüenza de tener que subsistir con la limosna de cuatrocientos euros que les tira el gobierno, mientras machaca su dignidad, o a los funcionarios y jubilados que han visto reducido su poder adquisitivo sin que su sacrificio revierta en una mejora sustancial en el panorama del país y sí grandemente, en el pavoneo descarado del sector bancario y en las huchas repletas de infinidad de cargos públicos, encausados o no por corrupción, pero situados en las altas esferas de la economía, sin que les haya rozado siquiera el mal viento que nos azota. Debe ser que ignoramos la procedencia de los que deciden por nosotros y que nos han engañado también cuando nos cuentan de la humildad de sus orígenes, porque su actitud despótica contra los derechos de los más desfavorecidos y su falta de humanidad cuando llega la hora de compartir penurias, o delatan unos ancestros cercanos a la nobleza, o un fascismo ideológico que pisotea sin recato la inocencia de los pobres mientras ellos se asientan en un glorioso porvenir carente de los sinsabores amargos que acarrea la pobreza. Los escaños de oro en que reposan sus ilustres señorías, lejos de traerles incomodidad y quebraderos de cabeza para sacarnos de la situación en que su mala gestión nos metió, abundan en bienestar sin límite y se hayan aislados del sonido que llega de la calle, apartando a sus ocupantes de los desheredados de la tierra, sin que exista la menor posibilidad de un mestizaje que les haga entender qué amargo es el sabor de la miseria. Por eso se niegan a ocupar las plazas de avión junto a las nuestras, porque no quieren contagiarse de los efectos que nos trajo su crisis ni exponer sus santos oídos a las salpicaduras de nuestras voces quejosas que los señalan como causantes de todos nuestros males. Por eso no quieren saber nada de compartir nuestro destino y sus miras son infinitamente más altas que nuestro desasosiego por alcanzar el fin de mes. Y hasta sería entendible, si su eficacia laboral fuera un hecho probado categóricamente, con unos resultados visibles que corroboraran que sus idas y venidas en primera clase sirven realmente para algo. Pero la realidad los aleja bastante de un deber bien cumplido. Están donde están, con un índice bajísimo de votos que convierten las elecciones a este Parlamento en algo que no interesa a casi nadie. Son lentos y demasiado cautos en sus decisiones y dejan todos los días escrito en sus actas, que existen ciudadanos de diferentes categorías, según de qué País provenga. Son, los deshechos de cada uno de los partidos, los apartados de los cargos importantes de su nación, los floreros viejos y pasados de moda que nadie sabe dónde colocar. Que jueguen a creerse importantes todavía, tiene un costo para los estados, dado el nivel que necesitan, exagerado y nefasto que harían muy bien en suprimir, en vez de hacer recortes en los sueldos y las pensiones, como vienen acostumbrando. Para nada sirven sus conversaciones ni sus leyes y si algo importante sale adelante, ha de ser forzosamente beneficioso para los grandes del grupo, léase Francia y Alemania, o para “rescatar” a los que tu vieron la mala suerte de no estar a la altura de sus exigencias, previo pago de unos intereses claramente relacionados con la usura, que no les permitirá volver a levantar cabeza hasta que pasen muchos años. No digo yo en clase turista. Si quieren mantener la pantomima de esta Unión Europea, esclava de los intereses capitalistas de los poderosos, viajen sus señorías en los trenes más baratos que existan en cada uno de sus países, o mejor, apelando al desmedido amor que les ha entrado ahora por la ecología, vayan ustedes en bicicleta.

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