lunes, 25 de abril de 2011

Expulsados de la casa de Dios

A la pantomima televisiva protagonizada por BenedictoXVI el domingo, ya comentada ayer en mi artículo diario, habrá que añadir hoy el inexplicable gesto de la curia romana, que se ha permitido expulsar de la Basílica de San Pedro a un grupo de gitanos rumanos que se había refugiado allí, tras ser destruido su asentamiento en Roma, siguiendo las órdenes directas del presidente Berlusconi.
Los que se autodenominan seguidores de la doctrina de Cristo, han tratado durante años de convencernos de que las `puertas de la casa de Dios siempre estarán abiertas para los pobres y necesitados del mundo, sin horarios que les prohíban refugiarse en ella, si una necesidad perentoria de cualquier tipo afligiera sus espíritus haciendo que se sintieran desamparados.
Pero los nobles principios que están escritos en los libros sagrados de las religiones y el comportamiento real de los que se encargan de administrarlas en la tierra, distan de parecerse lo más mínimo y ponen en evidencia las enormes desigualdades que existen entre los altos dirigentes eclesiásticos y los desheredados de la tierra.
No hay cobijo ni consuelo para los que sin tener nada, no pueden aportar beneficios a las arcas repletas del Estado Vaticano y por tanto, su desagradable presencia incomoda sobremanera a los que ejercen el sacerdocio detrás de los lujos mundanos y la pompa que se esconde tras los muros de la fortaleza más rica del mundo.
Si lo correcto hubiera sido abrir de par en par el recinto para acoger a esta pobre gente, protegerla y alimentarla haciéndose cargo de su mísera situación, dando una muestra de solidaridad para paliar sus terribles historias, la verdad es que la respuesta inmediata que han recibido ha sido la de ser apartados de los dominios del pontífice y devueltos a su trágica suerte, cerrando los ojos al drama que sacude sus vidas, traicionando cualquier principio ideológico que recuerde la esencia de las creencias cristianas.
Nunca sabremos cuál ha sido el motivo de esta decisión, que atraviesa como una espada fría los cimientos de la ética y que habla a gritos de la falsedad del discurso de los que se ponen delante de los fieles los domingos en la Plaza de San Pedro, interpretando el papel de redentores del mal ajeno, para atracción de miles de turistas.
No conoceremos si la expulsión tiene que ver con el aspecto estético que `presentaban estas personas, o si ha tenido algo que ver la xenofobia que contra los individuos de raza gitana arrastra este mundo nuestro sin que sepamos realmente por qué.
Si la causa es lo primero, habría que recordar al clero que el aspecto de las personas sólo puede confundir a las mentes obtusas de los que sin tener en cuenta la pureza interior, atacan ciegamente a quienes se atreven a establecer diferencias, obviando que el camino de la razón nunca tiene que ver con la violencia. Y si es la segunda, habría que plantearse en qué momento se instaló esta rabia contenida en suelo vaticano y si tendrá que ver con la procedencia juvenil del Papa actual, que tal vez no haya aún conseguido desprenderse de los rígidos mandamientos que gobernaron su país durante los años del nazismo.
En cualquier caso, la frialdad de no mirar atrás después de protagonizar una acción como esta, deja claro el color de la conciencia de las esferas eclesiásticas y acaba con cualquier resquicio de confianza que pudiera quedar escondido en el fondo del corazón.
Uno se pregunta si la supuesta tranquilidad nocturna de una de las plazas más hermosas del mundo, no se vería siquiera quebrantada, después de tan ignominioso acto, por alguna luz en la madrugada de alguien que no consiguiera conciliar el sueño.
Puede que lo próximo sea sustituir las cruces cristianas de sus magníficos altares, por esvásticas que representen más fielmente la verdad de sus verdaderos sentimientos.

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