Una de las centrales nucleares de Fukushima empieza a verter restos tóxicos al mar provocando la desesperación en el grupo de aguerridos japoneses que se juegan la vida cada día, tratando de solucionar el desastre. La magnitud de que el vómito nuclear se mezcle con las aguas siendo arrastrado por el efecto de las mareas, podría convertir este suceso en la mayor catástrofe de este tipo acaecida a lo largo de la historia y su contaminación podría llegar en un futuro, a las costas de otros países llevando consigo su signo trágico de desolación casi eterna. No puede ser que hasta ahora no se hubiera previsto que esto pudiera suceder. Es de ley pensar que cuando las naciones se deciden por el uso de esta energía, sobradamente peligrosa, todos los riesgos deben estar cubiertos y quien opta por instalarlas, contar con los medios para hacer frente a estas contingencias, sin que corran peligro la vida de los humanos, animales y especies vegetales que los pueblan. De nada han servido, al parecer, las conversaciones mantenidas a través de los años por los dirigentes del mundo civilizado, ni el progreso adquirido por una de las primeras potencias mundiales, si no hay remedio posible para este mal ni se saben las respuestas a las múltiples preguntas que ahora nos formulamos cuando las cosas ya no encuentran solución. No es de extrañar que empiecen a subir como la espuma los partidos verdes, al recordar cuántas veces nos avisaron de que llegaría un momento como el que ahora atravesamos y que las consecuencias de la energía nuclear no eran tan inocuas como nos prometían los adoradores del becerro de oro. Todos estos mandatarios están en este instante como absortos y sin saber qué camino elegir. Se apremian a cerrar las centrales de mayor edad y se cuestionan si merece la pena mantener este sistema en los territorios, proponiendo a la carrera, un cambio a favor de otras fuentes menos contaminantes y peligrosas, mientras piensan en las enormes pérdidas que acarreará su repentina conversión al ideario ecologista. No se sabe si al final les será permitido retirarse con tanta facilidad de este escabroso asunto, o si aún habremos de oír voces que traten de convencernos de que lo ocurrido en Japón es casual y no volverá a repetirse. Hay demasiados intereses en juego y ya sabemos el valor real que tiene la palabra de nuestros políticos.
lunes, 4 de abril de 2011
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