martes, 19 de abril de 2011

El rugido del viejo león

No dejan de sorprendernos las declaraciones periódicas del ex presidente Aznar sobre los asuntos del país, siempre concedidas a medios extranjeros y rematadamente catastrofistas, cada vez que nos llegan desde alguna de las palestras que ocupa en los foros americanos, como si no tuviera la libertad de expresión necesaria para hacerlas desde el territorio patrio, que tanto se jacta de defender.
Ruge el viejo león reclamando su dosis de protagonismo, como si no se resignara a renunciar a la hegemonía de otro tiempo, tal vez en desacuerdo con las directrices que toma el discípulo díscolo que dejó en su lugar y acercándose peligrosamente a las alas más extremistas de su partido, demostrando que su cacareado centrismo no era más que una excusa necesaria mientras dependían de sus manifestaciones los votos.
Quizá piensa que con su actitud proyecta una imagen arrebatadora aún capaz de enamorar a los que creyeron en su discurso, pero lo cierto es que su pose antinatural, acompañada de su terrible acento inglés aprendido seguramente en uno de esos cursos acelerados en los que te enseñan mil palabras, resulta esperpéntica a los ojos de quienes la contemplan, que no pueden hacer otra cosa mas que mofarse de tan ridículo papel.
Ya sabíamos que tenía fama de rencoroso y es probable que haya sido incapaz de perdonar al actual presidente el modo vergonzoso en que le obligó a abandonar el poder, tras la suerte de mentiras que urdió sobre la guerra de Irak y los atentados del once de Marzo en Madrid.
Le hubiera gustado dejar el cargo con honores de héroe y ser añorado por sus correligionarios e incluso reclamado a volver a ocupar el liderato, al que hubiera vuelto gustoso con la excusa de ser necesario para la nación.
Pero ni siquiera con la peor de las crisis encima será recordado como un buen presidente y se ve sin duda obligado a estos montajes sensacionalistas de dimes y diretes, para no quedar relegado a un puestecillo honorífico que no sacia en absoluto sus desmedidas ansias de conservar la fama.
Alguien dijo una vez que a Aznar le hubiera gustado ser Felipe González. Yo añado, que sobre todo lo que hubiera querido es gozar del prestigio internacional que disfruta su antecesor y ser capaz de hilar argumentos con la misma soltura y desparpajo con que lo hace el andaluz, sin tener que recurrir a puestos honoríficos otorgados por su amigo Bush, a cambio de los servicios prestados después de las fotos de las Azores.
Puede que también deba algo importante a Gadafi, a quien llama amigo excéntrico, ya que su desmedida defensa le hace ir en contra de la opinión internacional en los calificativos que al dictador libio dedica, pero si de verdad quiere tener el empaque que caracterizaría a un buen político, debiera recurrir a la mesura antes de caer en el espantoso ridículo de hacer reflexiones tan nefastas.
Alguien de su partido podría tal vez aclararle que su etapa pasó y advertirle del flaco favor que hace a los que ahora llevan las riendas de su formación con el pensamiento puesto en una próxima victoria electoral, porque si le siguen amparando y se pone en funcionamiento la memoria popular, puede que las mieles del triunfo no lleguen a ser tan dulces como se esperaban.
Ya no es el jefe de la manada y su obligación es retirarse dejando paso libre a los que llegan, esté de acuerdo o no con los hechos que protagonizan, pero su empecinada actitud de estar en primera línea de juego deja al descubierto sus cartas con demasiada frecuencia, sin que su soberbia le permita admitir que su opinión no interesa a nadie en todo el territorio nacional.

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