jueves, 21 de abril de 2011

Responsabilidades ajenas

Continuando con la estrategia marcada por el partido popular, de convertir el terrorismo de Eta en un arma arrojadiza con fines electorales, Federico Trillo se coloca ante los medios de comunicación exigiendo responsabilidades por la puesta en libertad de Troitiño, que acaba de desaparecer para evitar un nuevo encarcelamiento.
El antiguo ministro de Justicia de Aznar se atreve sin ningún rubor a se implacable con los errores de los otros aún después de haberse negado reiterativamente a asumir los que le tocan de cerca, huyendo de cualquier tema que pueda recordar su grado de participación en la tragedia del Yack 42, en la que murieron varios militares que entonces se encontraban directamente bajo su mando.
Este incombustible personaje, omnipresente en las diversas cúpulas dirigentes que han tenido los conservadores, miembro del Opus Dei y simpatizante declarado del ala ultraderechista de la formación en que milita, junto con Esperanza Aguirre o Mayor Oreja, incomprensiblemente aceptado por sus correligionarios y aupado a una categoría personal que no se corresponde con los hechos que protagoniza, parece, sin embargo, haber enterrado a gran profundidad los sucesos que rodearon al accidente de aviación, pero mide con distinto rasero las equivocaciones de sus oponentes políticos, a los que reclama una moralidad de la que él ha demostrado carecer a lo largo de las investigaciones que consiguieron aclarar las circunstancias de aquel desastre. Todavía esperan los familiares de los militares muertos, cuyos restos fueron cambiados en la chapuza forense que siguió al accidente, en un afán desmedido del señor Trillo por ocultar la contratación a bajo precio de aviones de deshecho, una explicación que mitigue su dolor, una disculpa pública del responsable entonces del ministerio y que el peso de la justicia caiga del lado de los culpables, independientemente del puesto que ocuparan en los mentideros políticos del país o las influencias que tuvieran en las esferas judiciales de entonces.
La desfachatez del señor Trillo no conoce los límites de la ética y los traspasa con amplitud cuando se atreve a reclamar de otros lo que desdeña para sí, aunque afortunadamente, todos recordamos su altivez ante las peticiones de los afectados por las confusiones de los restos mortales y su enfado monumental cuando el señor Bono se “atrevió” a escarbar en el fondo de la cuestión para ofrecer consuelo a los que anteriormente habían encontrado que todas las puertas se cerraban de un portazo ante sus doloridos corazones.
No se comprende que aquello no enviara a su casa para siempre al ex presidente del Congreso y que, aún hoy, perviva felizmente en la política precisamente como representante de los asuntos de su partido que se relacionan con la justicia.
Claro que él sabe muy bien cómo eludir el peso de la ley y conoce al dedillo los subterfugios necesarios para dar la vuelta a los acontecimientos hasta hacerlos parecer completamente diferentes de lo que en realidad son y ajustarlos con precisión para que beneficien en su totalidad sus propios intereses o los de su partido.
Pero no todos los españoles carecemos de la memoria precisa para recordar el papel que ha jugado cada cuál en cada momento y aún algunos somos capaces de guardar en la mente la historia vivida, sin que se nos olvide un detalle de cómo sucedió cada cosa y quién protagonizó cada suceso.
Si de verdad existiera la justicia, naturalmente Troitiño debiera cumplir la condena en su totalidad, pero el apostólico- romano señor Trillo, tendría primero que ser juzgado por su implicación en el caso del Yack 42, dada su grave implicación en el mismo.
Su impenitente amnesia sobre cualquier cosa que roce siquiera su fama de caritativo varón o su aparente decencia trasnochada, no cuadra con su milimétrico conocimiento de las culpas ajenas, ni es creíble para los que todavía esperamos que asuma sus pecados y cumpla escrupulosamente su penitencia.

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