En el último momento, Obama consigue sacar adelante los presupuestos del Estado, bajo la amenaza de una paralización general del sistema y ganando un valioso pulso a los republicanos envalentonados por sus anteriores victorias sobre esta especie de advenedizo que los destronó arrebatadoramente en las urnas. Las derechas recalcitrantes siempre han temido intrínsecamente a todo lo que huela a paro, fundamentalmente porque suele ir directamente relacionado con su propia obtención de beneficios. Así que es fácil hacerlos claudicar con cualquier argumento amenazador de este tipo, sobre todo si lleva implícita la inestabilidad de su sacrosanto sistema o se parece a aquellas teorías que ellos consideraban propias de los países de detrás del telón de acero y que durante años, trajeron en jaque a las agencias de espionaje de los capitalistas. Pero la realidad es que este tipo de acciones, más que ser una pertenencia territorial, es mas bien una baza en manos de quien se atreve a utilizarlas y un invento, en exclusividad, de las clases trabajadoras, como elemento de fuerza en la reclamación de sus vituperados derechos y que suele dar apetecidos frutos para ellas, cuando se deciden a aplicarlas. Si algún gobierno resuelve seguir a rajatabla los pasos establecidos en este tipo de negociaciones, llegando hasta el final si fuera preciso, sin duda es porque está seguro del triunfo y porque recuerda, aunque ahora parezca lejano, todo lo que históricamente sucedió alguna vez. Sin embargo, parece que los primitivos inventores de los mencionados términos han renunciado a su aplicación, quizá aterrorizados por acabar de perder las pocas posesiones terrenales que les quedan y adormecidos por la droga letal que los poderosos han inyectado en su ideología transformando a los lobos en mansos corderos, incapaces siquiera de balar en los campos paradisíacos que hace tiempo les permitieron disfrutar. Y aunque la realidad sería distinta si volviera el valor a las filas de los trabajadores, la tibieza de su mansedumbre pone fácil a los que dominan la tierra acabar con cualquier conato de oposición, por pequeña que sea. Hemos perdido nuestra pasada identidad y ni siquiera somos capaces de comprender la fuerza de nuestras propias armas. Nos ha convencido esta amalgama alienante de acercamientos doctrinales y ya no distinguimos de dónde vinimos, ni cómo avanzar apartando de nuestras vidas todos los espejismos que nos ciegan obligándonos a dejar el único camino que podría desterrar nuestra espantosa soledad. No deben estar tan superadas las teorías que nos obligaron a abandonar con sus promesas incumplidas de aquel bienestar que acabó derrumbándose. No deben estar tan superadas, cuando hasta en el país más poderoso del mundo se ponen en práctica con resultados tan evidentes. La pregunta flota en el aire machaconamente: ¿qué pasa entonces si los que paralizan sus economías de mercado somos nosotros? ¿Qué pasa si desobedecemos el mandato, si no seguimos el juego de los banqueros, de los políticos y de toda esta casta empeñada en manipular nuestras vidas con la violencia del miedo? Estaría bien, por un momento, sacar la cabeza por la ventana para eludir la oscuridad abismal en la que estamos inmersos y atisbar un resquicio de luz al otro lado, haciendo uso de nuestra voluntad de triunfo. Quizá entonces todo volviera a cobrar sentido.
domingo, 10 de abril de 2011
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