Sería imposible describir, sin rozar claramente la grosería, la falta de moral de los políticos de occidente, en lo relacionado con los acontecimientos de Libia. Aferrados a su supuesta superioridad, a su cómodo estatus neocapitalista, que sólo concibe cómo importante lo que tenga que ver con lo económico, prácticamente hasta ahora, se han dedicado a obviar olímpicamente los gravísimos sucesos ocurridos en ese país y sólo cuando el precio del combustible empieza a alcanzar niveles alarmantes, deciden condenar con tibieza la intolerable postura de Gadafi, al que muchos abrazaban como fiel amigo, incluso proporcionándole las armas con las que ahora asesina sin piedad a su desarmado pueblo.
Acuden como corderitos a la llamada urgente del payaso Barlusconi, que teme un éxodo masivo de refugiados políticos avanzando hacia sus cercanas costas y que, dado su declarado racismo, debe estarle produciendo un terrible malestar, para el que necesita la inmediata ayuda de sus socios, en un intento desesperado por repartir lo que le resulta una carga, aunque anteayer besaba las manos del tirano libio y le llamaba hermano, igual que a Mubarak.
Si como adelantan ciertas noticias, de momento no contrastadas, la represión ha dejado en las ciudades libias mas de diez mil muertos, la cobardía de los organismos europeos, no podrá jamás tener perdón, encabezada por el líder americano, que hasta hace sólo unas horas, permanecía en el más absoluto de los silencios.
Incluso, deja mucho que desear, la diligencia de las embajadas para sacar del infierno a nuestros compatriotas, muchos de los cuales permanecen aún hacinados en unos aeropuertos situados en un fuego cruzado, sin poder escapar de una tragedia que narran como genocidio, y que, a pesar de acudir en busca de ayuda a los representantes de sus países, no logran superar, si no es por iniciativa propia, a riesgo de perder la vida, en un conflicto que no les corresponde.
Callan también las organizaciones militares, tantas veces dispuestas a intervenir, como supuestos salvadores de unos valores claramente inventados, que a la hora de la verdad, carecen de importancia, si no llevan implícitos beneficios crematísticos con los que financiar sus sofisticados armamentos, casi siempre empleados en causas nada justificadas o creadas artificialmente.
Calla la ONU, que se acoge al respeto para con los asuntos internos de un régimen que corta de raíz las comunicaciones con el exterior, que no permite a la prensa extranjera trabajar en su territorio, que utiliza bombarderos de última generación para reprimir manifestaciones pacíficas y que anima a sus adeptos a pasar a cuchillo, en la calle, a quienes se atrevan a contradecir las órdenes de su lunático presidente.
Calla la santa iglesia católica, que debe considerar cosa de infieles paganos esta revolución popular, sin considerar mártires a las víctimas, que al no pertenecer a su selecto rebaño, tendrán de seguro vedada la entrada a su cielo y, por tanto, no han de ser dignos de preocupación para la vetusta curia que gobierna en el estado más rico del mundo.
Con aparente normalidad, la vida de todos estos organismos continúa, conscientemente ajena al holocausto sangriento que se produce ante sus ojos, programando reuniones alrededor de mesas bien surtidas, entre saludos afectuosos, ocupados en la resolución de su crisis y en los altibajos de las bolsas en las que invirtieron sus jugosas ganancias, sin dejar que les roce la cara de la muerte, ni la agonía indefensa de los damnificados por una nueva locura tiránica.
Es inenarrable el profundo desprecio que produce su inhumana pasividad en las conciencias de aquellos que alguna vez creímos en ellos. Y sobre todo, la frialdad de su inactividad, su amor desmedido a la opulencia y su insaciable apetito de poder, que los instala, ineludiblemente, en un descrédito desolador que cierra cualquier expectativa de futuro que pudieran haber albergado, como representantes de nada ni de nadie.
Acuden como corderitos a la llamada urgente del payaso Barlusconi, que teme un éxodo masivo de refugiados políticos avanzando hacia sus cercanas costas y que, dado su declarado racismo, debe estarle produciendo un terrible malestar, para el que necesita la inmediata ayuda de sus socios, en un intento desesperado por repartir lo que le resulta una carga, aunque anteayer besaba las manos del tirano libio y le llamaba hermano, igual que a Mubarak.
Si como adelantan ciertas noticias, de momento no contrastadas, la represión ha dejado en las ciudades libias mas de diez mil muertos, la cobardía de los organismos europeos, no podrá jamás tener perdón, encabezada por el líder americano, que hasta hace sólo unas horas, permanecía en el más absoluto de los silencios.
Incluso, deja mucho que desear, la diligencia de las embajadas para sacar del infierno a nuestros compatriotas, muchos de los cuales permanecen aún hacinados en unos aeropuertos situados en un fuego cruzado, sin poder escapar de una tragedia que narran como genocidio, y que, a pesar de acudir en busca de ayuda a los representantes de sus países, no logran superar, si no es por iniciativa propia, a riesgo de perder la vida, en un conflicto que no les corresponde.
Callan también las organizaciones militares, tantas veces dispuestas a intervenir, como supuestos salvadores de unos valores claramente inventados, que a la hora de la verdad, carecen de importancia, si no llevan implícitos beneficios crematísticos con los que financiar sus sofisticados armamentos, casi siempre empleados en causas nada justificadas o creadas artificialmente.
Calla la ONU, que se acoge al respeto para con los asuntos internos de un régimen que corta de raíz las comunicaciones con el exterior, que no permite a la prensa extranjera trabajar en su territorio, que utiliza bombarderos de última generación para reprimir manifestaciones pacíficas y que anima a sus adeptos a pasar a cuchillo, en la calle, a quienes se atrevan a contradecir las órdenes de su lunático presidente.
Calla la santa iglesia católica, que debe considerar cosa de infieles paganos esta revolución popular, sin considerar mártires a las víctimas, que al no pertenecer a su selecto rebaño, tendrán de seguro vedada la entrada a su cielo y, por tanto, no han de ser dignos de preocupación para la vetusta curia que gobierna en el estado más rico del mundo.
Con aparente normalidad, la vida de todos estos organismos continúa, conscientemente ajena al holocausto sangriento que se produce ante sus ojos, programando reuniones alrededor de mesas bien surtidas, entre saludos afectuosos, ocupados en la resolución de su crisis y en los altibajos de las bolsas en las que invirtieron sus jugosas ganancias, sin dejar que les roce la cara de la muerte, ni la agonía indefensa de los damnificados por una nueva locura tiránica.
Es inenarrable el profundo desprecio que produce su inhumana pasividad en las conciencias de aquellos que alguna vez creímos en ellos. Y sobre todo, la frialdad de su inactividad, su amor desmedido a la opulencia y su insaciable apetito de poder, que los instala, ineludiblemente, en un descrédito desolador que cierra cualquier expectativa de futuro que pudieran haber albergado, como representantes de nada ni de nadie.

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