La revolución popular en Egipto, alcanza su punto álgido durante la madrugada, cuando los partidarios de Mubarak, haciendo uso de su fuerza, abren fuego real contra los manifestantes de la plaza Tahrir, en un intento a la desesperada de hacer prevalecer al faraón tiránico en su puesto, desoyendo los tímidos consejos de la comunidad internacional para que abandone el poder, propiciando un cambio radical en la forma de gobierno.
El ejército permanece momentáneamente al margen del conflicto, seguramente queriendo asegurarse, antes de intervenir, de que el bando elegido sea el que finalmente se alce con la victoria, aunque esta cueste un baño de sangre, inexplicable para los que miramos desde fuera.
La estancia en las calles del país, se convierte en un peligro para los periodistas extranjeros y las continuas escaramuzas que se suceden en ellas, ahora agravadas por el uso indiscriminado de las armas, pueden llegar a derivar en una guerra civil, si no se pone freno a la empecinada actitud del dictador, radicalmente en contra de los deseos expresados por su pueblo.
Nunca sabremos quién proporciona las armas a los que empuñan las pistolas contra los inocentes, o si ya se encontraban en su poder desde que empezó la revuelta, pero resulta incomprensible que una parte de los habitantes del país, pretenda el continuismo de un régimen, que atenta gravemente contra los derechos de los ciudadanos, inmersos en una miseria que destaca frente a la ampulosidad de unos cuantos que se niegan a compartir el grueso de las riquezas.
Este intento por sofocar una rebelión de justicia, por implantar un silencio ensordecedor dónde antes hubo un grito de desesperación porque las cosas cambiaran, viene a resumir las diferencias sociales instaladas en esta tiranía y los efectos que pueden traer, si la situación se prolonga por mas tiempo.
Probablemente, si la presión ejercida por Occidente sobre Mubarak, se hiciera inflexible exigiendo un inmediato abandono del poder, la transición hasta el cambio sería pacífica, del mismo modo que ha ocurrido en Túnez, y se ahorrarían las vidas de los que están cayendo en las calles, reclamando únicamente, un modo de vida mas digno.
Entretanto, Angela Merkel llega a España. Satisfecha de los acuerdos logrados por el servilismo de su alumno Zapatero, con una nueva cartera de exigencias que ahogarán aún más a nuestras clases trabajadoras, entregadas al yugo de la obediencia.
La ministra Jiménez, borra de su agenda una visita a Egipto y se limita, como los demás, a la observación desde lejos del conflicto, sin posicionarse en el mismo, con la valentía que sería de esperar de quien se proclama demócrata y socialista.
Horas negras aguardan a los que se atrevieron a alzar la voz contra los designios de la tiranía y es tan grande su soledad, que no hay palabras para describir la podredumbre que ensucia a los países civilizados, capaces de mirar a otro lado, mientras los débiles tratan de resolver su vida agónica, sólo con la fuerza de sus tímidas voces.
El ejército permanece momentáneamente al margen del conflicto, seguramente queriendo asegurarse, antes de intervenir, de que el bando elegido sea el que finalmente se alce con la victoria, aunque esta cueste un baño de sangre, inexplicable para los que miramos desde fuera.
La estancia en las calles del país, se convierte en un peligro para los periodistas extranjeros y las continuas escaramuzas que se suceden en ellas, ahora agravadas por el uso indiscriminado de las armas, pueden llegar a derivar en una guerra civil, si no se pone freno a la empecinada actitud del dictador, radicalmente en contra de los deseos expresados por su pueblo.
Nunca sabremos quién proporciona las armas a los que empuñan las pistolas contra los inocentes, o si ya se encontraban en su poder desde que empezó la revuelta, pero resulta incomprensible que una parte de los habitantes del país, pretenda el continuismo de un régimen, que atenta gravemente contra los derechos de los ciudadanos, inmersos en una miseria que destaca frente a la ampulosidad de unos cuantos que se niegan a compartir el grueso de las riquezas.
Este intento por sofocar una rebelión de justicia, por implantar un silencio ensordecedor dónde antes hubo un grito de desesperación porque las cosas cambiaran, viene a resumir las diferencias sociales instaladas en esta tiranía y los efectos que pueden traer, si la situación se prolonga por mas tiempo.
Probablemente, si la presión ejercida por Occidente sobre Mubarak, se hiciera inflexible exigiendo un inmediato abandono del poder, la transición hasta el cambio sería pacífica, del mismo modo que ha ocurrido en Túnez, y se ahorrarían las vidas de los que están cayendo en las calles, reclamando únicamente, un modo de vida mas digno.
Entretanto, Angela Merkel llega a España. Satisfecha de los acuerdos logrados por el servilismo de su alumno Zapatero, con una nueva cartera de exigencias que ahogarán aún más a nuestras clases trabajadoras, entregadas al yugo de la obediencia.
La ministra Jiménez, borra de su agenda una visita a Egipto y se limita, como los demás, a la observación desde lejos del conflicto, sin posicionarse en el mismo, con la valentía que sería de esperar de quien se proclama demócrata y socialista.
Horas negras aguardan a los que se atrevieron a alzar la voz contra los designios de la tiranía y es tan grande su soledad, que no hay palabras para describir la podredumbre que ensucia a los países civilizados, capaces de mirar a otro lado, mientras los débiles tratan de resolver su vida agónica, sólo con la fuerza de sus tímidas voces.

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