martes, 15 de febrero de 2011

De opiniones y estrategias

Hace unos días, mientras se desarrollaban los sucesos de Egipto, llamábamos la atención sobre la lucha hegemónica mantenida entre Estados Unidos e Irán, por manipular, en la medida de lo posible, un movimiento que asombraba al mundo por su frescura, e incluso deseábamos, que el protagonismo de la historia no llegara a ser falseado, en modo alguno, por ninguna de las dos partes.
Visto el desenlace y el cariz de los acontecimientos, el presidente iraní se apresuró a felicitar a los vencedores atribuyendo la gloria, a los esfuerzos de una supuesta liga islamista de carácter universal, mientras que Obama resaltaba el triunfo de la democracia sobre una tiranía que, por cierto, venía tolerando y aprovechando desde sus comienzos.
El primero, que con tan buenos ojos miraba la postura del pueblo egipcio en demanda de sus derechos, no tuvo ayer rubor en reprimir con dureza extrema las manifestaciones del suyo, demostrando que su sentido de la justicia se mide con distinto rasero cuando las críticas le rozan personalmente.
Y el otro, nos lleva a concebir la maléfica idea de que tal vez su comprensión inesperada de la caída de Mubarak, llevara implícita la intención de fomentar un efecto dominó en las calles de Irán, su mayor enemigo actual, desde que su antecesor se decidiera a intervenir en Irak, con la excusa de las inexistentes armas de destrucción masiva.
No es la primera vez que se desestabiliza un sistema valiéndose de los artificios convenientes, ni tampoco sería de extrañar, que si las protestas en Teherán continúan, el coloso americano encontrara la excusa perfecta para tomar una decisión que lleva tiempo meditando y lograr con ella la caída del régimen islamista, que tantas preocupaciones le causa.
No exime, sin embargo, este razonamiento, de su responsabilidad a quien tiraniza a una parte de su pueblo privándolo de la libertad de expresión que se opone a las directrices marcadas. La opresión es terrible en cualquiera de sus manifestaciones, del signo que sean, y sería de desear un cambio radical en cualquier forma de gobierno que pone barreras al desarrollo natural de los ciudadanos con mordazas que coartan sus movimientos.
Pero la experiencia vivida y las terribles historias protagonizadas por quienes se creen salvadores únicos de todo el universo, nos hace estar alerta ante los sucesos que contemplamos y precavidos en nuestra opinión sobre aquellos que se empeñan en hacernos pensar que todo está permitido, si la intención última lo merece.
Que el régimen iraní sea malo, no quiere decir en absoluto, que haya licencia para intervenir desahogadamente en sus asuntos internos, ni para potenciar desde la sombra un cambio, a todas luces más conveniente a los intereses de occidente.
Sobre todo, porque se está jugando con los sentimientos de miles de personas, que confiadas en su fuerza interna, salen a defender un modo de vida mejor en su propio territorio, sin pararse a pensar si son o no manipulados a placer, por los métodos sibilinos de quien lleva las riendas del mundo.
Ya veremos qué ocurre en un futuro inmediato y cuántas incógnitas se despejan cuando se constituyan los próximos gobiernos de Egipto y Túnez. De momento, la ecuación es de las difíciles y los ánimos de los magrebíes andan revueltos con esta ola de libertad que sacude su columna vertebral con tintes de ilusión y esperanza. Todavía no están todos los jugadores en la mesa: el silencio de Israel, está a punto de tocar a su fin.



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