domingo, 27 de febrero de 2011

La agonía del pensamiento

Los cambios vertiginosos operados en nuestro mundo, atenazado por una siniestra cadena de avances científicos, centrados en el triunfo de las máquinas sobre el insignificante y limitado trabajo de los seres humanos, traen consigo un significativo olvido de cualquiera de aquellas materias que, desde la antigüedad, influyeron en la vida, abriendo camino a la humanidad con revoluciones ideológicas que cambiaron el curso de la historia.
Si miramos atrás, en cada situación crítica que ha oscurecido el mundo, hasta el punto de llevar a sus habitantes al borde del abismo, el nacimiento inesperado de alguna teoría filosófica revolucionaria, ha conseguido abrir el primer surco por el que empezar una nueva siembra, para que pudiéramos albergar la dosis suficiente de esperanza que nos permitiera un giro poderoso para escapar de nuestra propia suerte.
Han sido la filosofía y sus más ilustres representantes, revulsivos indiscutibles para las conciencias, pioneros en los caminos sombríos que nos condenaban al ostracismo, demostrando con el arma poderosa del pensamiento, que eran posibles vías distintas para un avance distinto e innovador, que dejara atrás ciertas etapas imposibles de sostener para el crecimiento de las colectividades.
Esas primeras piedras, estratégicamente colocadas en momentos puntuales, admitidas en otras disciplinas como punto de inicio, reflejadas de manera inmediata sobre la literatura, la pintura y otras artes, como avanzadilla de los movimientos populares que vendrían después, han sido las fuentes de las que ha bebido el universo y los pilares en los que se han ido asentando los logros de la humanidad.
Y todo esto, que ha surgido de manera espontánea a lo largo de los siglos, como una urgente necesidad de motivar el movimiento, para evitar que quedáramos anquilosado a las etapas, sin conseguir progresar hacia un futuro necesario, queda hoy relegado a un simple anecdotario de nuestro pasado, sin que se potencie su importancia capital, trayendo consigo una agonía del pensamiento, que pudiera ser el preludio de la desaparición de la filosofía y la sumisión absoluta a otros poderes en alza, relacionados directamente con las teorías económicas que gobiernan sin resistencia el orden de las cosas.
Sin embargo, las oscuras callejas por las que transcurre nuestra alienada existencia, están marcadas por una noche eterna en la que empezamos a acostumbrar nuestros ojos a la ausencia de luz y, por tanto, la trayectoria prevista
, se perfila cercana a la desesperanza de la especie.
Necesitamos pues, perentoriamente, un faro iluminador que nos acerque a un puerto seguro, en el que deshacernos del terror que nos produce la orfandad intelectual y la inactividad en la que se nos instala, sin permitirnos discrepar de los caminos trazados por la tiranía interesada de los poderes que nos gobiernan.
Esa luz salvadora, capaz de conseguir la unidad en tiempos de naufragio, imprescindible para la supervivencia, impulsora de un proceso de cambio que, finalmente, consiga alejarse del violento huracán que narcotiza nuestras conciencias, liberadora de las cadenas materiales que nos atan al espejismo refulgente de una época marcada por la hegemonía de un capitalismo feroz, ha de venir, indiscutiblemente, de la mano de quien consiga, con la fuerza de su pensamiento, demostrar que las capacidades humanas no han sido aniquiladas por el empeño de los defensores del sistema, y aún pueden, si se intenta, establecer una cimentación distinta, de cara al devenir de generaciones próximas.
Es primordial, recuperar la creencia perdida por las posibilidades altruistas de los teóricos, desterrar la estúpida idea de que ya está todo inventado, y el temor de lanzarse al vacío innovador de unas ideas no reflejadas hasta ahora en las páginas de los libros almacenados en los anaqueles de la memoria. Es esencial, dedicar tiempo a la reflexión, a la aceptación de los errores cometidos y al estudio de las posibilidades reales de las teorías propuestas, sin desdeñar del todo aquellas que parezcan utópicas o, sobre todo, lejanas en el tiempo.
La maledicencia siempre ha relacionado íntimamente a los filósofos con la locura, obviando que su iluminación estaba estrechamente relacionada con el triunfo temprano de la inteligencia. Los filósofos son los auténticos autores de todas las revoluciones. La puesta en práctica de sus teorías, no es otra cosa que la evolución lógica del desarrollo de su pensamiento, la traslación a la realidad de ideas que, en principio, pudieron considerarse descabelladas, pero que con la escalonada aceptación por parte de los otros, y ayudadas por el proceso normal de progreso experimentado por la especie, se han ido asumiendo como respuestas necesarias a los enigmas sin resolver que planteaban las épocas históricas en que se concibieron.
Sin embargo, el erial ideológico en el que nos movemos en la actualidad, hace imposible hallar senderos de solución a los problemas que nos afligen. Esta reiterada laxitud de los pensadores de nuestro tiempo, que quizá no hallan un lugar propicio en el universo, en el que desarrollar nuevas propuestas con las que infundir a la humanidad un motivo para el movimiento, nos tiene estancados en un punto de conformismo, que no hace otra cosa que aumentar la desazón que produce la terrible experiencia de estar flotando en la nada.
Sucumbimos agotados frente a la incapacidad de nuestros pensadores para volver a ser el faro de nuestras vidas y añoramos esperanzados, que en algún momento surja la chispa capaz de encender la mecha de nuestra indiferencia, para poder inscribir en la historia que también en nuestra época se inició una revolución.
Si esto llega a suceder, la pluma apoyará de inmediato la iniciativa del avance propuesto y también lo harán los intelectuales y los artistas, deseosos de protagonizar un episodio innovador que rompa radicalmente con un pasado de nebulosa incierta. Si esto sucede, el aspecto que tendrá el mundo del futuro, será indudablemente, diametralmente diferente al que vemos y se hallará en disposición de seguir argumentando nuevas teorías que hagan imparable la necesidad de mimar cuidadosamente al pensamiento.
Renunciar al reto vertiginoso de hacerlo, sería la demostración flagrante de que se está produciendo una agonía progresiva del pensamiento y así, puede que el futuro que se acerca, no consiga ser más que el último estertor que denigre nuestra inteligencia hasta adentrarla en la profundidad insalvable de una eternidad abismal y siniestra.


2 comentarios:

  1. No puedo sino recordar con esto aquella onceava tesis sobre Feuerbach que Marx enunciaba proclamando que la Filosofía, agotada ya en su constante pensamiento reiterativo sobre el mundo, debía dedicarse, de una vez por todas, a transformarlo. Me uno hoy, contigo, a su inquietante actualidad y a su crítica a ese capitalismo feroz devorador de conciencias que nos consume poco a poco en el conformismo como alimentándose de nuestra pasividad. Me apunto a la revolución...

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  2. ¡Qué bien funcionan las cortinas de humo con el desarrollado y culto Occidente! Parece gustarnos que nos traten como a ignorantes. Pero no, señores, no me trago que ahora les importe mi ahorro energético ni nada que tenga que ver con mi economía doméstica de currante. Pero así nos estamos calladitos con lo que de verdad escuece. Me niego. No me los creo, me producen vergüenza. Y claro que la filosofía transforma el mundo. En nuestra mente y nuestra voz está conseguirlo. Yo también me apunto a la revolución.

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