domingo, 20 de febrero de 2011

La estela de sus nombres

Será difícil contabilizar cuántos se quedaron en el camino, en estas revoluciones populares que asaltan a diario nuestra pasividad europea, transfigurando la imagen de un mundo que parecía estar perfectamente estructurado por una mano poderosa, cuyas divisiones clasistas acentuaban, insalvablemente, las diferencias entre los hombres.
Seguramente, se perderán los nombres de los caídos en las calles de Túnez, Egipto, Irán, Argelia, Yemen o Bahrein, sin que la historia que escribamos a partir de ahora, pueda citarlos en los libros, para que se admire su ejemplo.
Los pobres nunca estuvieron censados en los archivos de los tiranos. Sus vidas, jamás tuvieron la importancia necesaria, como para ser tenidas en cuenta, ni sus acciones valoradas a la hora de considerar las posibilidades de una nación, sino era para contar con su trabajo como medio de producción de una riqueza que llenara las arcas dictatoriales, de insaciable opulencia.
Hasta hace relativamente poco tiempo, la ignorancia propiciada por estos gobiernos, era el caldo de cultivo ideal para favorecer ese terrible olvido y la existencia de los desheredados transcurría, aún transcurre en muchos sitios, sumida en una nube de oscuridad total, sin que la luz se filtrara siquiera por una rendija que mostrara su realidad al resto del Universo. Pero la llegada de este medio por el que ahora escribo, la potenciación de este tipo de comunicaciones inmediatas que han acortado las distancias convirtiéndolas prácticamente en inexistentes, ha puesto voz a las gargantas silenciosas de los rincones más pobres de la tierra y ha conseguido mover las piernas tullidas de sus habitantes, movilizándolas hasta las mismas puertas de los palacios de los reyezuelos para gritar su hambre, su desesperación y su esperanza en acabar con la discriminación que les robaba hasta sus nombres.
No es de extrañar el pánico creado en las altas esferas de los insaciables, al ver la contundencia numérica de la multitud apiñada ante sus ventanas reclamando justicia, ni extraña el efecto dominó que corre como la espuma a lo largo del planeta, que salta ahora a los escenarios asiáticos y que, sin duda, acabará instalándose allá dónde la opresión exprima a los ciudadanos impidiéndoles disfrutar de sus derechos o amordazando sus ideas con censuras de imposición, siempre apoyadas por el peso de las armas.
En este viejo continente, caduco y acomodado al privilegio, resulta particularmente llamativo el revuelo que sacude las entrañas de otras culturas, movilizando con el poder de una descarga eléctrica, a las masas, sin que tenga ninguna importancia perder la vida en el intento.
Pero aunque no queramos recordar, también nosotros nos movilizamos contra el fascismo, algunos durante muchos años, y compartimos en su momento la fugaz esperanza de que, a su término, entraríamos en un mundo mejor. Después, nos dejamos convencer por la endiablada oratoria de los modernos embaucadores de conciencias y ahora estamos inmersos en esta crisis eterna, de desconocido final, que parece querer arrastrarnos a situaciones pasadas de las que conseguimos escapar, a base de lucha enconada y decisión manifiesta.
Es comprensible pues, que no convenga a los amos del mundo que se difundan los nombres de los que regaron con su sangre el camino de la libertad, ni que occidente pueda contagiarse del valor de los caminan sin rumbo por las calles de la pobreza. Pero nosotros queremos saberlo, conocer sus historias, llorar su pérdida y propagar su ejemplo por estas ciudades nuestras anquilosadas y conformistas en las que nos pudrimos con nuestra miseria extrema de pensamiento.
Por eso, rastreamos a diario la estela de sus identidades ocultas y no vamos a permitir que engrosen las listas de los millones de desaparecidos que ya existen, sin reclamar a gritos justicia para ellos.





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