En nuestra bendita inocencia sobre cuestiones políticas, teníamos la feliz idea de que para formar parte de una lista electoral, era estrictamente necesario ser y parecer un ciudadano ejemplar, sin motivo alguno por el que poder ser avergonzado desde las tribunas públicas, ni en el plano privado.
Antes, me consta, te sometían a una exhaustiva investigación, con la intención de que el nombre del partido al que pertenecías, no pudiera jamás ser salpicado por máculas anteriores o presentes, y hasta necesitabas una especie de acreditación ideológica, que probara que ni tú ni tus antecesores habíais formado parte de doctrinas distintas a la que predicaba la formación por la que concurrías a los comicios.
Esto daba un cierto empaque a los candidatos, que de antemano, se suponían todos honrados y cumplidores de un deber, luchadores para sus electores y sinceros en su línea, a carta cabal, sin que se admitieran rendijas que dejaran colarse el fantasma de la tentación para mejorar el status.
Hoy, sin embargo, cuando la política se ha convertido en una de las formas más rápidas de enriquecimiento, suele darse la circunstancia de que al elaborar los listados, varios de los candidatos seleccionados tengan citas pendientes con la justicia. Y es tal el descaro con que los encausados se prestan a su propia escalada de poder, que la voz de los ciudadanos, que se oponen a esta aberración., no suele llegar a sus oídos, y si llega, es ignorada reiterativamente.
Parece, que mas que una pesada losa sobre la espalda, tener cuentas pendientes con la justicia fuera para nuestros políticos una ventaja añadida de la que vanagloriarse y un honor del que presumir en los mítines, donde son coreados por los suyos con entusiasmo, un poco, alentándolos a seguir en la actitud que les llevó al conflicto, como si ser corrupto fuera implícito con los puestos de responsabilidad desde los que nos representan a todos.
Fascina, por ejemplo, ver la frescura con que se maneja el señor Camps donde quiera que acuda, luciendo palmito con esos trajes de diseño de dudosa procedencia, mientras esgrime la mejor de sus sonrisas, con la despreocupación de quien tiene asegurado un futuro vitalicio, independientemente de lo que resuelvan los tribunales, con respecto a su causa. Se permite, incluso presionar a su líder Rajoy, para que se apresure a confirmar su inclusión en la lista, no se sabe si porque guarda un órdago en la manga con el que presionar hasta conseguir su objetivo, o porque le urge la solución antes de verse aún más complicado en la trama corrupta que le rodea y en la que cuenta con demasiados amigos.
La afirmación gratuita que suele hacerse a nivel de calle de “todos los políticos son iguales”, viene un poco a colación de este tipo de circunstancias, a la vista de las cuales se agudiza la ya deteriorada opinión que se cierne sobre los aspirantes a gobernarnos, sin que su actitud, cada vez peor, parezca tener visos de cambiar hacia la normalidad que debiera rodear a su medio de vida.
Ya tendría ser inadmisible que todos los que se encuentran en este trance pudieran engrosar ninguna de las litas de ningún grupo político, y de hacerlo, como parece que va a suceder, el electorado que le otorgue su confianza, peca de un masoquismo inusitado que merece, exactamente, ser nuevamente sometido a la tortura de ser gobernado y esquilmado por estos “presuntos” delincuentes.
Antes, me consta, te sometían a una exhaustiva investigación, con la intención de que el nombre del partido al que pertenecías, no pudiera jamás ser salpicado por máculas anteriores o presentes, y hasta necesitabas una especie de acreditación ideológica, que probara que ni tú ni tus antecesores habíais formado parte de doctrinas distintas a la que predicaba la formación por la que concurrías a los comicios.
Esto daba un cierto empaque a los candidatos, que de antemano, se suponían todos honrados y cumplidores de un deber, luchadores para sus electores y sinceros en su línea, a carta cabal, sin que se admitieran rendijas que dejaran colarse el fantasma de la tentación para mejorar el status.
Hoy, sin embargo, cuando la política se ha convertido en una de las formas más rápidas de enriquecimiento, suele darse la circunstancia de que al elaborar los listados, varios de los candidatos seleccionados tengan citas pendientes con la justicia. Y es tal el descaro con que los encausados se prestan a su propia escalada de poder, que la voz de los ciudadanos, que se oponen a esta aberración., no suele llegar a sus oídos, y si llega, es ignorada reiterativamente.
Parece, que mas que una pesada losa sobre la espalda, tener cuentas pendientes con la justicia fuera para nuestros políticos una ventaja añadida de la que vanagloriarse y un honor del que presumir en los mítines, donde son coreados por los suyos con entusiasmo, un poco, alentándolos a seguir en la actitud que les llevó al conflicto, como si ser corrupto fuera implícito con los puestos de responsabilidad desde los que nos representan a todos.
Fascina, por ejemplo, ver la frescura con que se maneja el señor Camps donde quiera que acuda, luciendo palmito con esos trajes de diseño de dudosa procedencia, mientras esgrime la mejor de sus sonrisas, con la despreocupación de quien tiene asegurado un futuro vitalicio, independientemente de lo que resuelvan los tribunales, con respecto a su causa. Se permite, incluso presionar a su líder Rajoy, para que se apresure a confirmar su inclusión en la lista, no se sabe si porque guarda un órdago en la manga con el que presionar hasta conseguir su objetivo, o porque le urge la solución antes de verse aún más complicado en la trama corrupta que le rodea y en la que cuenta con demasiados amigos.
La afirmación gratuita que suele hacerse a nivel de calle de “todos los políticos son iguales”, viene un poco a colación de este tipo de circunstancias, a la vista de las cuales se agudiza la ya deteriorada opinión que se cierne sobre los aspirantes a gobernarnos, sin que su actitud, cada vez peor, parezca tener visos de cambiar hacia la normalidad que debiera rodear a su medio de vida.
Ya tendría ser inadmisible que todos los que se encuentran en este trance pudieran engrosar ninguna de las litas de ningún grupo político, y de hacerlo, como parece que va a suceder, el electorado que le otorgue su confianza, peca de un masoquismo inusitado que merece, exactamente, ser nuevamente sometido a la tortura de ser gobernado y esquilmado por estos “presuntos” delincuentes.

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