El estallido de emoción que produce a esta hora la salida del poder del dictador Mubarak, desata los sentimientos personales evocando recuerdos de juventud basados en la credulidad de una limpieza de ánimo, que después se ha ido deteriorando, a la vista de los hechos que nos han tocado vivir.
Sin embargo, aún me reconozco como el más humilde de los participantes de esta proeza popular pacífica, ejemplo de fortaleza y resistencia, en una lucha libertaria que rompe todos los esquemas de este mundo occidental podrido que gobierna el destino de cada uno de nosotros.
No quiero ahora ahondar en la vergüenza de contemplar la tibieza de nuestros dirigentes, en su cobardía al no afrontar de cara la justicia de estos días de desesperada protesta. Hoy es momento de celebración sonora, de volver la mirada a la creencia en la fuerza de los pueblos, de olvido de economías soterradas, de crisis y de capitalismo soez, de desprecio por los que siguen el juego morboso de este sistema sin corazón que nos ahoga.
Los débiles del mundo estamos de enhorabuena. Los desheredados de la tierra estamos con los pies firmes en esa Plaza Tahrir, ahora símbolo de todas las ilusiones de los que confiamos plenamente en el hombre como centro del universo.
No nos mueve de allí la pantomima grotesca de los poderosos, atónitos ante las escenas que se suceden ante sus ojos, ni la ideología encorsetada de los que nunca se atrevieron a dar un paso adelante para defender absolutamente nada. No nos mueven siquiera, nuestros problemas personales de nuevos ricos occidentales, ni las hipotecas que no pudimos pagar, ni los sueldos basura que cobramos a final de cada uno de los meses. No nos mueve nada ni nadie, pues estamos asentados con este admirable pueblo egipcio, sin querer abandonar sus paisajes, admirando su agónica valentía frente a una causa que todos creían perdida de antemano, y que ha conseguido girar diametralmente hacia una perspectiva de futuro esperanzador, sin precedentes históricos conocidos.
Quizá ya no lo recordemos, pero en otro momento de nuestra propia historia, nosotros también fuimos así. Y no nos importaba siquiera quedarnos en el camino, igual que ellos, imbuidos en nuestros sueños libertarios, tras cuarenta años de absoluta e indecente oscuridad.
Hasta los rincones de nuestras casas, llega esta noche el clamor alegre de las voces en las calles egipcias y todos, en nuestro interior, albergamos el deseo de poder reavivar la llama de lo que perdimos para poder recuperar la dignidad de nuestras creencias y la fortaleza suficiente para plantar cara sin miedo a los males importados que nos acechan.
He corrido hasta aquí para contarlo. No tenía más remedio.
Sin embargo, aún me reconozco como el más humilde de los participantes de esta proeza popular pacífica, ejemplo de fortaleza y resistencia, en una lucha libertaria que rompe todos los esquemas de este mundo occidental podrido que gobierna el destino de cada uno de nosotros.
No quiero ahora ahondar en la vergüenza de contemplar la tibieza de nuestros dirigentes, en su cobardía al no afrontar de cara la justicia de estos días de desesperada protesta. Hoy es momento de celebración sonora, de volver la mirada a la creencia en la fuerza de los pueblos, de olvido de economías soterradas, de crisis y de capitalismo soez, de desprecio por los que siguen el juego morboso de este sistema sin corazón que nos ahoga.
Los débiles del mundo estamos de enhorabuena. Los desheredados de la tierra estamos con los pies firmes en esa Plaza Tahrir, ahora símbolo de todas las ilusiones de los que confiamos plenamente en el hombre como centro del universo.
No nos mueve de allí la pantomima grotesca de los poderosos, atónitos ante las escenas que se suceden ante sus ojos, ni la ideología encorsetada de los que nunca se atrevieron a dar un paso adelante para defender absolutamente nada. No nos mueven siquiera, nuestros problemas personales de nuevos ricos occidentales, ni las hipotecas que no pudimos pagar, ni los sueldos basura que cobramos a final de cada uno de los meses. No nos mueve nada ni nadie, pues estamos asentados con este admirable pueblo egipcio, sin querer abandonar sus paisajes, admirando su agónica valentía frente a una causa que todos creían perdida de antemano, y que ha conseguido girar diametralmente hacia una perspectiva de futuro esperanzador, sin precedentes históricos conocidos.
Quizá ya no lo recordemos, pero en otro momento de nuestra propia historia, nosotros también fuimos así. Y no nos importaba siquiera quedarnos en el camino, igual que ellos, imbuidos en nuestros sueños libertarios, tras cuarenta años de absoluta e indecente oscuridad.
Hasta los rincones de nuestras casas, llega esta noche el clamor alegre de las voces en las calles egipcias y todos, en nuestro interior, albergamos el deseo de poder reavivar la llama de lo que perdimos para poder recuperar la dignidad de nuestras creencias y la fortaleza suficiente para plantar cara sin miedo a los males importados que nos acechan.
He corrido hasta aquí para contarlo. No tenía más remedio.

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