sábado, 12 de febrero de 2011

A la espera de un mundo mejor

Aún con la resaca de la pasada noche, Egipto vive su primer día sin Mubarak, prolongando la celebración, como si no quisiera volver a la triste realidad que, hasta anteayer, lo marginaba.
Las caras que nos llegan en las primeras páginas de todos los periódicos, están teñidas de una esperanza que se refleja en los ojos como un torrente de agua pura, despeñándose rebelde desde la cima de los altos montes.
Se marchó el dictador por la puerta trasera y en silencio, haciendo alarde de una cobardía diametralmente contraria a la osadía de su joven pueblo, que ha sabido resistir, a pesar de las cuantiosas pérdidas, unido por la común desgracia, a las puertas de una felicidad que momentáneamente, sólo es un sueño del que oyeron hablar, sin llegar jamás a conocerlo en carne propia.
Y no deseando despertar, continúan abrazados en las calles, gritando ahora la satisfacción de una victoria, que desde lejos, parece todavía muy incierta, al no estar claro quién regirá los destinos de la nación, hasta que se consiga acudir libremente a las urnas, para que la decisión mayoritaria, abra las puertas de una nueva era.
Momentáneamente, todo queda en las manos de un ejército, que ha mantenido el tipo durante la revuelta, pero que no se ha pronunciado abiertamente sobre sus intenciones, ahora que el vacío de poder acaba de instalarse entre el oscuro pasado y lo que el devenir quiera traer a esta tierra grandiosa, tan vituperada por el mal hacer de los hombres.
No se adivina un líder mediático en quien depositar la confianza para iniciar el proceso, o al menos, por ahora, nadie se atreve a hablar del modo en que se va a encarar la situación, para que los peligros insidiosos de la ambición, no logren volver a instalarse durante otros treinta años entre las mudas pirámides de El Cairo.
La cuerda floja en que ha queda el escenario, abre innumerables brechas por las que puede escapar todo el esfuerzo invertido en estos interesantísimos días que todos hemos vivido con la respiración contenida, sin apartar los ojos de la plaza en la que se concentraban los anhelos de cuántos ansiábamos justicia.
Y es verdad, que el cuidado con que se afronten las próximas fechas ha de ser exquisito, elaborado hasta el último detalle con primorosa mano de artesano, analizado hasta el mas insignificante detalle, por pequeño que parezca, y sin permisión para las injerencias interesadas de los que pujan en la sombra para asentar posiciones al lado del vencedor.
De ello depende el cariz que después quede impreso en los libros de historia y la imagen que se transmita al resto de los que ahora van a correr riesgos idénticos para alcanzar metas similares, en otros lugares, con matices análogos.
Interiormente, compartimos el regusto a triunfo que deja la ensoñación de seguir creyendo en la fuerza de los humildes y, a lo lejos, también nosotros somos parte de la denodada labor de los sublevados que han conseguido dar un portazo a lo que consideraban injusto, pero la experiencia que aporta el hartazgo de esta ferocidad occidental, que acaba alienando las conciencias de los que habitamos en los lugares en los que se asienta, nos hace estar alerta y caminar con pies de plomo, sobre lo que parece simplemente, un camino de rosas.
Al final, las revoluciones siempre terminan dependiendo de la evolución que desarrollen, una vez conseguida la victoria.

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