Expectantes ante el desenlace de los acontecimientos en Egipto, Estados Unidos e Irán tratan desesperadamente de apuntarse la baza que decante la balanza hacia el lado del ganador, esperanzados con atraer hacia su bando a quien detente el poder estratégico del país de los faraones.
La multitud continúa incansable ocupando la plaza Tahrir, en espera de que el tirano Mubarak termine de apuntalar los beneficios que hasta ahora lo retienen y se decida a marcharse, mientras aún pueda hacerlo con cierta dignidad, evitando el baño de sangre que puede producirse, de prolongarse las escaramuzas callejeras.
El gran peligro de este episodio único en la historia del pueblo magrebí, ya lo decíamos en su inicio, sería cometer el error de escuchar a terceros, en la decisión de su propio destino.
Las injerencias extranjeras en los asuntos de un estado, siempre traen consigo un afán por alcanzar ciertas metas, claramente beneficiosas, para el que ofrece ayuda y una merma considerable en las aspiraciones de los nativos, que al final no acaban consiguiendo aquello por lo que arriesgaron la vida en una lucha incierta.
En las calles de El Cairo, se juega estos días la hegemonía entre Oriente y Occidente, aunque el pueblo que grita contra el tirano, ni siquiera sea consciente del tira y afloja que provoca a nivel internacional su movimiento emocionado a favor de la libertad de pensamiento.
Caer en el error de dejarse manipular por líderes de otras naciones, acarrearía o bien una occidentalización de la vida de un pueblo con costumbres ancestrales indiscutibles, o bien, una teocratización islamista que no haría otra cosa que ahondar en la brecha ya existente en la fanatización creada por la exageración del miedo, que alientan quienes, en el fondo, no quieren otra cosa que aumentar sus dosis de poder.
Es por eso que los ciudadanos egipcios sólo debieran aceptar las condiciones que respondan a sus aspiraciones concretas y evitar cualquier contaminación del conflicto basada en la palabrería de quienes, en los peores momentos, siempre se mantuvieron al margen de la miseria que soportaban, tolerando tácitamente el régimen que los tiraniza.
Nunca sabremos cómo empezó todo, ni si alguien en la sombra movió los hilos del inicio del levantamiento, pero los mecanismos que ahora están en marcha son una realidad palpable que conmueve las conciencias de las personas con principios y un terremoto de brisa fresca que se ha colado por las ventanas de los que permanecían dormidos, provocando un escalofrío del que es difícil escapar.
Deseemos que su salida de la esclavitud, no los lleve por un camino que conduzca directamente a otra forma de tiranía, que el puesto que dejan los corruptos, no sea ocupado por otros con idénticas intenciones y que las soluciones elegidas se asienten, de hecho, en una nación nueva, libre y democrática en la que poder convivir sin miedos ni presiones, de una manera digna.
Para ello, no sólo hay que matar los fantasmas del pasado, sino asegurarse que la presencia de terceros, no se instale para siempre en sus sueños, usurpando un protagonismo, que únicamente a ellos corresponde. Ojala y haya suerte.
La multitud continúa incansable ocupando la plaza Tahrir, en espera de que el tirano Mubarak termine de apuntalar los beneficios que hasta ahora lo retienen y se decida a marcharse, mientras aún pueda hacerlo con cierta dignidad, evitando el baño de sangre que puede producirse, de prolongarse las escaramuzas callejeras.
El gran peligro de este episodio único en la historia del pueblo magrebí, ya lo decíamos en su inicio, sería cometer el error de escuchar a terceros, en la decisión de su propio destino.
Las injerencias extranjeras en los asuntos de un estado, siempre traen consigo un afán por alcanzar ciertas metas, claramente beneficiosas, para el que ofrece ayuda y una merma considerable en las aspiraciones de los nativos, que al final no acaban consiguiendo aquello por lo que arriesgaron la vida en una lucha incierta.
En las calles de El Cairo, se juega estos días la hegemonía entre Oriente y Occidente, aunque el pueblo que grita contra el tirano, ni siquiera sea consciente del tira y afloja que provoca a nivel internacional su movimiento emocionado a favor de la libertad de pensamiento.
Caer en el error de dejarse manipular por líderes de otras naciones, acarrearía o bien una occidentalización de la vida de un pueblo con costumbres ancestrales indiscutibles, o bien, una teocratización islamista que no haría otra cosa que ahondar en la brecha ya existente en la fanatización creada por la exageración del miedo, que alientan quienes, en el fondo, no quieren otra cosa que aumentar sus dosis de poder.
Es por eso que los ciudadanos egipcios sólo debieran aceptar las condiciones que respondan a sus aspiraciones concretas y evitar cualquier contaminación del conflicto basada en la palabrería de quienes, en los peores momentos, siempre se mantuvieron al margen de la miseria que soportaban, tolerando tácitamente el régimen que los tiraniza.
Nunca sabremos cómo empezó todo, ni si alguien en la sombra movió los hilos del inicio del levantamiento, pero los mecanismos que ahora están en marcha son una realidad palpable que conmueve las conciencias de las personas con principios y un terremoto de brisa fresca que se ha colado por las ventanas de los que permanecían dormidos, provocando un escalofrío del que es difícil escapar.
Deseemos que su salida de la esclavitud, no los lleve por un camino que conduzca directamente a otra forma de tiranía, que el puesto que dejan los corruptos, no sea ocupado por otros con idénticas intenciones y que las soluciones elegidas se asienten, de hecho, en una nación nueva, libre y democrática en la que poder convivir sin miedos ni presiones, de una manera digna.
Para ello, no sólo hay que matar los fantasmas del pasado, sino asegurarse que la presencia de terceros, no se instale para siempre en sus sueños, usurpando un protagonismo, que únicamente a ellos corresponde. Ojala y haya suerte.

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