miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Dónde está el cielo de Madrid?

Ahora que tanto se habla de los perjuicios del humo del tabaco y los que padecemos esta enfermedad, otrora glamorosa, somos desterrados a esquinas bautizadas por los perros, para poder consumir nuestra necesaria dosis de nicotina, cae una especie de castigo divino sobre los autores de la moderna prohibición y les cubre de una penumbra gris intensa el cielo de las grandes urbes, sumiéndolas en una nube irrespirable de polución, que aúna en un mismo nivel a los pecadores fumetas y a los de pulmón limpio, sin que el dedo acusador de los defensores de la vida sana, pueda hacer absolutamente nada por evitarlo.
Aquí está en juego algo más grande que una cajetilla de tabaco y no se pueden colgar letreros de dirección prohibida en las estrellas, ni mandar fuera a los productores de la catástrofe, sin hacerlos viajar obligatoriamente hacia ciudades mas pequeñas. Tampoco existen tratamientos costeados por la seguridad social para abandonar la adicción de poner el coche en circulación, ni cojones para prohibir su uso, con el fin de limpiar los espacios contaminados por la masa informe de oscuridad que se filtra por nuestras calles, convirtiendo su ambiente en invernal, aunque detrás del espesor maligno, brille un sol de justicia.
Como a las beatas, sólo les cabe a nuestros políticos, organizar rogativas a los santos mas influyentes, deseando la pronta aparición de una lluvia purificadora que les quite de encima el marrón de no saber controlar las emisiones de CO2 de nuestra moderna gama de vehículos, de país asentado en el desarrollo, y que complica el poco estado de bienestar que nos deja la crisis, con la imposibilidad de poder pasear mansamente por nuestros lugares cotidianos.
Hace ya unos de años, que Madrid perdió el cielo en aras del progreso, que lo dejó olvidado en algún rincón entre el laberinto de autopistas numeradas que lo cruzan y se rindió ante la ruidosa algarabía de los interminables atascos que se producen a cualquier hora del día y de la noche en su pobladísimo territorio.
Por mucho que busquemos en los bolsillos del recuerdo, es difícil tener una idea clara de cómo era antes la ciudad y del olor del aire puro, cuando aún no estaba impregnado de aromas procedentes de los derivados del petróleo, que tantos otros disgustos da también a nuestra economía cotidiana.
Seguramente, y a la vista de la clara influencia de la muy piadosa señora Aguirre sobre la corte celestial, podrán conseguir, en breve, una buena borrasca, de esas de gota gorda sobre los planos de los meteorólogos, pero la foto del momento, es la de una enorme boina negra que no respeta la capitalidad de Madrid y ejerce, según dicen, malos auspicios sobre sus habitantes, que se temen, si la cosa prosigue, un decreto que les impida acceder al centro en el maravilloso coche por el que pagaron, casi tanto, como por el chalet de la sierra.
Y para esto, de nada servirán las estufas instaladas en las terrazas que acogen a los fumadores estigmatizados que, cabreados como monos, aceptan a regañadientes la prohibición desfasada que contra su libertad se impone. Quizá si añadieran una gran imagen del dios Manitú al recién estrenado paisaje, se declarara un diluvio universal, que permitiera volver a ver el color del cielo de Madrid.

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