Las desalentadoras noticias de una nueva subida en la cifra del paro, viene a probar la inutilidad manifiesta de la reciente reforma laboral, que el gobierno nos quiso vender como la panacea que curaría todos los males relacionados con la crisis.
Las promesas cayeron nuevamente en el olvido y la realidad de los que se encuentran sin empleo, supera con creces el dolor previsto, convirtiendo en desesperación, lo que se suponía como una puerta a la esperanza.
De tanto mentir –ahora otra vez con todo lo relacionado con las pensiones- la poca credibilidad que los ciudadanos prestaban a sus representantes políticos se rompe en mil pedazos relegando su imagen pública a los puestos de cola y habrá de pasar mucho tiempo o producirse un improbable milagro, para que la recuperación pueda producirse o, al menos, mejorarse hasta unas cifras medianamente aceptables.
Choca el enfado morrocotudo de las bases afiliadas a los sindicatos mayoritarios, que muestran en los foros su disconformidad con los últimos acuerdos firmados y surge la pregunta de quién ordenó, pues, a los dirigentes bajar la cerviz ante tamaño desatino, cuestionando el funcionamiento democrático de estas centrales, que empiezan a no representar ni siquiera a los suyos, entrando en franca decadencia.
La irreverencia de salir a los medios de comunicación defendiendo el acuerdo, raya en el esperpento y viene a dejar meridianamente claro, que prima algún interés que se nos escapa, sobre lo que conviene a unos trabajadores, en paro o no, que desdeñan en su totalidad la postura de los firmantes.
No se sabe bien cuánto plazo se necesita para empezar a repuntar, pero la urgencia de las familias que lo han perdido todo es prioritaria y debería considerarse como necesaria, por encima de que la dirigente alemana apruebe o no la gestión de Zapatero, con una palmadita en la espalda, pero a miles de kilómetros de aquí.
Hablar de equiparar nuestros impuestos y precios con los europeos, es una incongruencia si se tiene en cuenta la colosal diferencia que existe entre los sueldos, o el poder adquisitivo que le queda a quien se encuentra en paro y sólo recibe cuatrocientos euros de subsidio, para cubrir todas las necesidades de un mes.
Nadie, ni gobierno, ni oposición, ni sindicatos, ni todo el arco político existente, ofrece una solución visible a la contundencia de nuestro problema, ni quiere siquiera hablar de lo que ocurre, en un ejemplo de insolidaridad e ineficacia, que roza unos límites peligrosos.
No se explica que la gente no se decida a tomar las calles en una protesta categórica, sin otro ánimo que el de exigir sus derechos, mientras aún se proponen reducir los pagos de los empresarios, que son absolutamente felices de aumentar sus ganancias.
Es indescriptible la vergüenza que sentimos al ser conscientes de todas estas cosas e imprevisible lo que puede pasar si el empecinamiento de continuar a este ritmo, no mira atrás para contemplar la realidad del país.
Dice el señor Aznar que nos vamos a convertir en europeos de segunda fila. Eso, contesto, a mi me importa un bledo. Yo lo que quiero es poder decir que todos vivimos con dignidad, en Europa, o fuera de ella.
Las promesas cayeron nuevamente en el olvido y la realidad de los que se encuentran sin empleo, supera con creces el dolor previsto, convirtiendo en desesperación, lo que se suponía como una puerta a la esperanza.
De tanto mentir –ahora otra vez con todo lo relacionado con las pensiones- la poca credibilidad que los ciudadanos prestaban a sus representantes políticos se rompe en mil pedazos relegando su imagen pública a los puestos de cola y habrá de pasar mucho tiempo o producirse un improbable milagro, para que la recuperación pueda producirse o, al menos, mejorarse hasta unas cifras medianamente aceptables.
Choca el enfado morrocotudo de las bases afiliadas a los sindicatos mayoritarios, que muestran en los foros su disconformidad con los últimos acuerdos firmados y surge la pregunta de quién ordenó, pues, a los dirigentes bajar la cerviz ante tamaño desatino, cuestionando el funcionamiento democrático de estas centrales, que empiezan a no representar ni siquiera a los suyos, entrando en franca decadencia.
La irreverencia de salir a los medios de comunicación defendiendo el acuerdo, raya en el esperpento y viene a dejar meridianamente claro, que prima algún interés que se nos escapa, sobre lo que conviene a unos trabajadores, en paro o no, que desdeñan en su totalidad la postura de los firmantes.
No se sabe bien cuánto plazo se necesita para empezar a repuntar, pero la urgencia de las familias que lo han perdido todo es prioritaria y debería considerarse como necesaria, por encima de que la dirigente alemana apruebe o no la gestión de Zapatero, con una palmadita en la espalda, pero a miles de kilómetros de aquí.
Hablar de equiparar nuestros impuestos y precios con los europeos, es una incongruencia si se tiene en cuenta la colosal diferencia que existe entre los sueldos, o el poder adquisitivo que le queda a quien se encuentra en paro y sólo recibe cuatrocientos euros de subsidio, para cubrir todas las necesidades de un mes.
Nadie, ni gobierno, ni oposición, ni sindicatos, ni todo el arco político existente, ofrece una solución visible a la contundencia de nuestro problema, ni quiere siquiera hablar de lo que ocurre, en un ejemplo de insolidaridad e ineficacia, que roza unos límites peligrosos.
No se explica que la gente no se decida a tomar las calles en una protesta categórica, sin otro ánimo que el de exigir sus derechos, mientras aún se proponen reducir los pagos de los empresarios, que son absolutamente felices de aumentar sus ganancias.
Es indescriptible la vergüenza que sentimos al ser conscientes de todas estas cosas e imprevisible lo que puede pasar si el empecinamiento de continuar a este ritmo, no mira atrás para contemplar la realidad del país.
Dice el señor Aznar que nos vamos a convertir en europeos de segunda fila. Eso, contesto, a mi me importa un bledo. Yo lo que quiero es poder decir que todos vivimos con dignidad, en Europa, o fuera de ella.

No hay comentarios:
Publicar un comentario