jueves, 10 de febrero de 2011

El camino de los delfines

Parece muy lejano, pero hace relativamente poco tiempo que el entonces presidente Aznar, presumía de poseer una libreta azul, en la que había escrito, de puño y letra, el nombre de su esperado sucesor.
Todo andaba entre dos miembros de su partido, que se habían esforzado duramente en hacer los deberes diarios, bastante cerca del pensamiento ideológico de su líder, aunque cada cuál, con su propia idiosincrasia, siempre dentro de un orden, como debe ser.
Para los españoles, la designación de un hasta entonces desconocido Mariano Rajoy, constituyó una sorpresa importante. Todo el mundo daba por hecho, que el brillo de que disfrutaba entre los suyos el economista Rodrigo Rato, fuera mérito suficiente para llevarle directamente, a la secretaría general de Génova.
Seguramente, el siempre desconfiado Aznar, pensó con cierta lógica de entonces, que le sería mucho más fácil manejar desde la sombra al gallego, que al inteligente ministro de Economía, al que todos ensalzaban por su agudeza, colgándole medallas, por la buena labor llevada a cabo en los años de la bonanza.
Así, Rato fue recompensado del agravio sufrido, con la presidencia del Fondo Monetario Internacional y Rajoy se dispuso a ocupar el sillón que quedaba vacante, dados los buenos augurios que deparaban las encuestas, al entonces bien encaminado PP.
Después, Aznar cometió el error de fotografiarse en las Azores, vino el terrible atentado de Madrid, y ya sabemos en qué quedó su bien urdida trama política. Todos olvidaron el cuaderno azul y le dieron una lección en las urnas, de las que hacen historia.
A partir de ahí, el candidato no resultó ser tan dócil como el ex presidente imaginaba y Rato, desde la atalaya de poder en que lo había colocado el despecho, desapareció de los medios poco a poco, inmerso en su labor lejos del territorio nacional, hasta que decidió apearse de ese carro, aduciendo motivos personales para regresar.
Ahora parece que su labor no fue, al fin y al cabo, tan productiva ni tan brillante como se nos ha querido vender desde las filas en las que milita y que en vez de hacer previsión de la crisis mundial que se avecinaba, optó por la omisión de los hechos, no se sabe si por desconocimiento o por temor al desgaste, incurriendo en un gravísimo error de terribles consecuencias y de cuya responsabilidad debiera responder inexorablemente.
Catedráticos de derecho han llegado a pedir su enjuiciamiento por esta causa y él, desde la sede central de Caja Madrid, ha obviado responder a las preguntas de la prensa, siempre con ese aire de hombre ocupado que antes llevó a pensar que su labor era encomiable.
En definitiva, el camino de los delfines no ha salido, en absoluto, tal como la meticulosidad de Aznar esperaba. De nada sirvió, a la vista de los acontecimientos, su estudio concienzudo de ambos, ni las labores designadas por él, descritas en el cuaderno de campo, ni su proyecto de futuro para quedar en la memoria de los españoles como el mejor presidente que tuvieron durante la democracia.
El uno, se ha desligado abiertamente de sus órdenes, apeando a sus fieles de su entorno cercano y chocando frontalmente con su afán de protagonismo enfermizo, evitando su presencia en variadas ocasiones, y el otro, ahora que todo iba tan bien para los suyos, acaba de traer la vergüenza de su ignorancia supina, a una palestra abierta a la posibilidad de que se haga pública toda su mala gestión en el FMI, demostrando una posición de alegría cercana a la de Zapatero, tantas veces criticada en las arengas mitineras de Cospedal y compañía. Se están quedando sin argumentos.

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