lunes, 21 de febrero de 2011

La cara más amarga



El cariz que están tomando los acontecimientos en Libia, da un giro vertiginoso a la alegría vivida en Egipto la semana pasada y baña, literalmente, de sangre los sueños libertarios de quienes se atreven a contradecir las órdenes de Gadafi, que se aferra al poder detentado durante treinta años, pagando la osadía de su pueblo, con una de las represiones más cruentas de las que se recuerdan en los últimos tiempos.
Ante la desconexión generalizada de los medios informáticos, las noticias que nos llegan, a través de trabajadores asentados allí, que regresan apresuradamente a casa, son desoladoras para la opinión pública y hablan de centenares de muertos producidos por el fuego abierto, por tierra y por aire.
El hijo del dictador, anunciaba anoche en un discurso televisado, mientras amenazaba constantemente con su dedo índice extendido, que si las manifestaciones se prolongaban, no habría duda de que comenzaría una guerra civil, ya que en la disposición de su padre no estaba la intención de seguir el ejemplo de Mubarak, ni en su ejército la comprensión hacia la justicia reclamada por los pobres que hemos podido ver en otros países del entorno.
Medios no identificados, sin embargo, apuntaban la posibilidad de que el líder pudiera estar volando hacia Venezuela, pero la falta de comunicaciones y la enrevesada situación que se vive en el territorio libanés, hacen tambalearse cualquier posibilidad de confirmación de los rumores, mientras la crudeza represiva sigue cebándose contra los inocentes, sin que nadie haga nada por evitarlo.
Juega en este caso un papel importante, el petróleo y, en consecuencia, es probable que la reacción de occidente sea la de procurar ocultar la verdad del conflicto durante el mayor tiempo posible. Vergonzosamente, sigue primando sobre las personas, la economía y ni siquiera importa que las fuerzas aéreas estén cargando contra la gente desarmada, hasta el punto de producirse varios desertores entre sus filas, que han pedido hoy asilo político en Malta.
La comodidad de mirar hacia otro lado, desoyendo el clamor popular que circula en Europa, no hace sino aumentar el desprestigio de nuestros encartonados gobernantes y el escalofrío que recorre la espalda de la gente de bien helando su sangre ante la inactividad demostrada por sus “democráticos” dirigentes, es un aviso descarnado que cuestiona nuestras creencias haciendo tiritar los cimientos de la poca esperanza que nos quedaba.
No se puede ser más ineficaz, ni cabe mayor frialdad en los cerebros estereotipados de aquellos que sólo saben hablar de finanzas y crisis de resolución imposible.
Tiembla el mundo y la tibieza incomprensible de sus palabras es la imagen esperpéntica de unos cuantos fantoches abducidos por la ambición de su propio ego, sordos y ciegos a la voz de los que pierden la vida reclamando, simplemente, la dignidad necesaria para vivir un poco mejor.
Es el momento de descubrir sin rubor las cartas, de tomar partido por lo que vale la pena. Es el momento de estar donde hay que estar, de desterrar el miedo y de abrir las manos, anteponiendo lo importante, a la necedad intolerable del silencio.

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