miércoles, 23 de febrero de 2011

Memoria de aquel día

Aún me sobrecoge contemplar las imágenes del intento de golpe de estado de 1981, como si no hubiera pasado el tiempo y las imágenes estuvieran recién llegadas a la memoria, como si hubieran sucedido ayer.
Yo tenía entonces veintinueve años y mi efervescencia ideológica se encontraba todavía en plenitud, libre de las amargas decepciones que ahora arrastra, tras la contemplación forzosa del deterioro sufrido alrededor, y había puesto toda mi ilusión en conseguir una existencia plena, alejada de todas las represiones y oscuros recuerdos de la triste infancia que nos había tocado vivir.
Mi generación había conseguido saltar sobre los miedos de los que vivieron la guerra civil, y se abría paso, tras la muerte del dictador, con imparable paso hacia un cambio esperado desde hacía mucho tiempo, conseguido con concesiones importantes, con aplomo impropio de nuestra edad, ante las continuas provocaciones de los incondicionales del régimen.
He de confesar que aquella tarde, yo ni siquiera estaba escuchando la votación del Congreso. Mi hija era entonces muy pequeña y creo que estábamos pintando en la mesa del comedor cuando mi pobre padre, horrorizado, me telefoneó informándome de lo sucedido y, sin saber qué hacer, me rogó que no saliera de casa y que tuviera cuidado.
A partir de ese momento, la compañía de la radio resultó imprescindible para seguir los acontecimientos. Esa grabación que después dio la vuelta al mundo, no pudo contemplarse hasta el día siguiente y la única conexión que ató al pueblo español con los acontecimientos fueron las ondas radiofónicas que, heroicamente, se mantuvieron alerta mientras que aquella pesadilla duró.
Tengo muy presente, sobre todo, la sensación de darlo todo por perdido, la incertidumbre de no tener futuro, si el intento triunfaba, y un miedo insuperable por la suerte que pudieran correr los míos, aunque he de reconocer que no me pasó en ningún momento por la cabeza, la idea de huir.
Naturalmente, fue una noche de vigilia, de cafeteras humeantes, de cigarrillos para aplacar un nerviosismo que fue en aumento cuando conocimos que los tanques habían salido a las calles de Valencia, de confusión periodística, de no estar seguro de qué puesto ocupaba cada cual en esta terrorífica obra que se representaba ante nuestros ojos, sin que nadie tuviera noción de cuál sería su desenlace.
Confieso que, a pesar de mi declarado republicanismo, esperé con impaciencia la intervención del rey y que su imagen, con aquel alarde de condecoraciones y medallas, es uno de los recuerdos más tranquilizadores, de cuantos acumulo en mi memoria.
Aguantamos estoicamente la noche y a primera hora de la mañana, recorrimos solapadamente los alrededores de unas cuantas instalaciones militares, sin que, aparentemente, sucediera allí algo, que saliera de la normalidad.
Después, llevamos a las niñas al colegio. Había que aplicarse en el ejemplo y demostrar que la angustia de la noche, no había hecho mella en nuestros esfuerzos cotidianos por sacar adelante nuestro hermoso país.
Afortunadamente, aquel intento fallido, esperpéntico e intolerable, que pudo tener un final cruento y estar escrito en los libros de historia como una noche de cuchillos largos, pasó.
Sabemos que nunca conoceremos la escrupulosa verdad del suceso y que muchos de los nombres implicados en la operación convivieron con nosotros, sin pagar su culpa, pero hoy sólo se trata de un terrible recuerdo y de cumplir con nuestro deber docente para con nuestros jóvenes, deseándoles, que no tengan que enfrentarse jamás con episodios similares a este.


No hay comentarios:

Publicar un comentario