Una
estaba acostumbrada desde siempre, a
considerar al PP como un Partido en el que las jerarquías estaban perfectamente
estructuradas y en el que las órdenes de
su Secretario General eran cumplidas escrupulosamente por todo el que ocupara
un cargo inferior y por supuesto, por la militancia, que asumía por principios
que la persona que se ostentaba el poder, tenía que ser considerada como una
especie de Faraón, al que todos debían, lealtad y obediencia.
Así
ocurría desde los tiempos en que Manuel Fraga creara Alianza Popular y así
continúo pasando durante los años que han transcurrido después, afianzándose
esta postura, aún más si cabe, mientras ocupó el puesto Aznar, que por creencias o por mera vanidad personal, se
ocupó de acaparar todo el poder, evitando dejar cabos sueltos que empañaran,
con sus discrepancias, la deslumbrante imagen personal que se empeñó en
construir y que no hubiera permitido que nadie manchara, con nimios asuntos de
democracia interna.
Luego,
cometió el error de designar a Mariano Rajoy como su sucesor, pensando
seriamente que podría manejar al gallego desde la sombra, dictándole al oído
las directrices que debía seguir el Partido que siempre consideró como de su
exclusiva propiedad, pero sus perspectivas enseguida se vinieron abajo, pues el
ahora ex Presidente, un hombre hasta entonces gris, silencioso y sin carisma, decidió
levantar el vuelo, demostrando que no sólo tenía ideas propias, sino que estaba
dispuesto a ponerlas en práctica, sin
consultar, lo que le valió una enemistad manifiesta y duradera con quién le
nombró, que ha durado hasta el mismo momento en que se vio obligado a dejar el
poder y que todo sabemos, por el carácter de Aznar, que perdurará para siempre.
Rajoy
se ha marchado de la Presidencia del país,
dejando tras de sí una serie de cambios inauditos que han revolucionado los
cimientos de la ideología patriarcal que primaba en el Partido Popular y no
sólo porque ha tenido la deferencia de no entrar por ninguna puerta giratoria,
de esas que han solido cruzar todos los ex Presidentes y volver a su antiguo puesto
como Registrador de la Propiedad, sino porque ha abierto, de manera
absolutamente inesperada, el camino hacia las Primarias, dando un voto de confianza a
los militantes para que puedan elegir, entre los candidatos que se presentan, a
su sucesor, terminando de un plumazo con la fea costumbre de utilizar el dedo,
para señalar directamente y sin consultarlo con nadie, a un nuevo Secretario
General que marcará en el futuro que viene, las que serán las directrices a
seguir, en el Partido.
La idea, ha revolucionado la tranquilidad que
respiraban los barones conservadores, lanzándoles sin paracaídas y sin red, a
una dura batalla en la que hay que ganar centímetro a centímetro, el dominio
del territorio español y sobre todo, la voluntad de estos electores con los que nadie había contado antes, en esta
Formación, pero que como todo el mundo, tendrán sus preferencias particulares,
aunque al haber sido cogidos por sorpresa, quizá estén, mayoritariamente,
indecisos.
Así
que se ha montado un espectáculo a todo color, en el que los candidatos andan
enloquecidos de aquí para allá, intentando ganar las simpatías del personal, en
escenarios hasta el momento desconocidos para todos ellos y cumpliendo, a
regañadientes, pero sin poder permitirse perder la sonrisa, con la obligación
irrenunciable de tener que arrancar confianza, de dónde nunca pensaron que
tendrían que hacerlo.
Casi
todos , ya pertenecen desde hace muchísimos años al aparato del Partido y
aunque han tenido que lidiar en plazas seguramente muy difíciles, se les nota, permítanme
que se lo diga, toda su falta de experiencia en estas prácticas completamente nuevas
para ellos y en cierto modo, se han visto conducidos, contra su voluntad, desde
las más altas esferas del poder hasta los púlpitos de madera montados apresuradamente
en los jardines de los pueblos más pequeños de España y en los que no ha
quedado más remedio que desgañitarse para ser escuchado por los asistentes al
acto, pues esto nada tiene ya que ver con los mítines que se ofrecían, en otro
tiempo, por ejemplo, en la plaza de toros de Valencia.
Con
este panorama casi desolador, ni siquiera las encuestas se atreven a pronosticar
quién ganará esta guerra encarnizada que se libra sin recursos y sin
experiencia y los militantes, desacostumbrados a opinar, se hallan absolutamente sobrepasados, sin saber a dónde
mirar o a quién oír, pues encima, parece que cada uno pertenece, por su
discurso, a un Partido distinto.
Nunca
creímos los ciudadanos que viviríamos para contemplar estas escenas
berlanguianas que estamos siguiendo, ni que precisamente aquellos que durante
años regentaron con mano de hierro el poder, se verían necesitados de tener que
bajar a los infiernos, para tratar directamente con el pueblo al que
sistemáticamente desoyeron en tantas ocasiones, para suplicarles, disfrazados
de titiriteros itinerantes, unos míseros votos con los que lograr conservar los
privilegios de los que disfrutaron y que perderían si no ganan estas
elecciones, que de repente se han convertido en las más importantes de sus
vidas.

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