martes, 3 de julio de 2018

Vivir para ver




Una estaba acostumbrada  desde siempre, a considerar al PP como un Partido en el que las jerarquías estaban perfectamente estructuradas y  en el que las órdenes de su Secretario General eran cumplidas escrupulosamente por todo el que ocupara un cargo inferior y por supuesto, por la militancia, que asumía por principios que la persona que se ostentaba el poder, tenía que ser considerada como una especie de Faraón, al que todos debían, lealtad y obediencia.
Así ocurría desde los tiempos en que Manuel Fraga creara Alianza Popular y así continúo pasando durante los años que han transcurrido después, afianzándose esta postura, aún más si cabe, mientras ocupó el puesto Aznar, que  por creencias o por mera vanidad personal, se ocupó de acaparar todo el poder, evitando dejar cabos sueltos que empañaran, con sus discrepancias, la deslumbrante imagen personal que se empeñó en construir y que no hubiera permitido que nadie manchara, con nimios asuntos de democracia interna.
Luego, cometió el error de designar a Mariano Rajoy como su sucesor, pensando seriamente que podría manejar al gallego desde la sombra, dictándole al oído las directrices que debía seguir el Partido que siempre consideró como de su exclusiva propiedad, pero sus perspectivas enseguida se vinieron abajo, pues el ahora ex Presidente, un hombre hasta entonces gris, silencioso y sin carisma, decidió levantar el vuelo, demostrando que no sólo tenía ideas propias, sino que estaba dispuesto a ponerlas  en práctica, sin consultar, lo que le valió una enemistad manifiesta y duradera con quién le nombró, que ha durado hasta el mismo momento en que se vio obligado a dejar el poder y que todo sabemos, por el carácter de Aznar, que perdurará para siempre.
Rajoy se ha marchado de la Presidencia  del país, dejando tras de sí una serie de cambios inauditos que han revolucionado los cimientos de la ideología patriarcal que primaba en el Partido Popular y no sólo porque ha tenido la deferencia de no entrar por ninguna puerta giratoria, de esas que han solido cruzar todos los ex Presidentes y volver a su antiguo puesto como Registrador de la Propiedad, sino porque ha abierto, de manera absolutamente inesperada, el camino hacia  las Primarias, dando un voto de confianza a los militantes para que puedan elegir, entre los candidatos que se presentan, a su sucesor, terminando de un plumazo con la fea costumbre de utilizar el dedo, para señalar directamente y sin consultarlo con nadie, a un nuevo Secretario General que marcará en el futuro que viene, las que serán las directrices a seguir, en el  Partido.
 La idea, ha revolucionado la tranquilidad que respiraban los barones conservadores, lanzándoles sin paracaídas y sin red, a una dura batalla en la que hay que ganar centímetro a centímetro, el dominio del territorio español y sobre todo, la voluntad de estos electores  con los que nadie había contado antes, en esta Formación, pero que como todo el mundo, tendrán sus preferencias particulares, aunque al haber sido cogidos por sorpresa, quizá estén, mayoritariamente, indecisos.
Así que se ha montado un espectáculo a todo color, en el que los candidatos andan enloquecidos de aquí para allá, intentando ganar las simpatías del personal, en escenarios hasta el momento desconocidos para todos ellos y cumpliendo, a regañadientes, pero sin poder permitirse perder la sonrisa, con la obligación irrenunciable de tener que arrancar confianza, de dónde nunca pensaron que tendrían que hacerlo.
Casi todos , ya pertenecen desde hace muchísimos años al aparato del Partido y aunque han tenido que lidiar en plazas seguramente muy difíciles, se les nota, permítanme que se lo diga, toda su falta de experiencia en estas prácticas completamente nuevas para ellos y en cierto modo, se han visto conducidos, contra su voluntad, desde las más altas esferas del poder hasta los púlpitos de madera montados apresuradamente en los jardines de los pueblos más pequeños de España y en los que no ha quedado más remedio que desgañitarse para ser escuchado por los asistentes al acto, pues esto nada tiene ya que ver con los mítines que se ofrecían, en otro tiempo, por ejemplo, en la plaza de toros de Valencia.
Con este panorama casi desolador, ni siquiera las encuestas se atreven a pronosticar quién ganará esta guerra encarnizada que se libra sin recursos y sin experiencia y los militantes, desacostumbrados a opinar, se hallan  absolutamente sobrepasados, sin saber a dónde mirar o a quién oír, pues encima, parece que cada uno pertenece, por su discurso, a un Partido distinto.
Nunca creímos los ciudadanos que viviríamos para contemplar estas escenas berlanguianas que estamos siguiendo, ni que precisamente aquellos que durante años regentaron con mano de hierro el poder, se verían necesitados de tener que bajar a los infiernos, para tratar directamente con el pueblo al que sistemáticamente desoyeron en tantas ocasiones, para suplicarles, disfrazados de titiriteros itinerantes, unos míseros votos con los que lograr conservar los privilegios de los que disfrutaron y que perderían si no ganan estas elecciones, que de repente se han convertido en las más importantes de sus vidas.

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