lunes, 23 de julio de 2018

Los daños del paso del tiempo



 La férrea unidad que había caracterizado hasta ahora a los representantes del separatismo catalán y que ha resultado ser la baza más importante con la que contaban los defensores de la proclamación de la República, para atraer a las  masas a su causa, ha ido perdiendo fuerza por los efectos colaterales que está trayendo el paso del tiempo y por supuesto, provocando fisuras que resquebrajan, un poco más todos los días, ese concepto unánime que en principio parecían compartir los tres Partidos que formaron un frente común en contra del Estado español, a pesar de las más que evidentes diferencias ideológicas que les separaban, pero que fueron postergadas en pos el sueño de la independencia.
Una cosa es la imagen que se ofrece de cara a la galería, con la profusión de esteladas, lazos amarillosas e incluso cruces sembradas por todos los rincones de Catalunya, como apoyo a los dirigentes presos y otra bien distinta, lo que sucede en las trastiendas que subyacen bajo los órganos de un poder, que siendo como todos los poderes, atractivo por lo que en sí mismo representa, da lugar a rivalidades enconadas y no sólo entre las diferentes Formaciones que desean a toda costa ganarlo, sino también y muy especialmente, en los regímenes internos en los que actúan  algunos personajes, a los que por encima de todo mueve su propia ambición y que no se encuentran dispuestos a renunciar absolutamente a nada que pueda dañar su exacerbado egocentrismo.
Es público y notorio que las relaciones entre la Esquerra Republicana de Junqueras y el PdeCat de Puigdemont han sufrido un terrible desgaste desde que el ex President decidiera huir del país, dejando a los pies de los caballos a los que hasta entonces habían sido sus socios de Gobierno y que los presos nunca perdonarán al exiliado los meses de cárcel que han tenido que soportar mientras el otro se paseaba por Europa autoproclamándose como caudillo de la causa independentista y también que una vez destronado el PP,  a causa de la Moción de censura, las posiciones de ambas Formaciones han comenzado a divergir, pues no se ven las cosas igual, desde las celdas de las prisiones, que desde los cafés berlineses.
La decisión del juez Llarena, de no admitir la extradición de Puigdemont, sólo por un delito de malversación ha debido servir, al menos, para que el ex President se convenza de que pasará mucho tiempo antes de que pueda a volver a pisar suelo patrio y esta idea, que no deja de ser inquietante para quien desea continuar siendo el protagonista principal de la obra en cartelera, habrá causado cierta zozobra, activando inmediatamente el mecanismo de defensa del ilustre exiliado, ante el temor de poder caer en el más absoluto de los olvidos.
Suponemos que ha sido esa reacción y no otra la que ha provocado la dimisión de Marta Pascal como Directora del PdeCat en Catalunya, por haber perdido, según palabras textuales, la confianza de Puigdemont, pero la pregunta que flota en el aire y que hoy mismo deben estar haciéndose miles de catalanes es qué verdad se esconde bajo la contundencia de esta frase y sobre todo, por qué se ha producido el desencuentro, si realmente, como se dice, se han seguido al pie de la letra todas las órdenes dictadas desde Berlín, por quién sus correligionarios continúan considerando como su Presidente.
Puede que Puigdemont haya sucumbido presa del pánico al comprobar que las encuestas dan como ganadora, en unas futuras elecciones a Esquerra, sin que él pueda, por la distancia, atraer la voluntad de los electores e incluso que haya visto en Pascal, posturas que la acercan peligrosamente a las filas de sus antiguos socios de Gobierno y hasta quizá, un cierto abandono por su parte de la defensa de su figura personal, como consecuencia directa de la brega diaria que representa hacer frente a los problemas directos que atañen a los catalanes y que no sólo se subscriben al plano de la independencia.
Preso de su propia soledad, de su imposibilidad de volver y del desgaste que produce inevitablemente el paso del tiempo, Puigdemont parece haberse transformado en un personaje siniestramente desconfiado que cuida, como el único tesoro que posee, el hecho de continuar siendo considerado como referente de la lucha separatista, aun sabiendo que la verdadera lucha la están librando los que decidieron ser coherentes con su postura y quedarse en su territorio, afrontando después, todas las consecuencias que sobrevinieron.
La dimisión de Pascual, su sustitución por alguien mucho más sumiso, preludia un nuevo cambio en la antigua Convergencia, que todo lo quiere arreglar sobreponiendo siglas nuevas, sobre los mismos e inamovibles conceptos y deja meridianamente claro que  lo más importante para sus militantes y simpatizantes, no deben ser ni Catalunya, ni la independencia, sino que el Virrey Puigdemont permanezca vivo en la memoria de los catalanes, por los siglos de los siglos. Amén.

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