Una
cosa es la imagen que se ofrece de cara a la galería, con la profusión de esteladas,
lazos amarillosas e incluso cruces sembradas por todos los rincones de
Catalunya, como apoyo a los dirigentes presos y otra bien distinta, lo que
sucede en las trastiendas que subyacen bajo los órganos de un poder, que siendo
como todos los poderes, atractivo por lo que en sí mismo representa, da lugar a
rivalidades enconadas y no sólo entre las diferentes Formaciones que desean a
toda costa ganarlo, sino también y muy especialmente, en los regímenes internos
en los que actúan algunos personajes, a
los que por encima de todo mueve su propia ambición y que no se encuentran
dispuestos a renunciar absolutamente a nada que pueda dañar su exacerbado
egocentrismo.
Es
público y notorio que las relaciones entre la Esquerra Republicana de Junqueras
y el PdeCat de Puigdemont han sufrido un terrible desgaste desde que el ex President
decidiera huir del país, dejando a los pies de los caballos a los que hasta
entonces habían sido sus socios de Gobierno y que los presos nunca perdonarán
al exiliado los meses de cárcel que han tenido que soportar mientras el otro se
paseaba por Europa autoproclamándose como caudillo de la causa independentista
y también que una vez destronado el PP, a
causa de la Moción de censura, las posiciones de ambas Formaciones han
comenzado a divergir, pues no se ven las cosas igual, desde las celdas de las
prisiones, que desde los cafés berlineses.
La
decisión del juez Llarena, de no admitir la extradición de Puigdemont, sólo por
un delito de malversación ha debido servir, al menos, para que el ex President
se convenza de que pasará mucho tiempo antes de que pueda a volver a pisar
suelo patrio y esta idea, que no deja de ser inquietante para quien desea
continuar siendo el protagonista principal de la obra en cartelera, habrá
causado cierta zozobra, activando inmediatamente el mecanismo de defensa del
ilustre exiliado, ante el temor de poder caer en el más absoluto de los
olvidos.
Suponemos
que ha sido esa reacción y no otra la que ha provocado la dimisión de Marta Pascal
como Directora del PdeCat en Catalunya, por haber perdido, según palabras
textuales, la confianza de Puigdemont, pero la pregunta que flota en el aire y
que hoy mismo deben estar haciéndose miles de catalanes es qué verdad se
esconde bajo la contundencia de esta frase y sobre todo, por qué se ha
producido el desencuentro, si realmente, como se dice, se han seguido al pie de
la letra todas las órdenes dictadas desde Berlín, por quién sus
correligionarios continúan considerando como su Presidente.
Puede
que Puigdemont haya sucumbido presa del pánico al comprobar que las encuestas
dan como ganadora, en unas futuras elecciones a Esquerra, sin que él pueda, por
la distancia, atraer la voluntad de los electores e incluso que haya visto en
Pascal, posturas que la acercan peligrosamente a las filas de sus antiguos
socios de Gobierno y hasta quizá, un cierto abandono por su parte de la defensa
de su figura personal, como consecuencia directa de la brega diaria que
representa hacer frente a los problemas directos que atañen a los catalanes y
que no sólo se subscriben al plano de la independencia.
Preso
de su propia soledad, de su imposibilidad de volver y del desgaste que produce
inevitablemente el paso del tiempo, Puigdemont parece haberse transformado en
un personaje siniestramente desconfiado que cuida, como el único tesoro que
posee, el hecho de continuar siendo considerado como referente de la lucha separatista,
aun sabiendo que la verdadera lucha la están librando los que decidieron ser
coherentes con su postura y quedarse en su territorio, afrontando después, todas
las consecuencias que sobrevinieron.
La
dimisión de Pascual, su sustitución por alguien mucho más sumiso, preludia un
nuevo cambio en la antigua Convergencia, que todo lo quiere arreglar
sobreponiendo siglas nuevas, sobre los mismos e inamovibles conceptos y deja
meridianamente claro que lo más
importante para sus militantes y simpatizantes, no deben ser ni Catalunya, ni
la independencia, sino que el Virrey Puigdemont permanezca vivo en la memoria
de los catalanes, por los siglos de los siglos. Amén.

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