martes, 24 de julio de 2018

El olor a tierra quemada




Mucho sabemos, desde hace muchos años, los ciudadanos de este país, sobre el tema de los incendios en montañas y bosques y mucho nos ha dolido y nos duele cada vez que se produce una noticia de estas características, suceda o no en el suelo patrio, por lo que hoy es uno de esos días que nos provoca gran desazón y tristeza, al conocer la virulencia de las llamas que sacuden en estos momentos los árboles de Grecia, dónde se ha declarado el estado de emergencia, al no poder hacer frente al avance imparable de los fuegos, que se han cobrado ya la vida de más de cincuenta personas.
Nos llena de estupor que la mayoría de estos incendios no se deban a causas fortuitas, sino que sean alevosamente provocados por la mano del hombre , que parece empeñarse denodadamente en destruir el más grande de los tesoros que posee en gratuidad y que representa para él, tener un lugar en el que poder sustentar su existencia y una herencia impagable que dejar a sus sucesores, que se convertirán, con el tiempo, en los nuevos dueños del Planeta.
Observando el afán que ponemos en cuidar minuciosamente las cosas materiales que consideramos de nuestra propiedad, léase, todo aquellos que hemos pagado religiosamente en  esta sociedad de consumo en la que nos movemos, resulta del todo incomprensible que destruyamos con plena consciencia la que sería la base de nuestra propia supervivencia, aun sabiendo que si persistimos en ciertas actitudes, ciertamente nocivas contra la Naturaleza, estaremos abocados a un futuro imparable de destrucción, que terminaría con la especie a la que todos pertenecemos.
Este olor a tierra quemada que invade periódicamente nuestros paisajes y que provoca catástrofes ecológicas irrecuperables, de incalculables consecuencias, forma en muchos casos, parte de una estrategia de especulación, minuciosamente estudiada por quienes hacen de la ambición su bandera y a los que poco importa, por cierto y los hechos así lo demuestran, los daños infringidos a toda la humanidad, ni tampoco las incontables vidas que se pierden en el transcurso de esos sucesos.
De manera que hacer arder masas boscosas, llevar hasta la extenuación a los encargados de sofocar estos incendios, con la escasez de medios que nos ha traído también, como no, la maldita e interminable crisis, sale en el fondo, muy barato y así, no es de extrañar que año tras año, continúen surgiendo estas prácticas y por consiguiente, la desolación en que quedan esos espacios comunes, tras el paso destructor de las llamas por ellos.
Ya decía Hobbes que el hombre era un lobo para el hombre y que como tal actuaba, con tal de poder garantizarse una plácida y cómoda existencia y esto, que ya era cierto en el tiempo en el que vivió, se ha multiplicado por mil, tres siglos después, pues a pesar del tiempo transcurrido hemos sido incapaces de erradicar las desigualdades entre nosotros y la codicia continúa siendo para los que más tienen, el eje central sobre el que se basa su indeseable presencia sobre la tierra.
Tampoco ayudan nada las Leyes actuales que juzgan a estos pirómanos , a los que se suele erróneamente considerar como trastornados mentales y no cómo sicarios a sueldo de los verdaderos instigadores de estos hechos, pues por alguna razón, este y otros muchos temas relacionados con el Planeta en general, parecen no importar a las  Naciones, que acostumbran a tener la vista puesta en cuestiones mucho más relacionadas con la Macroeconomía que les asegura su permanencia en el poder, aunque sea en un mundo cada vez más insano e imperfecto.
Lo vemos a diario, si nos fijamos en lo que sucede a nuestro alrededor y prestamos atención al ambiente en el que se producen esas reuniones de alto nivel que entre ellos organizan, entre risas y mesas de abundancia ante las que sentarse a discutir asuntos realmente banales, si se comparan con lo que está ocurriendo con la situación de los refugiados, por ejemplo y hasta me atrevería a decir que nos hemos acostumbrado, insólitamente, a considerarlo como algo natural, quizá porque hemos asumido el rol que para nosotros han elegido, precisamente esos que con sus acciones, nos demuestran su profundo desprecio.
No son, ni mucho menos, por mucho que lo crean y así debemos entenderlo, los dueños de la tierra y por ello y porque este lugar maravilloso nos pertenece a todos, surge la extrema necesidad de exigir que se considere como prioritaria la conservación exquisita de los recursos con los que aún contamos, en esta propiedad colectiva a la que amamos y que supone para nosotros, certeza de futuro en el tiempo.
Buscar las vías para solucionar con carácter de urgencia cuestiones como el Cambio climático o la destrucción fehaciente de los recursos naturales, que por supuesto, incluye los incendios, se ha convertido en una necesidad perentoria para una humanidad que agoniza asfixiada entre la manipulación a la que es sometida a través de la estrategia del miedo.
Mientras hablamos de la tragedia que está viviendo el país heleno, al que enviamos de todo corazón nuestro apoyo y solidaridad, en tan terribles momentos, aparece en un canal de televisión la información sobre los valores de la Bolsa y los economistas continúan haciendo previsiones francamente agoreras,
Miren cada cual a su conciencia y pregúntense si hay derecho.

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