Mucho
sabemos, desde hace muchos años, los ciudadanos de este país, sobre el tema de
los incendios en montañas y bosques y mucho nos ha dolido y nos duele cada vez
que se produce una noticia de estas características, suceda o no en el suelo
patrio, por lo que hoy es uno de esos días que nos provoca gran desazón y
tristeza, al conocer la virulencia de las llamas que sacuden en estos momentos
los árboles de Grecia, dónde se ha declarado el estado de emergencia, al no
poder hacer frente al avance imparable de los fuegos, que se han cobrado ya la
vida de más de cincuenta personas.
Nos
llena de estupor que la mayoría de estos incendios no se deban a causas fortuitas,
sino que sean alevosamente provocados por la mano del hombre , que parece
empeñarse denodadamente en destruir el más grande de los tesoros que posee en
gratuidad y que representa para él, tener un lugar en el que poder sustentar su
existencia y una herencia impagable que dejar a sus sucesores, que se convertirán,
con el tiempo, en los nuevos dueños del Planeta.
Observando
el afán que ponemos en cuidar minuciosamente las cosas materiales que consideramos
de nuestra propiedad, léase, todo aquellos que hemos pagado religiosamente en esta sociedad de consumo en la que nos
movemos, resulta del todo incomprensible que destruyamos con plena consciencia
la que sería la base de nuestra propia supervivencia, aun sabiendo que si
persistimos en ciertas actitudes, ciertamente nocivas contra la Naturaleza,
estaremos abocados a un futuro imparable de destrucción, que terminaría con la
especie a la que todos pertenecemos.
Este
olor a tierra quemada que invade periódicamente nuestros paisajes y que provoca
catástrofes ecológicas irrecuperables, de incalculables consecuencias, forma en
muchos casos, parte de una estrategia de especulación, minuciosamente estudiada
por quienes hacen de la ambición su bandera y a los que poco importa, por
cierto y los hechos así lo demuestran, los daños infringidos a toda la
humanidad, ni tampoco las incontables vidas que se pierden en el transcurso de
esos sucesos.
De
manera que hacer arder masas boscosas, llevar hasta la extenuación a los
encargados de sofocar estos incendios, con la escasez de medios que nos ha
traído también, como no, la maldita e interminable crisis, sale en el fondo,
muy barato y así, no es de extrañar que año tras año, continúen surgiendo estas
prácticas y por consiguiente, la desolación en que quedan esos espacios
comunes, tras el paso destructor de las llamas por ellos.
Ya
decía Hobbes que el hombre era un lobo para el hombre y que como tal actuaba,
con tal de poder garantizarse una plácida y cómoda existencia y esto, que ya
era cierto en el tiempo en el que vivió, se ha multiplicado por mil, tres
siglos después, pues a pesar del tiempo transcurrido hemos sido incapaces de
erradicar las desigualdades entre nosotros y la codicia continúa siendo para
los que más tienen, el eje central sobre el que se basa su indeseable presencia
sobre la tierra.
Tampoco
ayudan nada las Leyes actuales que juzgan a estos pirómanos , a los que se
suele erróneamente considerar como trastornados mentales y no cómo sicarios a
sueldo de los verdaderos instigadores de estos hechos, pues por alguna razón,
este y otros muchos temas relacionados con el Planeta en general, parecen no
importar a las Naciones, que acostumbran
a tener la vista puesta en cuestiones mucho más relacionadas con la
Macroeconomía que les asegura su permanencia en el poder, aunque sea en un
mundo cada vez más insano e imperfecto.
Lo
vemos a diario, si nos fijamos en lo que sucede a nuestro alrededor y prestamos
atención al ambiente en el que se producen esas reuniones de alto nivel que
entre ellos organizan, entre risas y mesas de abundancia ante las que sentarse
a discutir asuntos realmente banales, si se comparan con lo que está ocurriendo
con la situación de los refugiados, por ejemplo y hasta me atrevería a decir
que nos hemos acostumbrado, insólitamente, a considerarlo como algo natural,
quizá porque hemos asumido el rol que para nosotros han elegido, precisamente
esos que con sus acciones, nos demuestran su profundo desprecio.
No
son, ni mucho menos, por mucho que lo crean y así debemos entenderlo, los dueños
de la tierra y por ello y porque este lugar maravilloso nos pertenece a todos,
surge la extrema necesidad de exigir que se considere como prioritaria la
conservación exquisita de los recursos con los que aún contamos, en esta
propiedad colectiva a la que amamos y que supone para nosotros, certeza de
futuro en el tiempo.
Buscar
las vías para solucionar con carácter de urgencia cuestiones como el Cambio
climático o la destrucción fehaciente de los recursos naturales, que por supuesto,
incluye los incendios, se ha convertido en una necesidad perentoria para una
humanidad que agoniza asfixiada entre la manipulación a la que es sometida a
través de la estrategia del miedo.
Mientras
hablamos de la tragedia que está viviendo el país heleno, al que enviamos de
todo corazón nuestro apoyo y solidaridad, en tan terribles momentos, aparece en
un canal de televisión la información sobre los valores de la Bolsa y los
economistas continúan haciendo previsiones francamente agoreras,
Miren
cada cual a su conciencia y pregúntense si hay derecho.

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