Mientras
el Gobierno de Pedro Sánchez trata desesperadamente de acercar posturas con el separatismo
catalán, la vía judicial, abierta por Mariano Rajoy anteriormente, sigue su
curso y el Juez Llarena suspende
cautelarmente de sus funciones como diputados a los políticos encausados por
los acontecimientos del 1 de Octubre, incluido Puigdemont, tensando una cuerda
que en cualquier momento podría volver a romperse, si el Parlament decide
desobedecer la orden y mantener a los mencionados en sus puestos.
Envuelto
todo en un halo de imprevisibilidad que hace prácticamente imposible predecir
cuáles serán las reacciones de las partes en litigio en este conflicto, la
incertidumbre que plantea esta suspensión pone en peligro la buena sintonía con
que parecían haberse iniciado los contactos para las futuras negociaciones,
volviendo a un punto de partida que podría incitar a los nacionalistas a dar un
paso atrás, al considerar dicha decisión como un ataque directo a sus líderes,
aunque las decisiones judiciales deben ser consideradas como independientes de
las acciones políticas.
Con
las manos atadas por la disposición judicial, el Gobierno se encuentra ahora en
un punto de extrema dificultad para poder establecer sus cánones de actuación
en una negociación que en principio, ya estaba planteada, pues va a encontrar
enfrente la animadversión de los independentistas por esta resolución, que
aunque no le compete en absoluto, embarra momentáneamente el terreno,
constituyendo en sí misma, un escollo casi insalvable.
Mucho
van a tener que pensar los componentes de la mesa de negociaciones del PSOE,
para lidiar con este problema añadido, si el Parlament decide no acatar las suspensiones planteadas
por la justicia, sobre todo, porque de hacerlo así, estaría nuevamente
desobedeciendo la Ley, lo que podría dar lugar a que el Ejecutivo español se
viera forzado a utilizar de nuevo la vía judicial, teniendo que abandonar, al
menos momentáneamente, su sueño de poder resolver el trance, por el camino del
diálogo y la diplomacia, exclusivamente.
Del
otro lado, esta suspensión vendrá seguramente a sumarse a la ya larga lista de
oprobios que los independentistas exhiben como trofeos, allá por dónde van y
propiciará que las críticas a la actuación del Estado español se recrudezcan considerablemente, al esgrimir
que las suspensiones representan, en realidad, una manera encubierta de
descabezar el movimiento nacionalista y un modo directo de atacar sus
aspiraciones de independencia, a las que por la libertad de pensamiento y
expresión, en principio, tienen derecho.
Con
Pablo Iglesias ocupado por asuntos meramente familiares, las posibilidades de
mediación que estaban en manos de Podemos, quedan debilitadas considerablemente
y en este momento, sólo cabe esperar que algún milagro, de esos que suceden en
raras ocasiones en el mundo de la política, salve la situación o bien que los
nacionalistas consideren que es mejor de cara al futuro, obedecer a LLarena y
sustituyan a los suspendidos, por otros nombres que cumplan con sus expectativas
igualmente, en el seno de su Parlamento.
No
obstante y tras lo que hemos vivido, no
parece que Puigdemont esté dispuesto a ser reemplazado por alguien que en gran
medida, robaría una parte considerable de su protagonismo y por ello, suponemos que
su primera intención será la de plantar batalla desde su retiro berlinés, en el
que está asentado como un bastión inamovible del separatismo, pero desde el que
se ven y viven las cosas, claramente, de
otra manera.
Otra
posibilidad sería, que PdeCat y Esquerra
no coincidieran en absoluto en cómo debe `plantearse esta circunstancia y que
su alejamiento real, que ya se ha iniciado hace tiempo, aunque nadie se atreva
a confesarlo abiertamente, se haga efectivo, provocando una fisura en la
pretendida unidad del movimiento al que hasta ahora han representado, a pesar
de sus diferencias ideológicas, como si formaran parte de un todo indivisible.
Pero
todo esto son apreciaciones hechas a vote pronto, a sólo unos minutos de haber
conocido la resolución de LLarena y sería una osadía aventurar lo que puede
ocurrir, incluso en las próximas horas y lo cabal, sería desear que la prudencia
se imponga a la visceralidad que en sí misma, produce esta noticia, esta mañana.
La
Ley, que resulta ser un instrumento absolutamente necesario para arbitrar la
convivencia pacífica entre los ciudadanos, puede a veces, complicar las cosas
de manera superlativa, variando con ello el curso de unos acontecimientos que
parecían haber empezado a mejorar y que en un sólo segundo podrían volver atrás,
llevándonos de nuevo al mismo sitio en el que nos encontrábamos, cuando Rajoy
aún estaba en el Gobierno.

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