martes, 17 de julio de 2018

En tránsito


A estas alturas del verano y aunque este año  ha sido muy especial en muchas cosas y no sólo en la climatología, los ciudadanos estamos, en general, en ese punto que oscila entre la euforia y el agotamiento y los que no hemos tenido la suerte aún de tomarnos un merecido descanso, sobre todo mental, para poner un poco de orden dentro de nuestras desequilibradas cabezas, ansiamos desesperadamente que llegue el día en el que cada uno con su bagaje, marchemos hacia otros horizontes en los que disfrutar de  la pereza no sea considerado como un pecado, ni desconectar de los asuntos serios, como una despreocupación, por nuestra parte, de los problemas que nos atañen a todos.
Somos conscientes y de qué manera, de que la situación económica de la mayoría no está como para tirar cohetes y también de que andamos metidos en un guirigay fenomenal, con esto de que el nuevo Gobierno no cuente más que con 84 diputados y necesite apoyos de grupos bien diversos para poder aprobar todo lo que en justicia, debiera sernos devuelto, pero las fuerzas dan para lo que dan y todos llegamos hasta dónde podemos, incapaces de seguir bregando con más sobresaltos, del estilo de los que solemos conocer a diario a través de los medios de comunicación y que nos hacen enfurecernos hasta la saciedad, provocándonos un estrés casi crónico, que no nos dejan combatir, por la marcha habitual que últimamente llevan los acontecimientos.
Hoy, por ejemplo, Pedro Sánchez está compareciendo en una sesión del Congreso anunciando medidas económicas que evidentemente nos interesan a todos, pero sinceramente, me ha pillado en uno de esos días en que no me apetece nada hacer cábalas sobre lo que pudiera suceder en el futuro que nos aguarda, así que me siento ante el ordenador sin haberme parado, como suele ser habitual, a pensar sobre lo que quiero escribir, prefiriendo que las palabras vayan fluyendo laxamente y sin condicionamientos exteriores, porque una también, de vez en cuando, necesita resetearse plácidamente en la soledad de la habitación e hilar frases intrascendentes  que sólo afectan a su estado de ánimo y a esas pequeñas cosas que componen la rutina diaria, a las que tan poca importancia solemos dar, pero que constituyen, en sí mismas, los pilares de nuestras  propias historias.
No hay ninguna, de las cada uno tenemos , que pueda considerarse banal, pues todas ellas han ido poco a poco, forjando nuestro particular carácter y fortaleciendo ese mundo interior que nos hace ser como somos, buenos o malos, según las circunstancias, con nosotros mismos y con los demás, pero la mala costumbre, muy extendida por esto de las prisas, de no pararnos a escuchar lo que los más cercanos tratan de transmitir, nos roba la oportunidad de poder aprender sobre la naturaleza de los seres humanos y la de enriquecernos abriendo la mente e impregnándonos de las experiencias que otros vivieron, para hacernos, en definitiva, mejores y más fuertes.
Así que hoy me he concedido el inmenso placer de oír lo que se cocía a mi lado, tomándome unas horas para vivir la calle sin prejuicios adquiridos y he vuelto, francamente mucho más relajada y tajantemente dispuesta a no hacer mención en este artículo, más que a las ilusiones que todos tenemos por volar, dentro de unos días, aunque sólo sea con la imaginación, a otros sitios, donde otras gentes, maravillosamente diversas, a las que ni siquiera conocemos, seguramente nos aportarán un material impagable y humano que después, de vuelta a nuestros orígenes, intentaremos aprovechar lo mejor que sepamos, para sacar, a pesar de los malos momentos que nos aguarden, todo el jugo que podamos, a la vida.
Este tránsito íntimo que hace fluir la alucinación de que la cruda realidad cotidiana, puede hacerse desaparecer tomando distancia y minimizando los efectos nocivos que sobre nosotros tiene, no sólo ayuda a establecer ciertos límites absolutamente necesarios para lograr un equilibrio benefactor, sino que además, conlleva, en sí mismo, un ejercicio de humildad, que nos enseña a comprender la poca importancia real que tenemos, como seres humanos, simplemente.
De modo que en estos momentos, el valor que concedamos a las cosas mundanas depende, en exclusiva, del que en nuestra preciosa y precisa soledad, les queramos dar y ese ambiente, francamente tóxico, en el que se nos obliga a movernos en este mundo globalizado que nos maneja como a marionetas y nos lleva de un lado a otro, según soplen los vientos, cerrar los ojos y mirar solamente hacia adentro, puede convertirse en un tesoro impagable que supera con creces todos los placeres que pueda aportarnos la más grande de las fortunas materiales que manejan, esos a los que la ambición, no concede jamás un minuto de aliento.
Si quieren probar, la gratuidad de la experiencia no la hace menos gratificante y conciliadora y ya les digo yo, que merece la pena deshacerse de vez en cuando de lo amargo, para sumergirse en los mares cálidos de la quietud personal, aunque sólo sea  para reafirmar querencias y recuerdos.
Mientras las tormentas, los aguaceros y las granizadas azotan a una gran parte del país, fastidiando profundamente a los amantes del calor y las playas y sobre todo, a las cosechas, los que aún permanecemos en nuestras respectivas localidades, contando con avidez, las horas que nos faltan para partir, buscamos fórmulas que nos permitan tolerar lo mejor posible, la lentitud del tiempo.
Yo me he decantado hoy por ésta, que he compartido con ustedes, siendo plenamente consciente de que quizá sólo les habré procurado aburrimiento.
Perdonen, pero los escritores somos proclives a dejar que la mente se nos escape, como si no formara parte de nuestros cuerpos y a ratos, sufrimos  estas crisis que normalmente se solucionan  por sí mismas, haciéndonos aterrizar, de bruces, a las pocas horas, otra vez, sobre el suelo.


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