A
estas alturas del verano y aunque este año ha sido muy especial en muchas cosas y no sólo
en la climatología, los ciudadanos estamos, en general, en ese punto que oscila
entre la euforia y el agotamiento y los que no hemos tenido la suerte aún de
tomarnos un merecido descanso, sobre todo mental, para poner un poco de orden dentro
de nuestras desequilibradas cabezas, ansiamos desesperadamente que llegue el
día en el que cada uno con su bagaje, marchemos hacia otros horizontes en los
que disfrutar de la pereza no sea
considerado como un pecado, ni desconectar de los asuntos serios, como una despreocupación,
por nuestra parte, de los problemas que nos atañen a todos.
Somos
conscientes y de qué manera, de que la situación económica de la mayoría no
está como para tirar cohetes y también de que andamos metidos en un guirigay
fenomenal, con esto de que el nuevo Gobierno no cuente más que con 84 diputados
y necesite apoyos de grupos bien diversos para poder aprobar todo lo que en
justicia, debiera sernos devuelto, pero las fuerzas dan para lo que dan y todos
llegamos hasta dónde podemos, incapaces de seguir bregando con más sobresaltos,
del estilo de los que solemos conocer a diario a través de los medios de
comunicación y que nos hacen enfurecernos hasta la saciedad, provocándonos un estrés
casi crónico, que no nos dejan combatir, por la marcha habitual que últimamente
llevan los acontecimientos.
Hoy,
por ejemplo, Pedro Sánchez está compareciendo en una sesión del Congreso
anunciando medidas económicas que evidentemente nos interesan a todos, pero
sinceramente, me ha pillado en uno de esos días en que no me apetece nada hacer
cábalas sobre lo que pudiera suceder en el futuro que nos aguarda, así que me
siento ante el ordenador sin haberme parado, como suele ser habitual, a pensar
sobre lo que quiero escribir, prefiriendo que las palabras vayan fluyendo
laxamente y sin condicionamientos exteriores, porque una también, de vez en
cuando, necesita resetearse plácidamente en la soledad de la habitación e hilar
frases intrascendentes que sólo afectan
a su estado de ánimo y a esas pequeñas cosas que componen la rutina diaria, a
las que tan poca importancia solemos dar, pero que constituyen, en sí mismas,
los pilares de nuestras propias
historias.
No
hay ninguna, de las cada uno tenemos , que pueda considerarse banal, pues todas
ellas han ido poco a poco, forjando nuestro particular carácter y fortaleciendo
ese mundo interior que nos hace ser como somos, buenos o malos, según las
circunstancias, con nosotros mismos y con los demás, pero la mala costumbre,
muy extendida por esto de las prisas, de no pararnos a escuchar lo que los más cercanos
tratan de transmitir, nos roba la oportunidad de poder aprender sobre la
naturaleza de los seres humanos y la de enriquecernos abriendo la mente e
impregnándonos de las experiencias que otros vivieron, para hacernos, en
definitiva, mejores y más fuertes.
Así
que hoy me he concedido el inmenso placer de oír lo que se cocía a mi lado,
tomándome unas horas para vivir la calle sin prejuicios adquiridos y he vuelto,
francamente mucho más relajada y tajantemente dispuesta a no hacer mención en
este artículo, más que a las ilusiones que todos tenemos por volar, dentro de
unos días, aunque sólo sea con la imaginación, a otros sitios, donde otras
gentes, maravillosamente diversas, a las que ni siquiera conocemos, seguramente
nos aportarán un material impagable y humano que después, de vuelta a nuestros
orígenes, intentaremos aprovechar lo mejor que sepamos, para sacar, a pesar de
los malos momentos que nos aguarden, todo el jugo que podamos, a la vida.
Este
tránsito íntimo que hace fluir la alucinación de que la cruda realidad
cotidiana, puede hacerse desaparecer tomando distancia y minimizando los
efectos nocivos que sobre nosotros tiene, no sólo ayuda a establecer ciertos
límites absolutamente necesarios para lograr un equilibrio benefactor, sino que
además, conlleva, en sí mismo, un ejercicio de humildad, que nos enseña a
comprender la poca importancia real que tenemos, como seres humanos,
simplemente.
De
modo que en estos momentos, el valor que concedamos a las cosas mundanas
depende, en exclusiva, del que en nuestra preciosa y precisa soledad, les
queramos dar y ese ambiente, francamente tóxico, en el que se nos obliga a
movernos en este mundo globalizado que nos maneja como a marionetas y nos lleva
de un lado a otro, según soplen los vientos, cerrar los ojos y mirar solamente
hacia adentro, puede convertirse en un tesoro impagable que supera con creces
todos los placeres que pueda aportarnos la más grande de las fortunas
materiales que manejan, esos a los que la ambición, no concede jamás un minuto
de aliento.
Si
quieren probar, la gratuidad de la experiencia no la hace menos gratificante y
conciliadora y ya les digo yo, que merece la pena deshacerse de vez en cuando
de lo amargo, para sumergirse en los mares cálidos de la quietud personal, aunque
sólo sea para reafirmar querencias y
recuerdos.
Mientras
las tormentas, los aguaceros y las granizadas azotan a una gran parte del país,
fastidiando profundamente a los amantes del calor y las playas y sobre todo, a
las cosechas, los que aún permanecemos en nuestras respectivas localidades,
contando con avidez, las horas que nos faltan para partir, buscamos fórmulas
que nos permitan tolerar lo mejor posible, la lentitud del tiempo.
Yo
me he decantado hoy por ésta, que he compartido con ustedes, siendo plenamente
consciente de que quizá sólo les habré procurado aburrimiento.
Perdonen,
pero los escritores somos proclives a dejar que la mente se nos escape, como si
no formara parte de nuestros cuerpos y a ratos, sufrimos estas crisis que normalmente se solucionan por sí mismas, haciéndonos aterrizar, de
bruces, a las pocas horas, otra vez, sobre el suelo.

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