Terminadas
las votaciones de los militantes del PP y despejadas las incógnitas sobre
quiénes serían los vencedores y sobre todo los vencidos, Soraya Sainz de
Santamaría y Pablo Casado se han quedado el uno frente al otro, evidenciando
sus más que visibles diferencias y viéndose obligados a iniciar una carrera sin
retorno, para tratar de convencer a los compromisarios de que merece la pena
apoyar las candidaturas que representan y con ellas, unos programas que distan
mucho de parecerse, aunque ambos pertenezcan a un mismo Partido.
Esta
segunda vuelta, que roba todo el protagonismo que supuestamente se había ofrecido
a una militancia, cuya voz queda ahora totalmente anulada por la opinión de
estos compromisarios, todos ellos pertenecientes al aparato del Partido, podría,
sin embargo, cambiar sustancialmente las preferencias expresadas por la gente
en los comicios del pasado viernes, ofreciendo a Casado, que quedó en un
segundo puesto, por detrás de la ex Vicepresidenta, la oportunidad de
convertirse en el máximo representante de
la Formación conservadora y por ende, en candidato a la Presidencia del País,
cuando llegue el momento.
Aunque
ha sido Santamaría quién ha levantado mayor simpatía entre la gente de a pie,
quizá como compensación a la tenacidad demostrada en los momentos más difíciles,
en los que siempre ha dado la cara, en sustitución de un desaparecido Mariano Rajoy,
su mala gestión del asunto catalán y su manifiesta enemistad con el ala más recalcitrante
del PP y muy especialmente, con María Dolores de Cospedal y Margallo, podrían
propiciar que todos los apoyos con que contaban estos candidatos y los de
aquellos que permanecen fieles a las posiciones preconizadas por Aznar y Aguirre, se concentren a favor de
Casado, que no parece dispuesto, si finalmente resultara vencedor, a plegarse a
ninguna de las exigencias de los partidarios de su oponente.
Probablemente
por eso y porque Santamaría ya se ha pronunciado a favor de una candidatura
unitaria encabezada por ella misma, como ganadora de la primera vuelta, se
empieza a hablar, cada vez con más fuerza de que pudiera `producirse en breve
un cisma en el PP, pues se considera que Casado sería proclive a protagonizar
una derechización del Partido, que vuelva a traer al redil a todos aquellos que
lo abandonaron, francamente enojados por las políticas seguidas durante años
`por Rajoy y Santamaría, con las que en
numerosas ocasiones, han manifestado su descontento.
Así
que a los sectores más liberales, no les quedaría otro remedio que aceptar esta
regresión a tiempos pasados o abandonar las filas de la Formación, en la que
con toda seguridad serían relegados a lugares sin importancia en los que
perderían todos sus privilegios o quizá, una tercera opción que sería la de
incorporarse a las listas de Albert Rivera,
en las que seguramente serían recibidos de buen grado, pues traerían con ellos
los votos de aquellos que les apoyaron, haciendo crecer las expectativas de la Formación
naranja, considerablemente.
Mientras
este embrollo se aclara, los candidatos principales andan de acá para allá, frenéticamente
nerviosos e intentando hacer algo a lo que nunca estuvieron acostumbrados y que
no es otra cosa que practicar el arte de la negociación y tratan, a la
desesperada, de imponerse el uno sobre el otro, sabiendo que lo que se juega en
esta partida no es sólo un cargo de representación, sino la continuidad, como
tal, de todo el Partido y las líneas de actuación políticas a seguir, a partir de
ahora, de cara a las Elecciones generales que se celebrarán, como mucho, dentro
de sólo un par de años.
Así
que la regeneración de que tanto se viene hablando estos días no parece que
pueda llegar a ser efectiva de ninguna de las maneras, pues si vence Soraya,
significaría una continuidad con las propuestas ya conocidas que Rajoy llevaba
en cartera y si lo hace Casado, más que regeneración sería una vuelta al ideario
ultraconservador que defendiera Aznar cuando fue Presidente y que incluso se ha
ofrecido a apoyar, si llegado el caso, así se lo requirieran.
Cara
a cara, Santamaría y Casado, andan, como en el cuadro de Goya, a garrotazos,
con las piernas enterradas en el terreno pantanoso en el que se ha estado
moviendo su Partido y siendo tragados por él, sin que por el momento, haya
remedio.
La
enorme sombra de los fantasmas de la corrupción y la terrible lucha interna que
llevan años protagonizando las facciones conservadoras, acabarán por
tragárselos, sea quien sea el vencedor, para
beneficio de Ciudadanos. Y si no, al tiempo.

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