jueves, 14 de junio de 2018

Una lección de pundonor



A las siete de la tarde de ayer, Maxim Huerta, que había sido nombrado hace apenas una semana, Ministro de Cultura por Pedro Sánchez, presentaba su dimisión, sólo unas horas después  de que se publicara en la prensa que había tenido un problema con Hacienda, ofreciendo una lección de pundonor a todos aquellos que durante años, aún habiendo  sido imputados por gravísimos casos de corrupción, se habían aferrado a los cargos que ocupaban, hasta que la contundencia de los delitos de que se les acusaba y la presión popular, les había obligado a abandonar de mala manera y por supuesto, sin haber admitido jamás, la  verdad de los hechos.
Visiblemente emocionado y solo, ante unos medios, que por su profesión, está acostumbrado a manejar, Huerta anunciaba su marcha alegando que no deseaba en absoluto perjudicar el proyecto de Sánchez y declarándose un enamorado de la Cultura que sin embargo, podía comprender que  es absolutamente necesario retirarse a tiempo, a la vez que confesaba que desde hace ya muchos años sus cuentas con Hacienda están saldadas y que se había sentido como una víctima de la persecución de una jauría, en clara alusión a la ira demostrada  durante todo el día por líderes de PP y Ciudadanos, que reclamaban a Sánchez un cese fulminante que no llegó a producirse, afortunadamente.
Apenas una hora  después, José Girao, el que fuera Director del Museo de Arte Reina Sofía, era nombrado como sucesor del Ministro saliente, dejando la sensación de que las cosas habían empezado a cambiar, pues el problema quedaba resuelto, en menos de veinticuatro horas.
No obstante, esto no pareció ser  suficiente para los representantes del PP y a primera hora de la noche, Rafael Hernando, al que todos conocemos por la virulencia de sus intervenciones, cuando se trata de criticar las posturas de sus adversarios políticos, amenazaba con llevar a cabo una profunda investigación sobre el resto de los miembros del  nuevo Gobierno, insinuando, cuando existen tantos motivos para callar, que Podría no ser Huerta el único que tuviera que marcharse apresuradamente y achacando a la urgencia de Sánchez por llegar al poder, la elección de estos Ministros, a los que directamente se refirió, con un más que evidente desprecio.
Por supuesto, obvió hacer mención a la sentencia de la rama de la Gurtel valenciana, conocida en la víspera y que considera probada la financiación ilegal del Partido al que pertenece en aquella Autonomía, fehacientemente.
Es verdad que ayer mismo, desde estas páginas, nos apresurábamos a pedir la dimisión de Huerta, como algo imprescindible, para que el gobierno pudiera conservar su pretendida imagen de limpieza, pero la velocidad con que se sucedieron los hechos y la dignidad con la que el ya ex Ministro se retiraba, sin hacer siquiera el intento de defender su inocencia, nos inclinaron a pensar que los tiempos que hemos empezado a vivir nada tendrán que ver con los que hemos soportado en nuestro pasado reciente, lo que nos lleva a conservar la esperanza de que todo puede cambiar, si arbitran los medios precisos, para poder hacerlo.
No tiene Hernando, autoridad moral para dar lecciones de ética a nadie, si se tienen en cuenta las situaciones que hemos vivido a través de los medios, con todos y cada uno de los acusados o imputados por delitos monetarios, a lo largo de muchos años y en todos los rincones de este país, por lo que el ataque frontal emprendido ayer contra Sánchez, por este defensor de causas indefendibles, que después han sido directamente catalogadas por la justicia resultó ser inadmisible y menos aún, para exigir dimisiones a nadie, en vista de que esa palabra no ha tenido jamás cabida en el diccionario manejado por el PP y por él mismo, durante todos los años que han permanecido en el poder.
La rabia por haberlo perdido, de la manera que lo han hecho, es tan evidente, que la sensación de no poder soportar lo que les está ocurriendo, se manifiesta en cada palabra, de cada frase, que han estado saliendo de sus labios, en los últimos días, sin pararse a pensar que con la historia que traen detrás, se rompen en mil pedazos, todos sus argumentos.
Harían muy bien Hernando y sus correligionarios en centrar exclusivamente su atención en estos momentos, en la terrible guerra de sucesión que tienen abierta en su propio Partido y en tratar de enderezar, si es que fuera posible, la mala imagen y el horrible sabor de boca que ha dejado en los ciudadanos su paso por el poder, dando por sentado que su credibilidad ha quedado, para mucho tiempo, reducida a cenizas y que sus intervenciones ante los medios no pueden, sino mover a hilaridad, sobre todo si uno se para a comparar la naturaleza de unos y otros comportamientos.
Nada hay peor que no saber aceptar una derrota, sobre todo cuando uno se niega a tomar nota de sus errores, cometiendo la imperdonable torpeza de exigir a otros, lo que nunca fue capaz de hacer, al encontrarse en situaciones parecidas, en similares  momentos,

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