Se estrena Pedro Sánchez, como nuevo Presidente del Gobierno,
recibiendo en las escaleras de Moncloa
al Presidente de Ucrania, Petró Poroshenko , mientras continúa meditando el
reparto de carteras entre quiénes formarán parte del Ejecutivo que está apunto
de crear y para el que ya se ha barajado un amplio abanico de nombres, que no
se sabe si coincidirán o no, con quiénes serán finalmente los elegidos.
A última hora de la tarde de ayer saltaba el nombre de Josep
Borrell, para el Ministerio de Exteriores y se daba casi por sentado que su
nombramiento era un hecho, cuestión que contentaba en gran medida a la
militancia socialista, por el apoyo incondicional que este personaje mantuvo
hacia Sánchez, en los que fueron sus peores momentos, pero que enojaba
monumentalmente a los líderes del independentismo catalán, incluido Puigdemont,
por la defensa a ultranza que Borell ha mantenido sobre la unidad nacional,
participando, incluso, en actos convocados por la Sociedad Civil Catalana,
junto a Vargas Llosa y Rivera.
Sin embargo, todo parece indicar que el Presidente se
decantará por un Gabinete conciliador
que termine de coser las heridas aún abiertas en su propio Partido y en el que
tendrán cabida todas las corrientes internas que se mueven en el PSOE, para
empezar el duro camino que le espera,
asegurándose un apoyo incondicional alrededor de su liderazgo, que evite
futuras fisuras que pudieran desestabilizar las medidas que tiene en mente.
Entretanto, Mariano Rajoy acaba de dirigirse a los miembros
del Comité ejecutivo del PP, que esperaban con expectación su intervención con
todas las incógnitas abiertas, asegurando, tras un discurso sin un solo atisbo
de autocrítica y en el que ha enumerado uno por uno los supuestos logros
conseguidos, según él mismo, durante los años de su mandato, que ha llegado el
momento de cerrar esta etapa de la que ha sido el principal protagonista y de
abrir otra nueva, en beneficio del Partido que hasta ahora preside y en el suyo
propio, anunciando la convocatoria de un Congreso Nacional, en el que se
elegirá a su sucesor, sin aclarar si se hará por primarias, o por designación
personal, como ha sido tradicional en el PP, desde siempre.
La imprescindible regeneración del Partido conservador ha
primado sobre la inmensa carga que sin duda,
ha debido llevar sobre sus hombros durante la Moción de Censura, el ya
ex Presidente y las presiones ejercidas por sus propios compañeros y sobre
todo, lo que pueda acarrearle el futuro en múltiples asuntos relacionados con
la corrupción, que se irán aclarando a lo largo del tiempo, han decantado la
balanza hacia la única salida que le quedaba a este Rajoy, cautivo y desarmado,
por la unidad de una oposición, dispuesta a llegar hasta donde haga falta, para
asegurarse plenamente de haberle convertido en un cadáver político.
Apesadumbrado y nervioso, pero sin dar un solo paso atrás en
la defensa de la infumable inocencia de su Formación y de él mismo, en los
múltiples frentes que tienen abiertos, este flemático y oscuro ex Presidente,
ha hecho lo único que podía hacer, ofrecerse a permanecer en el cargo que ocupa, hasta que sea elegido su sucesor,
seguramente en unos meses.
Habiendo tenido que soportar, desde que perdiera la Moción de
censura, el run run incesante de voces “amigas” que le acusaban directamente de
esta bochornosa pérdida del poder, Mariano Rajoy ha debido recordar,
obligatoriamente, las imágenes de todos y cada uno de los que fueran sus
compañeros y que después se vieron implicados en algún caso de flagrante corrupción,
a los que inmediatamente se convirtió en innombrables y a los que se abandonó a
su suerte, en la más absoluta soledad, comparándoles, evidentemente, con lo que
pudiera sucederle a el mismo.
No podía pues, tomar otro camino que el de renunciar, antes
de ser masacrado, buscar la salida menos nociva para su propia imagen como
persona y como líder, antes de que se abriera la veda para su acoso y derribo,
que ya se estaba organizando en determinados sectores conservadores, como de
todos es sabido.
Tras su apresurada marcha, ya lo quedaban a Rajoy, argumentos
y el modo en que ha sido despeñado por el barranco de la indignidad, por una izquierda que por primera vez
en la Historia, se ha unido sin fisuras, para tal fin, ha sido el motor que ha
conseguido poner en marcha la quietud natural de su pensamiento, aconsejándole
una renuncia que seguramente, ni
siquiera hubiera valorado, hace apenas unas semanas.
Sin aclarar si piensa dimitir también de su escaño en el
Congreso, lo que le dejaría sin inmunidad, frente a una posible acción de la
justicia, Rajoy ha dicho adiós, sin demasiados aspavientos. Nunca tuvo el
carisma necesario para protagonizar escenas dramáticas, ni tampoco memoria para
recordar, sin la ayuda de papeles, los
textos de los discursos decimonónicos, con que nos obsequiaba en el Parlamento.
La batalla que se abre para la sucesión, promete ser cruenta.
Hay en el Partido Popular, demasiados “patriotas” ambiciosos, ávidos de alcanzar
el poder y pocos políticos de raza de los que consideran esta profesión como
una forma de servicio real a la voluntad de los pueblos.

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