martes, 5 de junio de 2018

Cautivo y desarmado



Se estrena Pedro Sánchez, como nuevo Presidente del Gobierno,  recibiendo en las escaleras de Moncloa al Presidente de Ucrania, Petró Poroshenko , mientras continúa meditando el reparto de carteras entre quiénes formarán parte del Ejecutivo que está apunto de crear y para el que ya se ha barajado un amplio abanico de nombres, que no se sabe si coincidirán o no, con quiénes serán finalmente los elegidos.
A última hora de la tarde de ayer saltaba el nombre de Josep Borrell, para el Ministerio de Exteriores y se daba casi por sentado que su nombramiento era un hecho, cuestión que contentaba en gran medida a la militancia socialista, por el apoyo incondicional que este personaje mantuvo hacia Sánchez, en los que fueron sus peores momentos, pero que enojaba monumentalmente a los líderes del independentismo catalán, incluido Puigdemont, por la defensa a ultranza que Borell ha mantenido sobre la unidad nacional, participando, incluso, en actos convocados por la Sociedad Civil Catalana, junto a Vargas Llosa y Rivera.
Sin embargo, todo parece indicar que el Presidente se decantará por  un Gabinete conciliador que termine de coser las heridas aún abiertas en su propio Partido y en el que tendrán cabida todas las corrientes internas que se mueven en el PSOE, para empezar  el duro camino que le espera, asegurándose un apoyo incondicional alrededor de su liderazgo, que evite futuras fisuras que pudieran desestabilizar las medidas que tiene en mente.
Entretanto, Mariano Rajoy acaba de dirigirse a los miembros del Comité ejecutivo del PP, que esperaban con expectación su intervención con todas las incógnitas abiertas, asegurando, tras un discurso sin un solo atisbo de autocrítica y en el que ha enumerado uno por uno los supuestos logros conseguidos, según él mismo, durante los años de su mandato, que ha llegado el momento de cerrar esta etapa de la que ha sido el principal protagonista y de abrir otra nueva, en beneficio del Partido que hasta ahora preside y en el suyo propio, anunciando la convocatoria de un Congreso Nacional, en el que se elegirá a su sucesor, sin aclarar si se hará por primarias, o por designación personal, como ha sido tradicional en el PP, desde siempre.
La imprescindible regeneración del Partido conservador ha primado sobre la inmensa carga que sin duda,  ha debido llevar sobre sus hombros durante la Moción de Censura, el ya ex Presidente y las presiones ejercidas por sus propios compañeros y sobre todo, lo que pueda acarrearle el futuro en múltiples asuntos relacionados con la corrupción, que se irán aclarando a lo largo del tiempo, han decantado la balanza hacia la única salida que le quedaba a este Rajoy, cautivo y desarmado, por la unidad de una oposición, dispuesta a llegar hasta donde haga falta, para asegurarse plenamente de haberle convertido en un cadáver político.
Apesadumbrado y nervioso, pero sin dar un solo paso atrás en la defensa de la infumable inocencia de su Formación y de él mismo, en los múltiples frentes que tienen abiertos, este flemático y oscuro ex Presidente, ha hecho lo único que podía hacer, ofrecerse a permanecer en el cargo que  ocupa, hasta que sea elegido su sucesor, seguramente en unos meses.
Habiendo tenido que soportar, desde que perdiera la Moción de censura, el run run incesante de voces “amigas” que le acusaban directamente de esta bochornosa pérdida del poder, Mariano Rajoy ha debido recordar, obligatoriamente, las imágenes de todos y cada uno de los que fueran sus compañeros y que después se vieron implicados en algún caso de flagrante corrupción, a los que inmediatamente se convirtió en innombrables y a los que se abandonó a su suerte, en la más absoluta soledad, comparándoles, evidentemente, con lo que pudiera sucederle a el mismo.
No podía pues, tomar otro camino que el de renunciar, antes de ser masacrado, buscar la salida menos nociva para su propia imagen como persona y como líder, antes de que se abriera la veda para su acoso y derribo, que ya se estaba organizando en determinados sectores conservadores, como de todos es sabido.
Tras su apresurada marcha, ya lo quedaban a Rajoy, argumentos y el modo en que ha sido despeñado por el barranco de la  indignidad, por una izquierda que por primera vez en la Historia, se ha unido sin fisuras, para tal fin, ha sido el motor que ha conseguido poner en marcha la quietud natural de su pensamiento, aconsejándole una renuncia que  seguramente, ni siquiera hubiera valorado, hace apenas unas semanas.
Sin aclarar si piensa dimitir también de su escaño en el Congreso, lo que le dejaría sin inmunidad, frente a una posible acción de la justicia, Rajoy ha dicho adiós, sin demasiados aspavientos. Nunca tuvo el carisma necesario para protagonizar escenas dramáticas, ni tampoco memoria para  recordar, sin la ayuda de papeles, los textos de los discursos decimonónicos, con que nos obsequiaba en el Parlamento.
La batalla que se abre para la sucesión, promete ser cruenta. Hay en el Partido Popular, demasiados “patriotas” ambiciosos, ávidos de alcanzar el poder y pocos políticos de raza de los que consideran esta profesión como una forma de servicio real a la voluntad de los pueblos.



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