Tras la victoria obtenida por Pedro Sánchez en la Moción de
Censura y habiendo sido nombrado ya nuevo Presidente de nuestro País, se impone
reflexionar sobre lo ocurrido en el Parlamento durante los últimos días y
estudiar minuciosamente el papel que ha correspondido a cada cuál, en esta jugada maestra llevada a cabo con tal
premura y discreción, que no ha dado tiempo a los oponentes para preparar un
contrataque que de otro modo, hubiera sido sin lugar a dudas, mucho más
contundente.
Los ciudadanos hemos percibido este corto lapso de tiempo,
como el argumento de una de esas películas sobre la política americana, en la
que todos los personajes llevan a cabo un cometido minuciosamente estudiado de
manera absolutamente implacable y en las que el factor sorpresa constituye una
baza esencial para que todos los engranajes funcionen a la perfección, sin
errores que puedan desviar la trayectoria marcada con anterioridad, de manera
coordinada y escrupulosa y en las que
siempre acaba triunfando el plan fraguado por los protagonistas, que suelen
ser, como no podía ser de otra manera, los defensores de la honestidad y la
justicia.
Dicen por ahí, que la intervención de Pablo Iglesias ante los
medios, apenas unos minutos después de conocerse la sentencia de la Gurtel, fue
el detonante que alertó a los socialistas de que les había llegado una
oportunidad de oro que no podían permitirse desaprovechar, para hacerse con el
poder y que hubo, desde el primer momento, contactos privados entre los líderes
de las dos Formaciones principales de la izquierda, que decidieron ponerse
inmediatamente en marcha, asumiendo conjuntamente, pero a la vez, por separado,
la difícil misión de recabar, apresuradamente y con una reserva inquebrantable,
los apoyos precisos para que el ataque emprendido contra Rajoy pudiera salir
adelante, aunque resultaba imprescindible, el factor tiempo.
Era, absolutamente indispensable adelantarse a cualquier
oferta que pudiera presentar Ciudadanos, que se suponía que empezaría por exigir la
dimisión de Rajoy, como ya había hecho otras veces, como por ejemplo en el caso
de Murcia y no quedaba otro remedio que hacerlo, porque a Rivera le convenía
especialmente propiciar un adelanto electoral, que según los resultados de las
encuestas, le colocaban como ganador, a causa del terremoto que había propiciado
su Partido, en el conflicto catalán, con la victoria de Inés Arrimadas, frente
al estrepitoso fracaso de los populares, en este territorio en concreto.
Así que los socialistas se activaron y presentaron la Moción
poco después de las ocho de la mañana del siguiente día, tomando por sorpresa a
los de Rivera, que como se calculaba, ya habían pergeñado otro plan, que pasaba
necesariamente por la sustitución de Rajoy por un líder independiente, pero que
apoyaba tácitamente la permanencia de los populares en el poder, exigiendo la inmediata
convocatoria de nuevos comicios.
Quizá porque no esperaban la reacción que había tenido
Sánchez a horas tan tempranas, su intervención ante la prensa estuvo llena de
errores de bulto que más que demostrar un desconocimiento de las normas, señalaban
abiertamente un nerviosismo demoledor, aunque les quedaba, como a los
populares, la gran esperanza de que el PNV, que acababa de aprobar los presupuestos
generales junto a ellos y los conservadores, justo el día anterior, se
colocaran de su lado, por lo que se atrevieron a calificar la Moción, de
sencillamente, inviable.
Contaban además, con que los nacionalistas catalanes no
serían capaces de perdonar a Sánchez su apoyo a la aplicación del 155, tras los
sucesos ocurridos tras el 1 de Octubre y la aparente tranquilidad de Rajoy,
contribuyó en gran manera, a cimentar una premisa que se dio por hecha, sin
esperar que la reacción de los nacionalistas catalanes y vascos, pudiera ser
otra distinta, tras estudiar el caso en profundidad, como hubiera sido de recibo, en un asunto de
tal envergadura.
Cuentan, que fueron los de Iglesias
los encargados de negociar con ellos, pues su postura de neutralidad durante el
conflicto les eximía de cualquier tipo de culpa y los que acercándose primero a
los de Esquerra Republicana, por una mera cuestión
de afinidad ideológica, les convencieron de la necesidad de atraer a sus socios
del PdeCat, con el argumento de que una posible victoria de Rivera en unas
Generales, no podría, sino empeorar gravemente las relaciones con el Estado
español, a tenor de lo manifestado por el líder de la Formación naranja, sobre
la tibieza con que Rajoy, estaba acometiendo el problema.
Ganado el apoyo de los catalanes, al
PNV, no le quedaba más remedio que hacer una elección crucial que era esperada
con auténtica expectación en su territorio, por la importancia que conllevaba,
en sí misma y no hubo más que recordarle que Podemos ya había logrado
derrotarles con cierta amplitud y que los movimientos de pensionistas y mujeres
que habían tenido lugar, en los últimos meses en las calles, jamás perdonarían
un posicionamiento a favor de quienes consideraban culpables, de las
injusticias que se estaban cometiendo.
Con todo asegurado, al PSOE no le
quedó más que admitir que respetarían los presupuestos generales aprobados junto
al PP y prometer que abriría una ruta de negociación, lejos de las vías
judiciales en Catalunya y el pacto, que parecía imposible en principio, quedó
sellado y rubricado, aunque todo se mantuvo en el más estricto secreto, hasta
el mismo día de la votación, por razones más que evidentes.
El error de cálculo de Rivera, que
debió al menos contemplar la abstención, como un camino intermedio que no le
señalara como el único responsable de intentar mantener en el poder a un
Partido manchado por un gravísimo caso de corrupción, le dejó finalmente sólo
en la votación, junto a los integrantes de las filas populares, convirtiéndole,
en gran medida, en cómplice de quiénes estaban a punto de caer, empujados por
la fuerza de la cohesión de una oposición de pensamientos diversos, que había
conseguido alcanzar un consenso que le dejaba fuera de escena y que demostraba
fehacientemente que había sido víctima de su enorme ambición, a los ojos de
todos los ciudadanos, independientemente de su origen.
No hizo falta, más que fijarse
atentamente en el rostro de Rivera cuando bajaba desde su escaño, mientras el
resto de la Cámara vitoreaba a Sánchez, por la victoria conseguida, para darse
cuenta de que había sido, muy a su pesar, el gran perdedor de la partida y de
que todos sus planes, pensados exclusivamente para colmar su infinita ambición,
se acababan de hacer pedazos, destrozados por un personaje al que nunca
concedió importancia, quizá por considerarle inferior, en cuestión de locuacidad
y carisma.
Le costó, Dios y ayuda, acercarse a
tenderle la mano para felicitarle por su triunfo y la desgana con que lo hizo y
el color de la mirada que le dirigió, hablaron por sí mismas, sin que hiciera
falta a ninguno de los que contemplábamos la escena, dudar de la clase de
pensamientos que le estaban cruzando, en ese momento, por la mente.
Se le acababa de escapar la
oportunidad de su vida, la ocasión de continuar radicalizando el problema catalán
y la posibilidad de ser él quién acabara
por echar a Rajoy, cuando creyera llegado el momento de aparecer como un nuevo
salvador de esa Patria que se ha estado inventando, a su imagen y semejanza, desde hace tantos
meses.
Se esfumaba, la ilusión de entrar en Moncloa por la puerta
grande, vitoreado por las multitudes como el nuevo líder de la derecha española
y el posible orgullo de arrasar en unas elecciones que durante tanto tiempo ha
estado diseñando, para su propio y personal lucimiento.
Derrotado por sus peores enemigos,
sin poder creer que la izquierda hubiera conseguido unirse, por primera vez en
la Historia y sobre todo, lamentando no haber sido capaz de prever lo que podía
pasar, su propia frustración, su ira contenida y la magnitud de su fracaso,
quedaron patentes en la primera de sus intervenciones, en la que utilizó sin
medida, la amenaza y el miedo, para dirigirse a un ciudadanía, que celebraba
sin quererle oír, el triunfo de la Democracia, en su estado más puro.
Ni siquiera el Presidente saliente
tuvo una reacción tan adversa, lo que puede ofrecer una idea bastante aproximada de cómo es
realmente Albert Rivera. De repente, se le han caído todas las caretas.

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