Mientras Pedro Sánchez
reflexiona sobre quiénes formarán su nuevo Gobierno y PP y Ciudadanos se revuelven
sobre lo que les ha ocurrido inesperadamente, la gente de a pie, hace un
esfuerzo por recuperar una esperanza que desde hace algún tiempo
había dado casi por perdida y se nota en sus ojos, un tinte de ilusión que manifiesta
su apoyo tácito a la apresurada salida que ha protagonizado Rajoy y que otorga
un voto de confianza a este Gobierno en minoría, al que espera una etapa ciertamente
difícil.
No se resignan las derechas al hecho de haber perdido un
poder en el que esperaban perpetuarse durante muchos años, ya fuera la vieja
capitaneada por Rajoy o la nueva liderada por Albert Rivera y menos aún a tener
que pasar la vergüenza de que el PP haya sido expulsado por los mo
tivos que
todos conocemos, a pesar de que para el
País, resulta ser verdaderamente importante que se haga patente la intolerancia
contra la corrupción y que haya quedado manifiestamente claro que todos los
políticos están obligados a asumir las responsabilidades que les correspondieran
y no sólo en este asunto del que ahora hablamos, sino de forma continuada e
inquebrantablemente.
Pero admitir una derrota de tal magnitud no ha de ser fácil
ni para Rajoy ni para Rivera y la
debilidad numérica con la que contará a partir de ahora el Gobierno de Sánchez,
ha propiciado que se pongan inmediatamente en marcha los mecanismos de una
oposición que promete ser feroz y demoledora, desde el primer momento, por lo
que ya se habla de la inminente posibilidad de poner trabas a los Presupuestos
aprobados por ellos mismos en el Senado y no sólo porque en esta Cámara cuentan con mayoría absoluta,
sino también como una forma de castigo inmediato a lo que consideran como una
traición del PNV, que la semana pasada, los había votado junto a ellos.
Así que en cuanto se conozca la composición del nuevo
Gobierno, Sánchez habrá de enfrentarse ineludiblemente a su primer desafío y no
sería de extrañar que lo perdiera, por lo que habría de conformarse con manejar
los presupuestos del año anterior, al menos, hasta que sea capaz de sacar
adelante los suyos propios, que seguramente volverán a contar con el apoyo de
los mismos que le auparon hasta la Presidencia.
Tiene esta derecha española, desde
siempre, una insaciable sed de venganza contra todos aquellos que por las
razones que fueren actúan en contra de sus opiniones o designios y que
permanece en ella, como un mal incurable que se perpetúa de generación en
generación, por mucho que evolucionen los tiempos, como si torcer su voluntad,
aunque sea de manera absolutamente legítima fuera una especie de pecado mortal
imperdonable, que no se expía jamás, ni se perdona y que parece haberse
contagiado, inexorablemente, también a esta nuevo conservadurismo que
capitaneado por Rivera, se ha abierto un hueco en la Sociedad, argumentando que
sus maneras nada tenían que ver con la de aquellos que ideológicamente les
antecedieron, pero cuyas actitudes reales,
contradicen sensiblemente ese discurso pacificador, demostrando fehacientemente
que en el fondo, son una copia bien maquillada de aquellos de los que reniegan.
Así que no habrá, para todos los que
el pasado Viernes celebraron en el Congreso el triunfo de la Moción de Censura,
ningún tipo de benevolencia, en ninguno de los asuntos que planteen y por ello,
resulta del todo imprescindible, mantener una férrea unidad que aunque en
principio fue concebida con el único fin de apartar al PP del Gobierno, habrá
de fortificarse, si se quieren lograr determinados objetivos de progreso, sin
dejarse amilanar ni por las amenazas que se verterán continuamente a partir de
ahora, ni por supuesto, por el consabido y recurrente mensaje del miedo.
Para que este gobierno camine y pueda
responder a los ciudadanos de la manera que ellos esperan, la lucha no tendrá
más remedio que ser todo lo cruda y cruenta que exijan las circunstancias, en
cada momento futuro y a Sánchez le va a tocar asumir el papel de un Presidente implacable,
que controle, milimétricamente, los movimientos de una oposición que herida por
un sentimiento de rencor, que hará todo cuánto esté en su mano por apartarle
del poder lo antes que pueda, recordándole, cada vez que cometa un error, la
imprescindible urgencia de convocar nuevas elecciones, en las que poder medir
fuerzas de igual a igual y partiendo de cero.
Pero unos nuevos Comicios no podrán
borrar de la memoria de la gente lo que ha ocurrido en el pasado, ni tampoco,
las posturas que adoptaron cada uno de los Partidos, cuando el hecho de que
Rajoy continuara ostentando el poder, se convirtió en una misión imposible.
Así que otorgar a Sánchez la
oportunidad de despegar y de intentar solucionar determinados asuntos que han
permanecido enquistados durante demasiado tiempo, se convierte ahora, casi en
una ineludible obligación, pues no podemos olvidar que ha llegado a la Moncloa,
legítimamente.
Hablar, como han hecho algunos
radicales de golpes de estado o sugerir que su jugada ha rozado los límites de
la ética, como si presentar una Moción no estuviera recogido en la Constitución
por la que nos regimos, hasta el momento, todos los españoles, no es más, que
una prueba irrefutable de que la derecha nunca supo perder y que para muchos de
sus líderes, ni siquiera tendría sentido continuar en el ejercicio de la
política, si no hay por medio un cargo que les sustente.
Resulta pues fundamental, observar cómo
se comporta cada uno en este periodo incierto que se abre ante nuestros ojos y
en el que mucha gente ha puesto su confianza, sinceramente.
Observar y recordar, para que cuando
llegue el momento de decidir a quiénes otorgar nuestra confianza, sea cuando
fuere, sepamos sencillamente, a qué atenernos.
Por si algunos lo han olvidado, ese
poder apetecible que todos quieren ganar, lo otorgamos nosotros, a través de
las urnas y es nuestra voluntad y no la suya, la que finalmente quita y pone Presidentes.
Los últimos años de nuestras vidas,
no han constituido, en absoluto, un camino de rosas, sino más bien un calvario
que nos hemos visto obligados a recorrer, a golpe de Decreto, de la mano de
quién ahora se lamenta de la forma en que se ha visto obligado a dejar un cargo
que desde hace tiempo, no merecía.
Tampoco es buena la ansiedad. Un buen
político, ha de contar, imprescindiblemente, con grandes dosis de paciencia.

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