Todo el mundo esperaba
con expectación la presentación de un libro de José María Aznar, ayer por la
tarde, sobre todo porque se daba por seguro que no se callaría su opinión sobre
lo ocurrido tras la Moción de Censura y la marcha de Mariano Rajoy, que había acontecido
por la mañana, en la certeza de que no le dolerían prendas en hacer una
durísima crítica a la gestión llevada a cabo por el ex Presidente, del que le
separa, desde hace años, una enemistad manifiesta.
Una nube de periodistas que aguardaban la entrada en el acto
del ex Presidente, se llevaron una enorme decepción al comprobar que su acceso
al recinto se había producido por alguna otra parte y sólo cuando estuvo
sentado en la mesa, flanqueado por el impenitente Manuel Vidal, Aznar se decidió,
según él, como respuesta a la reclamación generalizada que desde los medios se
le hacía, a emitir su dictamen, sobre lo ocurrido con el Partido Popular y no
sólo en estas últimas semanas que han propiciado su hundimiento.
Comenzó su intervención, con una sorprendente declaración de principios, en la que aseguró no
ser militante de ninguna Formación y no sentirse representado por nadie, en
estos momentos y bajo esa premisa, de sus labios comenzaron a surgir, ante el
asombro de los asistentes al acto, una serie de afirmaciones pronunciadas en un
tono de altivez que sobrepasaron, ya desde el principio, todos los límites
naturales y que dieron la impresión de que nos encontrábamos, más que frente a
un político retirado, frente a una especie de elegido por Dios, que desde la infalibilidad, trataba de establecer como
dogmas sus opiniones, mostrando un absoluto desprecio por las de los demás, que
no se molestó en ocultar en todo el tiempo que duró su discurso, perverso y denso.
Aseguró, que tal y como él mismo había vaticinado hace ya varios
años, los problemas de los españoles habían ido enquistándose peligrosamente
durante el tiempo que Mariano Rajoy, cuyo nombre no pronunció en ningún
momento, había estado al frente de la Gestión del Estado, llegando a decir que
en Catalunya se había producido un golpe de Estado al que no se había respondido
adecuadamente y que el nuevo President de la Generalitat, no era más que un
ejecutor en funciones de quiénes lo perpetraron, cuestionando claramente la
legalidad de su nombramiento y por supuesto, la de todos los Consellers que
formaban su nuevo Gobierno.
La gravedad de sus afirmaciones, confirmaron la repugnancia
personal que el ex Presidente debe sentir por este tema y sobre todo, su
impotencia por no haber podido, desde su posición actual, endurecer en grado
superlativo, las medidas tomadas por el Ejecutivo de Rajoy, al que tácitamente
consideró ineficaz e irresponsable en su intento fallido de solucionar el conflicto,
atreviéndose a decir que el movimiento independentista no había sido aún desarticulado,
como si de un comando terrorista se tratara, quizá traicionado por su subconsciente.
En este mismo tono se refirió, utilizando el mismo término, a
la desarticulación de la derecha española, haciendo alusión, sin nombrarlo, a
la aparición de Ciudadanos en escena y a la cada vez más patente debilidad del
Partido del que aún es Presidente honorífico y cuando todos esperábamos que se
extendiera en la explicación sobre los motivos que habían llevado a tal
desmembración, víctima de su propia egolatría, se ofreció abiertamente a reagrupar
al rebaño desperdigado, insinuando, incluso gestualmente, que sólo él, estaría
capacitado para tal fin, ofreciendo una imagen que recordó peligrosamente a la
que suelen ofrecer todos los dictadores que hemos conocido a lo largo del
tiempo.
Después vinieron los reproches a los populares por su
tolerancia con una Corrupción, que en gran parte se gestó y comenzó a
producirse mientras él era Presidente y
culpó, directamente y sin medias tintas a los que fueran sus compañeros y
especialmente a quien él mismo designó como su sucesor, de haber sido excesivamente
tolerantes con lo que calificó como un cáncer para la política, asegurando que
él siempre había asumido sus responsabilidades, desde la primera, hasta la última,
advirtiendo muy seriamente que no pensaba consentir, a nadie, que se atreviera
a manchar ni su imagen, ni su prestigio.
Estos párrafos, resonaron con gran estruendo en los oídos de
los ciudadanos, que aún esperan sin resultado, que Aznar se disculpe por su
apoyo a la Guerra de Irak, como ya hicieran Bush y Blair, hace demasiado tiempo,
o que ofrezca, por poner otro ejemplo de libro, una explicación a los familiares de los
fallecidos en el accidente del Yak 42, que por cierto, se han topado esta semana
con la desagradable noticia de la aparición de una pierna que perteneció a
alguno de sus allegados, en este triste episodio de nuestra historia, por el
que jamás les pidió perdón el ex Presidente.
Curiosamente, obvió hacer referencia al hecho de que sólo uno
de sus ministros no ha sido aún imputado por la justicia, por algún delito
económico, quizá porque admitirlo hubiera sido abrir un frente que hubiera
podido salpicarle directamente.
También nos hubiera gustado, en gran medida, que Aznar reconociera
ante nosotros su apoyo real a la burbuja inmobiliaria que se gestó durante sus
años de mandato y que le ayudó a acuñar la ya famosa frase de “España va bien”,
que tanto le gustaba pronunciar en unos mítines, de cuya financiación no que más remedio que empezar a dudar, visto lo
visto y con la sentencia del caso Gurtel, en la mano, como sin duda, todos
conocemos.
Así que ese catastrofismo inaceptable que inundó de
nubarrones negros su discurso en la tarde de ayer y esa arrogancia al intentar
por todos los medios y aupado en la soberbia, quedar limpio de polvo y paja,
ante la sociedad, ofreciéndose como Salvador de una Patria, a la que no
demuestra ningún respeto, al despreciar la diversidad de ideologías, quedó inmediatamente
anulado por la propia naturaleza de su intervención y por la intolerancia de su
pensamiento.
Los españoles no necesitamos que nadie nos rescate. Lo
hacemos solos, legítimamente, a través de nuestros representantes elegidos, en
el Congreso.
Flaco favor hace este líder, cuya obsolescencia manifiesta,
le hace caminar por la inestable línea de lo ridículo, a este Partido Popular, que
en otro momento fuera el suyo, en estas horas de oscuridad y tensión, en las
que quizá esperarían, de su Presidente de honor, un trato menos vejatorio que
el recibido y un poco más de apoyo y
comprensión, para poder soportar medianamente, la contundencia de su
estrepitoso fracaso.
Afortunadamente, todos conocemos a Aznar y albergar la
esperanza de que el paso de los años, hubiera podido suavizar los matices
autoritarios que siempre le caracterizaron y que muchos sufrieron
personalmente, no es más que una inalcanzable utopía. Y más, cuando la gravedad
de los acontecimientos ocurridos, seguramente han despertado la bestia negra
que siempre llevó dentro.

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