martes, 26 de junio de 2018

El caso de los niños robados




Habría que retroceder hasta los años 60 y 70 del pasado siglo, para entender estos rocambolescos episodios que sucedieron con total impunidad en nuestro país y sin demasiadas reservas ante los ojos de los ciudadanos y aunque jamás puedan justificarse los gravísimos casos de secuestros de bebés que ocurrieron entonces, el contexto histórico y las circunstancias personales de los protagonistas principales de los sucesos, quizá consigan aclarar cómo, cuándo y por qué fueron posibles estos hechos delictivos, que hasta el día de hoy,  en que se juzga por primera vez uno de ellos, han permanecido en una especie de estado de letargo, a pesar de la larga y durísima lucha que han estado llevando a cabo, muchos de los progenitores de aquellos niños desaparecidos.
En la época de la que hablamos, la situación de la sociedad española era, desafortunadamente, bien distinta a la de ahora y aún en las postrimerías de la dictadura y en los primeros años de la Transición, la formación de la gente de clase media o baja, se reducía, en el mejor de los casos, a la cultura general que se había venido ofreciendo en las escuelas franquistas y sólo en algunos casos excepcionales, algunos, fundamentalmente hombres llegaban a la Universidad, constituyendo un hito, para ellos mismos y un orgullo sin parangón, para las familias de las que procedían.
Los jóvenes de entonces, luchaban denodadamente por ganarse la vida y se desvivían por conseguir cuánto antes, dejar de ser una carga para sus progenitores, por lo que, en  la mayoría de los matrimonios celebrados, la edad de los contrayentes se situaba entre los veinte y veinticinco años y los primeros hijos solían venir al mundo, casi siempre, doce o trece meses después, dando comienzo a una nueva familia.
Muy influidos por las opiniones de sus mayores, que deseaban ardientemente una vida mejor para sus hijos y teniendo en cuenta el  caótico escenario que representaba la Seguridad Social en aquellos momentos, muchas de estas parejas jóvenes, optaron, cuando su economía se lo permitía, por acudir a Ginecólogos privados que gozaban de alguna fama entre su anterior clientela y que se encargaban de atender el embarazo de las madres, siempre recomendando que el alumbramiento se produjera en alguna Clínica particular, en la que ellos habían realizado sus carreras y en las que contaban con una serie de profesionales, generalmente, monjas y enfermeras, con los que habían colaborado durante toda la vida.
Así que teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de estos médicos pertenecían a familia  de clase alta y por lo general, adeptas a un Régimen, que había sobrevivido durante más de cuarenta años, en clara connivencia con los representantes de la Iglesia Católica, pergeñar un plan, para convencer a determinadas parejas de que sus hijos habían nacido muertos y ofrecer a esas criaturas a matrimonios pudientes, pertenecientes a su propio entorno, que no habían conseguido tener descendencia, se convirtió en una realidad cuasi cotidiana, teniendo en cuenta que el entorno en que se movían, se podría calificar como una especie de burbuja inexpugnable, a la que nadie podía tener acceso.
Para ello, no había más que congelar a los bebés que realmente fallecían en el parto y mostrárselos a los padres a los que se robaba los recién nacidos, sólo en el caso de que el consejo de los encargados de cuidarlos, en su peor momento de dolor, alegando que era mejor para ellos no almacenar en la memoria la imagen de su hijo muerto, fallara y las parejas exigieran, con todo el derecho que les asistía, que se les mostrara el cadáver, antes de que se procediera a su entierro.
De este modo y con el más absoluto hermetismo, se montó un negocio redondo en el que miles de niños fueron sustraídos  a sus familias naturales y repartidos por toda nuestra geografía, por supuesto, a cambio de dinero y tuvieron que pasar muchos años, hasta que alguien, por circunstancias que no vienen al caso, decidió cambiar de ubicación los restos de sus allegados, encontrando, con estupefacción, que el pequeño ataúd en que suponían estaba el bebé que perdieron, estaba vacío.
 En ese momento, muchas de aquellas jóvenes madres recordaron las escenas que vivieron instantes antes de dar a luz, sin que nadie les advirtiera en ningún caso, que la vida de sus pequeños podían correr peligro y se percataron que también se daba la circunstancia de que todas ellas habían coincidido al elegir a los mismos médicos, en los mismos Centros Particulares, habiendo sido además, atendidas por el mismo personal sanitario, cuyas caras no olvidarían jamás, dada la gravedad del  luctuoso acontecimiento.
Al comprobar que todas sus historias coincidían en el espacio y en el tiempo, que confluían en ellas demasiados detalles exactamente iguales e incluso que el cadáver del bebé que les mostraron podría haber sido el mismo, las familias no tardaron en atar cabos y empezaron a exigir  a la justicia la exhumación de sus hijos muertos, volviendo a encontrarse, en muchos casos, otra vez, con cajas vacías.
Comenzaron entonces, una viacrucis de penalidades en los que en  principio, no recibieron ningún apoyo ni de las Instituciones ni de la Justicia, pero la caja de Pandora se había abierto por fin, después de largos años de resignación y silencio y la esperanza de encontrar a aquellos niños con vida, generó en ellos una fuerza imparable que logró remover los cimientos de toda la Sociedad y que no cesó hasta que los culpables de aquellos secuestros fueron identificados, llegando a producirse entonces, los primeros reencuentros.
Casi todos aquellos bebés, eran ya para entonces hombres y mujeres que desconocían por completo sus orígenes y que habían convivido con sus familias de adopción durante toda su vida y fueron, precisamente, algunos de aquellos progenitores adoptantes, los se decidieron a contar cómo se habían desarrollado, en su caso, los hechos y quiénes fueron los encargados de entregarles en mano, a los recién nacidos, entre ellos, una monja, que con la coincidieron un buen número de parejas y que, por desgracia, ya ha fallecido.
Hoy se juzga en España el primero de los casos de aquellos bebés arrebatados a sus padres, hace ya demasiado tiempo y esperamos que esta ignominia, cometida contra tantas parejas jóvenes, por unos desalmados que aprovecharon para su propio enriquecimiento, su edad y su inexperiencia, se salde con una sentencia ejemplar, que abra el camino para todos aquellos que continúan sin saber el paradero de sus hijos y para que puedan finalmente, relatarles la verdad de su propia historia y la fuerza que les mantuvo en pie para continuar buscando, a pesar de los años transcurridos,
Muchos de aquellos niños, viven aún en la más absoluta ignorancia, víctimas del miedo y del silencio y no sería la primera vez que alguno acude a las Asociaciones que formaron estos padres luchadores, manifestando que por la época en la que fueron adoptados, albergan algunas sospechas.
Desde aquí, nos solidarizamos estas familias, a las que admiramos por su valentía y su tesón, en lograr el esclarecimiento de aquellos sucesos y animamos, a todo aquél que tenga dudas sobre sus orígenes, a ponerse en contacto con estos luchadores que les están esperando, con los brazos abiertos.

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