Habría
que retroceder hasta los años 60 y 70 del pasado siglo, para entender estos rocambolescos
episodios que sucedieron con total impunidad en nuestro país y sin demasiadas
reservas ante los ojos de los ciudadanos y aunque jamás puedan justificarse los
gravísimos casos de secuestros de bebés que ocurrieron entonces, el contexto
histórico y las circunstancias personales de los protagonistas principales de
los sucesos, quizá consigan aclarar cómo, cuándo y por qué fueron posibles estos
hechos delictivos, que hasta el día de hoy, en que se juzga por primera vez uno de ellos, han
permanecido en una especie de estado de letargo, a pesar de la larga y durísima
lucha que han estado llevando a cabo, muchos de los progenitores de aquellos
niños desaparecidos.
En
la época de la que hablamos, la situación de la sociedad española era,
desafortunadamente, bien distinta a la de ahora y aún en las postrimerías de la
dictadura y en los primeros años de la Transición, la formación de la gente de
clase media o baja, se reducía, en el mejor de los casos, a la cultura general que
se había venido ofreciendo en las escuelas franquistas y sólo en algunos casos
excepcionales, algunos, fundamentalmente hombres llegaban a la Universidad, constituyendo
un hito, para ellos mismos y un orgullo sin parangón, para las familias de las
que procedían.
Los
jóvenes de entonces, luchaban denodadamente por ganarse la vida y se desvivían
por conseguir cuánto antes, dejar de ser una carga para sus progenitores, por
lo que, en la mayoría de los matrimonios
celebrados, la edad de los contrayentes se situaba entre los veinte y
veinticinco años y los primeros hijos solían venir al mundo, casi siempre, doce
o trece meses después, dando comienzo a una nueva familia.
Muy
influidos por las opiniones de sus mayores, que deseaban ardientemente una vida
mejor para sus hijos y teniendo en cuenta el caótico escenario que representaba la
Seguridad Social en aquellos momentos, muchas de estas parejas jóvenes,
optaron, cuando su economía se lo permitía, por acudir a Ginecólogos privados
que gozaban de alguna fama entre su anterior clientela y que se encargaban de
atender el embarazo de las madres, siempre recomendando que el alumbramiento se
produjera en alguna Clínica particular, en la que ellos habían realizado sus
carreras y en las que contaban con una serie de profesionales, generalmente, monjas
y enfermeras, con los que habían colaborado durante toda la vida.
Así
que teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de estos médicos pertenecían a familia
de clase alta y por lo general, adeptas
a un Régimen, que había sobrevivido durante más de cuarenta años, en clara
connivencia con los representantes de la Iglesia Católica, pergeñar un plan,
para convencer a determinadas parejas de que sus hijos habían nacido muertos y
ofrecer a esas criaturas a matrimonios pudientes, pertenecientes a su propio
entorno, que no habían conseguido tener descendencia, se convirtió en una
realidad cuasi cotidiana, teniendo en cuenta que el entorno en que se movían,
se podría calificar como una especie de burbuja inexpugnable, a la que nadie
podía tener acceso.
Para
ello, no había más que congelar a los bebés que realmente fallecían en el parto
y mostrárselos a los padres a los que se robaba los recién nacidos, sólo en el
caso de que el consejo de los encargados de cuidarlos, en su peor momento de
dolor, alegando que era mejor para ellos no almacenar en la memoria la imagen
de su hijo muerto, fallara y las parejas exigieran, con todo el derecho que les
asistía, que se les mostrara el cadáver, antes de que se procediera a su
entierro.
De
este modo y con el más absoluto hermetismo, se montó un negocio redondo en el
que miles de niños fueron sustraídos a
sus familias naturales y repartidos por toda nuestra geografía, por supuesto, a
cambio de dinero y tuvieron que pasar muchos años, hasta que alguien, por
circunstancias que no vienen al caso, decidió cambiar de ubicación los restos de
sus allegados, encontrando, con estupefacción, que el pequeño ataúd en que
suponían estaba el bebé que perdieron, estaba vacío.
En ese momento, muchas de aquellas jóvenes
madres recordaron las escenas que vivieron instantes antes de dar a luz, sin que
nadie les advirtiera en ningún caso, que la vida de sus pequeños podían correr
peligro y se percataron que también se daba la circunstancia de que todas ellas
habían coincidido al elegir a los mismos médicos, en los mismos Centros
Particulares, habiendo sido además, atendidas por el mismo personal sanitario,
cuyas caras no olvidarían jamás, dada la gravedad del luctuoso acontecimiento.
Al
comprobar que todas sus historias coincidían en el espacio y en el tiempo, que
confluían en ellas demasiados detalles exactamente iguales e incluso que el
cadáver del bebé que les mostraron podría haber sido el mismo, las familias no tardaron
en atar cabos y empezaron a exigir a la
justicia la exhumación de sus hijos muertos, volviendo a encontrarse, en muchos
casos, otra vez, con cajas vacías.
Comenzaron
entonces, una viacrucis de penalidades en los que en principio, no recibieron ningún apoyo ni de las
Instituciones ni de la Justicia, pero la caja de Pandora se había abierto por
fin, después de largos años de resignación y silencio y la esperanza de
encontrar a aquellos niños con vida, generó en ellos una fuerza imparable que
logró remover los cimientos de toda la Sociedad y que no cesó hasta que los
culpables de aquellos secuestros fueron identificados, llegando a producirse
entonces, los primeros reencuentros.
Casi
todos aquellos bebés, eran ya para entonces hombres y mujeres que desconocían
por completo sus orígenes y que habían convivido con sus familias de adopción
durante toda su vida y fueron, precisamente, algunos de aquellos progenitores
adoptantes, los se decidieron a contar cómo se habían desarrollado, en su caso,
los hechos y quiénes fueron los encargados de entregarles en mano, a los recién
nacidos, entre ellos, una monja, que con la coincidieron un buen número de
parejas y que, por desgracia, ya ha fallecido.
Hoy
se juzga en España el primero de los casos de aquellos bebés arrebatados a sus
padres, hace ya demasiado tiempo y esperamos que esta ignominia, cometida
contra tantas parejas jóvenes, por unos desalmados que aprovecharon para su
propio enriquecimiento, su edad y su inexperiencia, se salde con una sentencia
ejemplar, que abra el camino para todos aquellos que continúan sin saber el paradero
de sus hijos y para que puedan finalmente, relatarles la verdad de su propia
historia y la fuerza que les mantuvo en pie para continuar buscando, a pesar de
los años transcurridos,
Muchos
de aquellos niños, viven aún en la más absoluta ignorancia, víctimas del miedo
y del silencio y no sería la primera vez que alguno acude a las Asociaciones
que formaron estos padres luchadores, manifestando que por la época en la que
fueron adoptados, albergan algunas sospechas.
Desde
aquí, nos solidarizamos estas familias, a las que admiramos por su valentía y
su tesón, en lograr el esclarecimiento de aquellos sucesos y animamos, a todo
aquél que tenga dudas sobre sus orígenes, a ponerse en contacto con estos
luchadores que les están esperando, con los brazos abiertos.

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