En el caso de que algo pudiera ser considerado como una
certeza, cuando se habla del ejercicio de la política y sobre
todo de los que se dedican, como profesionales a ella, sin duda sería la de
poder asegurar que nunca se puede dar por sentado que una determinada situación
permanecerá inamovible a lo largo del tiempo o que sus protagonistas serán
capaces de blindar su propia estabilidad, como líderes infalibles, por muy espectacular
que pueda parecer el futuro que les aguarda o las secretas ambiciones que
alberguen, en los rincones más recónditos de sus pensamientos.
Todo es susceptible de ser cambiado, en cuestión de segundos,
días o semanas, causando estrepitosos estragos en el campo de una batalla que
se libra de manera permanente y en la que se lucha cuerpo a cuerpo y sin
condiciones, por la consecución del poder, propiciando que la ascensión o la
caída de los combatientes se halle siempre sujeta a los movimientos estratégicos
que cada uno se atreva a intentar y que
ponen en riesgo la estabilidad del contrario, consiguiendo desestabilizar los
cimientos que sostienen a estos ídolos con pies de barro, que ha de estar
preparados para ganar y perder, en igual medida, según la dureza de los
tiempos.
Hace sólo unas pocas
semanas, Mariano Rajoy se encontraba cómodamente emplazado en una legislatura
que esperaba poder terminar, con el apoyo de los Ciudadanos de Albert Rivera, que
a su vez, habían comenzado a experimentar la vertiginosa ensoñación que produce
la confirmación de haber iniciado un ascenso supuestamente imparable que les llevaría directamente hasta la primera línea de juego y esas
convicciones, virtualmente bien ancladas
a un fondo que se pensaba firme, pero cuya composición verdadera se basaba en
un arenal movedizo, del que se liberaron las amarras, favorecieron que ambos
barcos se vieran expuestos, a la ferocidad inesperada de los vientos.
Su aventura, la de ambos líderes, considerados hasta ese
momento como cabezas visibles de la vieja y nueva derecha, empezó a malograrse
en cuanto los intereses partidistas de ambos se cruzaron, sobre todo con el
problema de Catalunya y la férrea unidad de la que se servían, por una mutua
cuestión de conveniencia, fue transformando aquella alianza primera, en una
lucha descarnada por ocupar un espacio político en exclusividad y aunque ambos,
acompañados de sus más cercanos asesores, procuraban aparentar una normalidad que
a todos nos parecía, como espectadores, del todo ficticia, terminó por truncarse, en el mismo instante en
el que el resto de Partidos que forman
el arco parlamentario español, decidieron unirse en su contra, aprovechando,
con una habilidad sin precedentes, la sentencia del caso Gurtel, para poner fin
a los planes ilusorios, que ambos habían codiciado, durante tanto tiempo.
Nadie podrá negar que lo ocurrido en los últimos días pilló
por sorpresa, no sólo al Presidente Rajoy, que se consideraba invencible,
confiado como estaba en la solidez de sus apoyos, sino muy particularmente a
Rivera, que se vio, literalmente aplastado por la celeridad con que se llevaron
a cabo los primeros movimientos de unos opositores a los que había infravalorado
escandalosamente, demostrando un desconocimiento total de esa primera regla de
la política de la que hemos hablado al principio y cayendo, en una trampa
mortal, minuciosamente preparada y preservada en el más absoluto secreto, por
quiénes habían guardado celosamente unos cuantos ases bajo la manga, capaces de
cambiar, fulgurantemente, el resultado de la partida en juego.
Así que la derecha
española, se ha visto literalmente descabalgada de todas sus posiciones de
privilegio y he aquí que sus capitanes, el que lo había sido hasta ahora y esperaba
continuar poder siéndolo, a base de sortear los escollos que le iban surgiendo
en los caminos, dando exclusivamente tiempo al tiempo y el discípulo
displicente que aspiraba a golpe de imagen y efectos inopinados, ocupar el
lugar que los populares habían establecido como suyo, desde hacía tanto tiempo,
han quedo reducidos a meros espectadores que tendrán que ir acostumbrándose a practicar
el arte de la oposición y a los que no les quedará más remedio que volver a empezar de cero y aprender obligatoriamente,
la lección que les ha ofrecido la vida, sobre la práctica de la política, en
vivo y en directo.
Ahora que Pedro Sánchez ha nombrado un Gobierno, que por su
incontestable preparación no parece pensado para ser efímero y que ha
despertado en una gran parte de la Sociedad,
una cierta ilusión que viene a paliar los efectos de los años oscuros que
se habían vivido, bajo el mando
dictatorial de PP, ahora que se habla de dialogar, negociar, dar o conceder,
como algo natural y cotidiano, entre Formaciones opuestas, todos esos sueños de
gloria, de perpetuidad pretendida por las derechas españolas, más acostumbradas
a gobernar a golpe de Decreto y a la utilización continuada de la estrategia
del miedo, han quedado de pronto, reducidos a cenizas, por la contundencia de
la legalidad y no queda otro remedio, por mucho que duela, que asumir que han
perdido esta batalla, irrecuperablemente.
Las heridas, que han afectado a unos mucho más que a otros,
como evidencia la incontenible irritación que afecta a los partidarios de
Ciudadanos, que caen escandalosamente en las primeras encuestas efectuadas,
sólo un día después del estreno del nuevo Gobierno, ya les digo yo que no sanarán,
si como se ha sugerido, desde los primeros momentos, la estrategia a seguir
será la de utilizar como principal argumento, la violencia verbal , pues los
españoles necesitamos, más que nunca, entender que nuestros políticos saben
hacer algo más que recurrir a los insultos y las descalificaciones hacia sus
adversarios, sin aportar en cambio, soluciones a los problemas reales que padecemos.
Mientras el PP se recompone del hundimiento sufrido y
comienza la lucha fratricida que se abre para la sucesión de Rajoy, Rivera, golpeado
dónde más le duele, trata de sacar la cabeza del agujero en que le han
enterrado, convencido de que sólo con el ataque frontal, podrá volver a ser lo
que era.
Olvida, que la posición en que se encuentra no es más que el
fruto obtenido por un terrible error. Nunca debió apoyar a Rajoy en la Moción
de Censura, convirtiéndose tácitamente en cómplice de todas y cada una de las
acciones que se le imputaban y traicionando el propio discurso que contra la
corrupción, tantas veces se había atrevido a emitir, delante de la ciudadanía.
La gente, tardará mucho tiempo en olvidar esta equivocación.
Se impondría pues, aprender la lección y resignarse a que sus propias acciones
son las que han provocado esta caída atropellada de su imagen, desde el cielo,
hasta el suelo.

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