domingo, 10 de junio de 2018

Ïdolos caídos



En el caso de que algo pudiera ser considerado como una certeza,  cuando se  habla del ejercicio de la política y sobre todo de los que se dedican, como profesionales a ella, sin duda sería la de poder asegurar que nunca se puede dar por sentado que una determinada situación permanecerá inamovible a lo largo del tiempo o que sus protagonistas serán capaces de blindar su propia estabilidad, como líderes infalibles, por muy espectacular que pueda parecer el futuro que les aguarda o las secretas ambiciones que alberguen, en los rincones más recónditos de sus pensamientos.
Todo es susceptible de ser cambiado, en cuestión de segundos, días o semanas, causando estrepitosos estragos en el campo de una batalla que se libra de manera permanente y en la que se lucha cuerpo a cuerpo y sin condiciones, por la consecución del poder, propiciando que la ascensión o la caída de los combatientes se halle siempre sujeta a los movimientos estratégicos que cada uno se atreva a intentar y  que ponen en riesgo la estabilidad del contrario, consiguiendo desestabilizar los cimientos que sostienen a estos ídolos con pies de barro, que ha de estar preparados para ganar y perder, en igual medida, según la dureza de los tiempos.
Hace  sólo unas pocas semanas, Mariano Rajoy se encontraba cómodamente emplazado en una legislatura que esperaba poder terminar, con el apoyo de los Ciudadanos de Albert Rivera, que a su vez, habían comenzado a experimentar la vertiginosa ensoñación que produce la confirmación de haber iniciado un ascenso supuestamente  imparable que les llevaría directamente  hasta la primera línea de juego y esas convicciones, virtualmente  bien ancladas a un fondo que se pensaba firme, pero cuya composición verdadera se basaba en un arenal movedizo, del que se liberaron las amarras, favorecieron que ambos barcos se vieran expuestos, a la ferocidad inesperada de los vientos.
Su aventura, la de ambos líderes, considerados hasta ese momento como cabezas visibles de la vieja y nueva derecha, empezó a malograrse en cuanto los intereses partidistas de ambos se cruzaron, sobre todo con el problema de Catalunya y la férrea unidad de la que se servían, por una mutua cuestión de conveniencia, fue transformando aquella alianza primera, en una lucha descarnada por ocupar un espacio político en exclusividad y aunque ambos, acompañados de sus más cercanos asesores, procuraban aparentar una normalidad que a todos nos parecía, como espectadores, del todo ficticia,  terminó por truncarse, en el mismo instante en el que el resto de Partidos  que forman el arco parlamentario español, decidieron unirse en su contra, aprovechando, con una habilidad sin precedentes, la sentencia del caso Gurtel, para poner fin a los planes ilusorios, que ambos habían codiciado, durante tanto tiempo.
Nadie podrá negar que lo ocurrido en los últimos días pilló por sorpresa, no sólo al Presidente Rajoy, que se consideraba invencible, confiado como estaba en la solidez de sus apoyos, sino muy particularmente a Rivera, que se vio, literalmente aplastado por la celeridad con que se llevaron a cabo los primeros movimientos de unos opositores a los que había infravalorado escandalosamente, demostrando un desconocimiento total de esa primera regla de la política de la que hemos hablado al principio y cayendo, en una trampa mortal, minuciosamente preparada y preservada en el más absoluto secreto, por quiénes habían guardado celosamente unos cuantos ases bajo la manga, capaces de cambiar, fulgurantemente, el resultado de la partida en juego.
 Así que la derecha española, se ha visto literalmente descabalgada de todas sus posiciones de privilegio y he aquí que sus capitanes, el que lo había sido hasta ahora y esperaba continuar poder siéndolo, a base de sortear los escollos que le iban surgiendo en los caminos, dando exclusivamente tiempo al tiempo y el discípulo displicente que aspiraba a golpe de imagen y efectos inopinados, ocupar el lugar que los populares habían establecido como suyo, desde hacía tanto tiempo, han quedo reducidos a meros espectadores que tendrán que ir acostumbrándose a practicar el arte de la oposición y a los que no les quedará más remedio que volver  a empezar de cero y aprender obligatoriamente, la lección que les ha ofrecido la vida, sobre la práctica de la política, en vivo y en directo.
Ahora que Pedro Sánchez ha nombrado un Gobierno, que por su incontestable preparación no parece pensado para ser efímero y que ha despertado en una gran parte de la  Sociedad, una cierta ilusión que viene a paliar los efectos de los años oscuros que se  habían vivido, bajo el mando dictatorial de PP, ahora que se habla de dialogar, negociar, dar o conceder, como algo natural y cotidiano, entre Formaciones opuestas, todos esos sueños de gloria, de perpetuidad pretendida por las derechas españolas, más acostumbradas a gobernar a golpe de Decreto y a la utilización continuada de la estrategia del miedo, han quedado de pronto, reducidos a cenizas, por la contundencia de la legalidad y no queda otro remedio, por mucho que duela, que asumir que han perdido esta batalla, irrecuperablemente.
Las heridas, que han afectado a unos mucho más que a otros, como evidencia la incontenible irritación que afecta a los partidarios de Ciudadanos, que caen escandalosamente en las primeras encuestas efectuadas, sólo un día después del estreno del nuevo Gobierno, ya les digo yo que no sanarán, si como se ha sugerido, desde los primeros momentos, la estrategia a seguir será la de utilizar como principal argumento, la violencia verbal , pues los españoles necesitamos, más que nunca, entender que nuestros políticos saben hacer algo más que recurrir a los insultos y las descalificaciones hacia sus adversarios, sin aportar en cambio, soluciones a los problemas reales que padecemos.
Mientras el PP se recompone del hundimiento sufrido y comienza la lucha fratricida que se abre para la sucesión de Rajoy, Rivera, golpeado dónde más le duele, trata de sacar la cabeza del agujero en que le han enterrado, convencido de que sólo con el ataque frontal, podrá volver a ser lo que era.
Olvida, que la posición en que se encuentra no es más que el fruto obtenido por un terrible error. Nunca debió apoyar a Rajoy en la Moción de Censura, convirtiéndose tácitamente en cómplice de todas y cada una de las acciones que se le imputaban y traicionando el propio discurso que contra la corrupción, tantas veces se había atrevido a emitir, delante de la ciudadanía.
La gente, tardará mucho tiempo en olvidar esta equivocación. Se impondría pues, aprender la lección y resignarse a que sus propias acciones son las que han provocado esta caída atropellada de su imagen, desde el cielo, hasta el suelo.


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