miércoles, 13 de junio de 2018

Un desafortunado tropiezo



Se  refirma el Supremo, con unas ligeras rebajas, en las condenas del caso Noos y envía a Urdangarín y a su socio a la cárcel, en la que deberán ingresar antes del lunes, durante casi seis años de sus vidas, penas que a los ciudadanos de a pie, nos parecen sencillamente muy reducidas, si se tiene en cuenta la naturaleza de los delitos que han cometido.  
Ya comentamos ampliamente en su día, este caso que vuelve a la actualidad bastantes años después de ser destapado por la prensa y quizá no merece la pena incidir sobre todo lo que opinamos de lo que ha venido sucediendo en torno a este asunto, en el que para cernirnos a la verdad, nada ha sido normal, a pesar del empeño que puso el Juez Castro, en cuanto empezó a instruirlo y se encontró con las evidencias que después fuimos conociendo.
Pero la verdadera noticia del día saltaba esta mañana, cuando se conocía que el flamante Ministro de Cultura, Maxim Huerta, había defraudado a Hacienda casi trescientos mil euros, dejándonos a todos, boquiabiertos, pues este hecho le convierte automáticamente en recusable, para ocupar el cargo que se le asigna, si verdaderamente se quiere ofrecer una imagen de limpieza inmaculada, que establezca una diferencia palpable con las actitudes que solían ser habituales en el PP y que tanto aborrecían las izquierdas.
Si Pedro Sánchez fuera listo, habría de cesar inmediatamente a Huerta, sustituyéndole por otra persona sin máculas, aunque lo natural, dado el poco tiempo que lleva en el puesto, sería que el propio Ministro presentara inmediatamente su dimisión, permitiendo que la imagen del nuevo Gobierno no quede tocada, a sólo unos días de  su estreno, a causa de un suceso que le perseguirá, mientras dure en el poder, peligrosamente.
Lo que resulta ciertamente inaceptable es que antes de proponer los Ministerios a estos recién llegados, el PSOE  no se haya molestado a investigar, uno por uno, los expedientes correspondientes, pues según parece, no había mucho que escarbar para dar con el fraude del que hoy estamos hablando, cuando han bastado sólo unos días, para que haya salido a la luz en la prensa.
Sabiendo lo que se jugaba y la ira que dejaba tras de sí, el triunfo en la Moción de Censura presentada contra el antiguo Gobierno, la escrupulosidad en   el estudio minucioso de cada uno de los personajes que iban a formar parte del Ejecutivo, no sólo era una acción de obligado cumplimiento, sino que debía sentar unas bases que convencieran a los ciudadanos de que se estaba dando un cambio real, perfectamente organizado para durar en el tiempo y encabezado por un equipo modélico en el cumplimiento de la legalidad, sobre todo en asuntos relacionados con una  corrupción, que ha sido la causa primera del hundimiento real del antiguo Gobierno.
Quizá la premura con que ha debido ser nombrado el  Gabinete y el jugar con la sorpresa que ha supuesto para todos su composición, han hecho que se descuiden estos aspectos tan necesarios, cuando uno no se puede permitir un fracaso de estas características, en un primer momento, pero ni la prisa, ni el empeño en poder causar admiración en los demás, eximen en absoluto del compromiso de ofrecer a los ciudadanos, la seguridad de que se puede confiar plenamente, en la limpieza y honradez de cada uno de los Ministros que como tales, van a representarles, durante el tiempo que sea pertinente.
Este error inaceptable y ciertamente violento, viene, en  cierta medida, a cercenar las esperanzas suscitadas en la Sociedad durante estas últimas semanas, ofreciendo razones a la oposición de la derecha, para exigir para Huerta, el mismo trato que se requiriera en otros casos anteriores, para líderes de otros Partidos y de no hacerse algo urgentemente, pone en riesgo la unidad imprescindible con otros Formaciones de izquierda, a las que Pedro Sánchez necesita para poder sacar adelante, cualesquiera que sean sus proyectos.
Si como parece a estas horas, el recién nombrado Ministro no está dispuesto a dimitir, corresponderá a Sánchez apechugar con todo el peso de una decisión, que para el futuro que viene, podría ser vital, porque los españoles estamos hartos de tener que asumir que detrás de una buena parte de nuestros representantes, haya una historia oscura, curiosamente siempre relacionada con asuntos de dinero, que les benefició personalmente, perjudicando a las arcas del Estado, a las que todos contribuimos religiosamente, con el pago ineludible de nuestros impuestos.
Para demostrar que el cambio ha llegado, no basta con llevar a cabo gestos que satisfagan a las mayorías, como apostar por un Gobierno formado mayoritariamente por mujeres, prometer que se van solucionar los problemas de los sueldos y las pensiones o acoger, en un ademán ciertamente plausible, al barco de los inmigrantes abandonado por Italia y Malta en nuestro territorio. Hay, además, que ser implacable cuando la ocasión lo requiere, afecte a quién afecte y aunque ello signifique que Huerta dure en el Ministerio apenas una semana. Un buen Presidente ha de ser, en primer lugar, consecuente con el discurso que mantiene y cumplir con las obligaciones que se ha impuesto.
Haría bien, quien fuera menester, en abrir una exhaustiva investigación sobre el pasado de los demás miembros del gabinete, no sea que empecemos a darnos de bruces con historias similares a la que nos ocupa, en días posteriores y ahora sean otros, quiénes aprovechen, a su favor, el factor sorpresa.
De momento, se ha roto la magia que rodeaba esta especie de historia de tintes increíbles que a muchos nos había devuelto la ilusión y lo ha hecho, permítanme decirlo, de la peor manera posible.
Estamos francamente descontentos.

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