domingo, 24 de junio de 2018

Justicia para hombres



 La puesta en  libertad provisional de los miembros de La manada, condenados a nueve años de prisión por un delito de abusos sexuales, sentencia que llevó a las calles a cientos de miles de mujeres, al considerar que las más de veinte penetraciones sufridas por la víctima debieran haber sido claramente tipificadas como violación, ha levantado un reguero de indignación y repulsa que ha movilizado de inmediato, en todas las ciudades españolas, a una multitud de personas, incapaces de comprender esta decisión judicial, dado el peligro que representa tener que convivir con esta clase de indeseables individuos.
La decisión, que ha sido tomada por dos jueces contra uno, constituye una acción insólita, si se tiene en cuenta el tiempo de la condena y obliga además, a la víctima, a permanecer confinada en la Comunidad de Madrid, ida único sitio en el que tienen prohibida la entrada, los protagonistas de una de las historias más terribles, de cuántas hemos conocido, relacionadas con la violencia de género.
Se da además la circunstancia de que uno de los jueces que han apostado por liberar a los delincuentes es una mujer, que incomprensiblemente ha cambiado su criterio desde que se emitiera la sentencia, para posicionarse al lado del Magistrado que ya entonces, emitió un voto particular, cuyo texto ha sido recogido mil veces por los medios de comunicación, al estar expresado en unos términos directamente ofensivos, contra la actitud adoptada, en el momento en que ocurrieron los hechos, por la víctima.
Este cambio de actitud, que resulta sencillamente sospechoso, ahora que existe una sentencia contra estos violadores, aunque se halle pendiente del recurso que tendrá que decidir el Supremo, pone en circulación la teoría de que tal vez, la jueza haya podido ser amenazada por el entorno de esta Manada, rica en amigos de su misma ralea, siempre prestos celebrar  el intolerable contenido de los mensajes y vídeos que enviaban, a través de sus móviles, en los que narraban  como hazañas, las atrocidades que cometían, como si las mujeres, todas nosotras, fuésemos objetos destinados en exclusiva, a su uso y disfrute particular, demostrando una actitud ciertamente psicopática y carpetovetónica, del todo incompatible con los tiempos en los que vivimos.
Su llegada a Sevilla, que aún ha sido, como hemos podido comprobar, celebrada, por una especie de cohorte de admiradores, que han desfilado por sus casas, con intención de demostrar su inexplicable apoyo a las monstruosas acciones que cometieron,  pone en grave riesgo la integridad física y emocional de todas las mujeres que viven allí y que no están dispuestas a admitir, esta imposición de convivencia.
Por ello, ya se ha iniciado una campaña de rechazo que se ha materializado en varias acciones de carácter diverso y que van, fundamentalmente encaminadas a que no se olvide lo que sucedió en Pamplona, hace ahora dos años, tratando de evitar por todos los medios que cualquier otra chica pueda caer en las redes  de estos indeseables, pues de todos es conocido que los violadores suelen ser tradicionalmente, reincidentes.
La Fiscalía, que no ha dudado ni un instante en manifestar su estupefacción y disconformidad con las medidas tomadas por estos jueces, ya ha presentado un recurso, reclamando su inmediato encarcelamiento, pues su puesta en libertad, no sólo supone un riesgo real de que algo similar a lo ocurrido en Navarra o Puertollano pueda repetirse, sino que lesiona gravemente el derecho al libre movimiento de la víctima de los Sanfermines, que debe encontrarse en estos momentos, aterrorizada, al pensar en la situación que la deja esta justicia concebida por y para los hombres, que mantiene la desprotección total en que se encuentran las mujeres en este país, incapaz de evolucionar en consonancia con los tiempos.
Las movilizaciones, que ya han comenzado y que desde el pasado 8 de Marzo han marcado un punto de inflexión para la mentalidad de millones de mujeres, no cesarán y no lo harán, porque la reclamación de que estos violadores cumplan escrupulosamente las penas que les han sido impuestas, sin el privilegio de estar en libertad que les han regalado estos jueces absolutamente faltos de empatía con el dolor de la víctima, es no sólo justa, sino necesaria.
La voz de las mujeres, silenciada durante siglos por los designios de una sociedad patriarcal, se ha levantado como un irrefrenable torrente, convirtiendo nuestras pretensiones, en un auténtica Revolución, a la que no estamos dispuestas a renunciar, pues no creemos que quepa en nuestra sociedad, nadie que no esté dispuesto a considerar la igualdad entre los sexos, como un derecho que a todos y todas, naturalmente, nos asiste.
Los delitos de género, ya sean cometidos en el ámbito familiar o en forma de abusos o violaciones en las calles, han de ser obligatoriamente castigados, con toda la dureza de la Ley, por lo que se precisa urgentemente una reforma del Código  Penal, en este sentido, una reeducación de los encargados de administrar justicia y alguna medida, para que las leyes no queden sujetas a la interpretación personal de algunos Magistrados, sino que se aplique tal como corresponde a los casos que se juzgan, estrictamente.
Basta ya, de que las víctimas de violencia de género  tengan que depender del pensamiento íntimo de los jueces en los que recaigan sus casos y sobre todo, basta de que el hecho de maltratar, violar o abusar, salga a los delincuentes, casi gratis, mientras los traumas sufridos por las víctimas, dejan secuelas, para toda la vida.
La manada debe volver inmediatamente a prisión y ojalá que el Supremo añada algunos año más a unas condenas, ciertamente escasas y ridículas.
Por ello y por la propia dignidad de la víctima y de todas las mujeres, lucharemos el tiempo que haga falta y ya procuraremos con todas nuestras fuerzas, que el período que estos individuos se encuentren en libertad, no tengan sosiego.
Esto, no es más que ofrecerles el mismo trato que ellos dispensaron a su víctima, aquella noche, en aquel portal, cuando actuando como animales, decidieron libremente que las acciones que estaban cometiendo no tendrían ninguna consecuencia.



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