Mientras los políticos del País continúan enfrascados en sus
luchas internas y sus campañas de desacreditación de sus adversarios más
directos, la violencia machista marca un rumbo ascendente, dejando tras de sí
una negra estela de mujeres asesinadas y
un panorama terrorífico entre los miembros de sus familias, que muchas veces
caen también en los ataques incontrolados que ejercen, estos hombres que no
merecen el calificativo de personas.
En lo que va de año, no pasa un solo día sin que nos
levantemos con la noticia de nuevas agresiones contra mujeres, sin que estos
hechos luctuosos parezcan tener ningún tipo de prioridad para los
representantes que entre todos hemos elegido, como si se hubieran convertido en
un fenómeno rutinario contra el que nada se puede hacer, quizá por considerarse
una guerra de guerrillas doméstica, en la que no se puede intervenir si no
existen denuncias que lo justifiquen.
La sangre se nos heló el otro día cuando uno de estos
maltratadores, en este caso reincidente, se arrojó junto a su hija de sólo un
año desde la ventana de un Hospital, tras agredir verbalmente a su pareja
asegurando que iba a darle dónde más le dolía, haciendo clara referencia a la
menor a la que provocó la muerte, sin que los servicios médicos pudieran lograr
su salvación, por la contundencia del impacto.
Buscar vías que arbitren un solución a este gravísimo
problema de convivencia, se convierte, por la reiterada presencia de estos
terroristas de alcoba, en una
urgentísima prioridad que debe afrontarse sin demora, haciendo hincapié en la
necesaria prevención de este tipo de sucesos, porque aunque primordialmente la
educación de las nuevas generaciones ha de ir encaminada a erradicar estas
conductas hegemónicas de los hombres del mañana, los que conviven con nosotros,
nuestros vecinos, nuestros amigos e incluso nuestros familiares más directos,
aún descienden de un mundo en el que la supremacía de los machos se daba por
sentada desde su nacimiento y no hay otro remedio que erradicar los roles
aprendidos en un pasado, que ya nada tiene que ver con la época en que vivimos,
pero cuyas reminiscencias permanecen latentes, en quiénes no han sabido o
querido evolucionar, al ritmo de los tiempos modernos.
Intentar dominar al mal denominado sexo débil, es todavía una
pauta asentada en muchos de los hombres que nos rodean y no basta con alegar lo
mucho que han avanzado las mujeres en el campo de la igualdad, para arrancar de
sus corazones una idea, que les han inculcado desde pequeños, aquellos que les
educaron de una manera considerada como tradicional, aunque dañara gravemente
la dignidad de quiénes con ellos comparten el mundo, en igualdad numérica.
Todos los días oímos hablar reiteradamente de los problemas
económicos que sufre el País, de la inflación y los recortes que tanto daño
hacen a las familias que lo poblamos y de los rifirrafes que organizan las
corrientes ideológicas dentro de los Partidos o de la corrupción que corroe las
entrañas de nuestras arcas, ante la impávida mirada de nuestro Gobierno.
Pero de los asesinatos, cada vez más violentos de las
mujeres, del miedo y la frustración que padecen las que se ven obligadas a convivir con sus maltratadores en un clima
de extrema violencia, sólo da fe alguna reseña en los periódicos o algunas
imágenes ofrecidas a la hora de comer, en los informativos televisivos, sin que
en los últimos tiempos hayamos oído que se han puesto en marcha nuevas
iniciativas, que ofrezca algún tipo de esperanza para acabar con esta plaga
letal, que extermina las vidas de las mujeres, en una especie de macabros
rituales, casi siempre idénticos.
Todos y cada uno de nosotros, también tenemos una parte
importante de culpa en que sigan produciéndose estos hechos. Por no querer
complicarnos la vida, por no tener que enemistarnos con quiénes oímos
frecuentemente a través de los tabiques que nos separan de los vecinos, por no
llamar al orden a los que cuentan, a modo de gracieta barata, algún tipo de
chiste de corte machista, que la mayoría premiamos con una sonrisa y por no
reprender severamente a nuestros propios hijos cuando presenciamos algún mal
gesto en la manera de tratar a sus amigas o novias, pensando que en definitiva
son, mucho más fuertes que ellas.
Por no advertir a nuestras hijas de que la tolerancia ha de
ser nula, con estos machitos de nuevo cuño que siguen al pie de la letra las
macabras instrucciones que les dieron y que el amor, por mucho que queramos al
otro, no fue creado para hacernos sufrir, sino para colmarnos de felicidad,
incluso en los malos momentos.
A los políticos, a los que se les llena la boca de buenas
intenciones, cada vez que se produce alguno de estos sucesos, más que rogarles
una ayuda, exigirles soluciones contundentes.
Ya han pasado demasiados años sin que hayan conseguido
reforzar la seguridad de las ciudadanas que viven estas peligrosas experiencias
y ha llegado la hora de no ofrecerles una tregua más, aunque para ello hubiera
que cuadruplicar los recursos que se destinan a este problema, enquistado en
nuestra sociedad, durante demasiado tiempo.
Las vidas de las mujeres, han de estar, necesariamente, por
encima de cualquiera de las partidas que se incluyen en los presupuestos.

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