miércoles, 15 de febrero de 2017

Violencia incontrolada


Mientras los políticos del País continúan enfrascados en sus luchas internas y sus campañas de desacreditación de sus adversarios más directos, la violencia machista marca un rumbo ascendente, dejando tras de sí una negra estela de mujeres asesinadas  y un panorama terrorífico entre los miembros de sus familias, que muchas veces caen también en los ataques incontrolados que ejercen, estos hombres que no merecen el calificativo de personas.
En lo que va de año, no pasa un solo día sin que nos levantemos con la noticia de nuevas agresiones contra mujeres, sin que estos hechos luctuosos parezcan tener ningún tipo de prioridad para los representantes que entre todos hemos elegido, como si se hubieran convertido en un fenómeno rutinario contra el que nada se puede hacer, quizá por considerarse una guerra de guerrillas doméstica, en la que no se puede intervenir si no existen denuncias que lo justifiquen.
La sangre se nos heló el otro día cuando uno de estos maltratadores, en este caso reincidente, se arrojó junto a su hija de sólo un año desde la ventana de un Hospital, tras agredir verbalmente a su pareja asegurando que iba a darle dónde más le dolía, haciendo clara referencia a la menor a la que provocó la muerte, sin que los servicios médicos pudieran lograr su salvación, por la contundencia del impacto.
Buscar vías que arbitren un solución a este gravísimo problema de convivencia, se convierte, por la reiterada presencia de estos terroristas de alcoba,  en una urgentísima prioridad que debe afrontarse sin demora, haciendo hincapié en la necesaria prevención de este tipo de sucesos, porque aunque primordialmente la educación de las nuevas generaciones ha de ir encaminada a erradicar estas conductas hegemónicas de los hombres del mañana, los que conviven con nosotros, nuestros vecinos, nuestros amigos e incluso nuestros familiares más directos, aún descienden de un mundo en el que la supremacía de los machos se daba por sentada desde su nacimiento y no hay otro remedio que erradicar los roles aprendidos en un pasado, que ya nada tiene que ver con la época en que vivimos, pero cuyas reminiscencias permanecen latentes, en quiénes no han sabido o querido evolucionar, al ritmo de los tiempos modernos.
Intentar dominar al mal denominado sexo débil, es todavía una pauta asentada en muchos de los hombres que nos rodean y no basta con alegar lo mucho que han avanzado las mujeres en el campo de la igualdad, para arrancar de sus corazones una idea, que les han inculcado desde pequeños, aquellos que les educaron de una manera considerada como tradicional, aunque dañara gravemente la dignidad de quiénes con ellos comparten el mundo, en igualdad numérica.
Todos los días oímos hablar reiteradamente de los problemas económicos que sufre el País, de la inflación y los recortes que tanto daño hacen a las familias que lo poblamos y de los rifirrafes que organizan las corrientes ideológicas dentro de los Partidos o de la corrupción que corroe las entrañas de nuestras arcas, ante la impávida mirada de nuestro Gobierno.
Pero de los asesinatos, cada vez más violentos de las mujeres, del miedo y la frustración que padecen las que se ven obligadas  a convivir con sus maltratadores en un clima de extrema violencia, sólo da fe alguna reseña en los periódicos o algunas imágenes ofrecidas a la hora de comer, en los informativos televisivos, sin que en los últimos tiempos hayamos oído que se han puesto en marcha nuevas iniciativas, que ofrezca algún tipo de esperanza para acabar con esta plaga letal, que extermina las vidas de las mujeres, en una especie de macabros rituales, casi siempre idénticos.
Todos y cada uno de nosotros, también tenemos una parte importante de culpa en que sigan produciéndose estos hechos. Por no querer complicarnos la vida, por no tener que enemistarnos con quiénes oímos frecuentemente a través de los tabiques que nos separan de los vecinos, por no llamar al orden a los que cuentan, a modo de gracieta barata, algún tipo de chiste de corte machista, que la mayoría premiamos con una sonrisa y por no reprender severamente a nuestros propios hijos cuando presenciamos algún mal gesto en la manera de tratar a sus amigas o novias, pensando que en definitiva son, mucho más fuertes que ellas.
Por no advertir a nuestras hijas de que la tolerancia ha de ser nula, con estos machitos de nuevo cuño que siguen al pie de la letra las macabras instrucciones que les dieron y que el amor, por mucho que queramos al otro, no fue creado para hacernos sufrir, sino para colmarnos de felicidad, incluso en los malos momentos.
A los políticos, a los que se les llena la boca de buenas intenciones, cada vez que se produce alguno de estos sucesos, más que rogarles una ayuda, exigirles soluciones contundentes.
Ya han pasado demasiados años sin que hayan conseguido reforzar la seguridad de las ciudadanas que viven estas peligrosas experiencias y ha llegado la hora de no ofrecerles una tregua más, aunque para ello hubiera que cuadruplicar los recursos que se destinan a este problema, enquistado en nuestra sociedad, durante demasiado tiempo.
Las vidas de las mujeres, han de estar, necesariamente, por encima de cualquiera de las partidas que se incluyen en los presupuestos.




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