Entre los principales protagonistas de la guerra abierta que
existe en el PSOE, Susana Díaz es, con mucho, la más convencida de que está en
su mano solucionar los gravísimos problemas que afligen a su Partido, quizá
porque pertenece a un territorio que tradicionalmente se ha inclinado siempre
por el voto a los socialistas, ganando así, en el seno de la Formación, un peso
que durante años ha servido para que muchas de las decisiones que se tomaban en
Ferraz, vinieran dictadas desde Andalucía.
De ahí su osadía al protagonizar el triste golpe de Estado
que apeó a Pedro Sánchez de su cargo, con subterfugios nunca antes conocidos y
esa altanería descarada que utiliza cada vez que tiene ocasión, tanto si ofrece
un mitin ante sus seguidores, como si se dirige a la prensa.
Pensar que todo el terreno está ganado y ridiculizar a sus
contendientes en las primarias, asumiendo que sólo ella será capaz de remendar
el alma del PSOE, devolviéndole su pasada grandeza, parece constituir sin
embargo, un gravísimo error, pues la opinión que se tiene de Díaz, cuando se
encuentra lejos de casa, dista mucho de ser precisamente de admiración, pues
más bien se la considera una especie de traidora a su causa, ya que de todos es
sabido que el apoyo prestado a Rajoy para su investidura, fue una orden tajante
de la actual Presidenta andaluza y de la cohorte de barones que adulan
reiteradamente su liderazgo, por miedo a perder las privilegiadas posiciones
que junto a ella mantienen, aunque el Partido ya no se parezca en nada, al que
creara Pablo Iglesias.
Con este convencimiento, anda Díaz enfrascada en plena
campaña de primarias, aunque aún no haya reconocido si presentará su
candidatura o continuará con su labor en Andalucía y segura de su triunfo,
llega próximamente a Madrid, precedida de la publicidad gratuita que de su
persona hacen sus incondicionales y los miembros de la gestora que ella misma
nombró a dedo, esperando ser recibida a bombo y platillo por una multitud
predispuesta a rendirle pleitesía, para que pueda demostrar a Sánchez y a
López, cuál es el peso de su fuerza y que nada tienen que hacer ante esta
salvadora de patrias a la que últimamente las presiones ciudadanas le están
ganando batallas, por mucho que ella no quiera reconocer que estos movimientos
sirvan de nada, como ha demostrado a menudo, por su mala relación con Podemos.
El batacazo podría ser mayúsculo si las corrientes
socialistas de Madrid, tradicionalmente posicionadas al lado de Sánchez, se
empeñan en boicotearle el acto y
consiguen hacer ruido, a las puertas de dónde se celebre, dejándole muy claro
que ni la capital, ni el resto de las comunidades españolas tienen nada que ver
con su feudo en Andalucía y que allí debería permanecer, si quiere terminar su
carrera política con buen pie y no arruinarla para siempre, con absurdos sueños
de grandeza.
Porque López y Sánchez no parece que vayan a ser convidados
de piedra en esta fiesta que organiza Susana para su propio enaltecimiento
personal, en un momento como éste, ni el mapa político del país se parece
absolutamente en nada, al que encontraron sus compañeros en el pasado, cuando
no existían, ni Ciudadanos, ni Podemos.
Naturalmente, los partidarios de Sánchez van a emplear toda
la artillería y no les faltará razón, si una vez entrados en faena, sacan a relucir
las vergüenzas que la andaluza lleva
tratando de ocultar desde que comenzara la crisis de su Partido y que bien
podrían acarrearle una pérdida notable de credibilidad, ante un electorado, ya
de por sí, desencantado con la manera de actuar de esta gestora, demasiado
transigente con el principal de sus enemigos políticos.
Envuelta en una nube de celofán, llevada en volandas por sus
más fieles y sumisos seguidores, a Susana Díaz le falta, me parece, la
capacidad de analizar fríamente la realidad, a la que más temprano que tarde,
habrá de enfrentarse a cara descubierta y la templanza necesaria para empezar a
recibir durísimas críticas, desde los muchos y variados frentes que en estos
momentos, tiene abiertos.
Su obcecación en llegar al poder, puede estarle nublando el
entendimiento y parece llegada la hora de que alguien le aclare que ni España
es Andalucía, ni ella tiene el empaque que caracterizaba a algunos de sus
predecesores, ni el bagaje cultural necesario, `para soportar los vientos que
se avecinan.
La ambición, que en dosis moderadas resulta ser una virtud,
cuando es excesiva y maliciosa, se transforma en un gran defecto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario