miércoles, 8 de febrero de 2017

Lejos de casa


Entre los principales protagonistas de la guerra abierta que existe en el PSOE, Susana Díaz es, con mucho, la más convencida de que está en su mano solucionar los gravísimos problemas que afligen a su Partido, quizá porque pertenece a un territorio que tradicionalmente se ha inclinado siempre por el voto a los socialistas, ganando así, en el seno de la Formación, un peso que durante años ha servido para que muchas de las decisiones que se tomaban en Ferraz, vinieran dictadas desde Andalucía.
De ahí su osadía al protagonizar el triste golpe de Estado que apeó a Pedro Sánchez de su cargo, con subterfugios nunca antes conocidos y esa altanería descarada que utiliza cada vez que tiene ocasión, tanto si ofrece un mitin ante sus seguidores, como si se dirige a la prensa.
Pensar que todo el terreno está ganado y ridiculizar a sus contendientes en las primarias, asumiendo que sólo ella será capaz de remendar el alma del PSOE, devolviéndole su pasada grandeza, parece constituir sin embargo, un gravísimo error, pues la opinión que se tiene de Díaz, cuando se encuentra lejos de casa, dista mucho de ser precisamente de admiración, pues más bien se la considera una especie de traidora a su causa, ya que de todos es sabido que el apoyo prestado a Rajoy para su investidura, fue una orden tajante de la actual Presidenta andaluza y de la cohorte de barones que adulan reiteradamente su liderazgo, por miedo a perder las privilegiadas posiciones que junto a ella mantienen, aunque el Partido ya no se parezca en nada, al que creara Pablo Iglesias.
Con este convencimiento, anda Díaz enfrascada en plena campaña de primarias, aunque aún no haya reconocido si presentará su candidatura o continuará con su labor en Andalucía y segura de su triunfo, llega próximamente a Madrid, precedida de la publicidad gratuita que de su persona hacen sus incondicionales y los miembros de la gestora que ella misma nombró a dedo, esperando ser recibida a bombo y platillo por una multitud predispuesta a rendirle pleitesía, para que pueda demostrar a Sánchez y a López, cuál es el peso de su fuerza y que nada tienen que hacer ante esta salvadora de patrias a la que últimamente las presiones ciudadanas le están ganando batallas, por mucho que ella no quiera reconocer que estos movimientos sirvan de nada, como ha demostrado a menudo, por su mala relación con Podemos.
El batacazo podría ser mayúsculo si las corrientes socialistas de Madrid, tradicionalmente posicionadas al lado de Sánchez, se empeñan  en boicotearle el acto y consiguen hacer ruido, a las puertas de dónde se celebre, dejándole muy claro que ni la capital, ni el resto de las comunidades españolas tienen nada que ver con su feudo en Andalucía y que allí debería permanecer, si quiere terminar su carrera política con buen pie y no arruinarla para siempre, con absurdos sueños de grandeza.
Porque López y Sánchez no parece que vayan a ser convidados de piedra en esta fiesta que organiza Susana para su propio enaltecimiento personal, en un momento como éste, ni el mapa político del país se parece absolutamente en nada, al que encontraron sus compañeros en el pasado, cuando no existían, ni Ciudadanos, ni Podemos.
Naturalmente, los partidarios de Sánchez van a emplear toda la artillería y no les faltará razón, si una vez entrados en faena, sacan a relucir  las vergüenzas que la andaluza lleva tratando de ocultar desde que comenzara la crisis de su Partido y que bien podrían acarrearle una pérdida notable de credibilidad, ante un electorado, ya de por sí, desencantado con la manera de actuar de esta gestora, demasiado transigente con el principal de sus enemigos políticos.
Envuelta en una nube de celofán, llevada en volandas por sus más fieles y sumisos seguidores, a Susana Díaz le falta, me parece, la capacidad de analizar fríamente la realidad, a la que más temprano que tarde, habrá de enfrentarse a cara descubierta y la templanza necesaria para empezar a recibir durísimas críticas, desde los muchos y variados frentes que en estos momentos, tiene abiertos.
Su obcecación en llegar al poder, puede estarle nublando el entendimiento y parece llegada la hora de que alguien le aclare que ni España es Andalucía, ni ella tiene el empaque que caracterizaba a algunos de sus predecesores, ni el bagaje cultural necesario, `para soportar los vientos que se avecinan.

La ambición, que en dosis moderadas resulta ser una virtud, cuando es excesiva y maliciosa, se transforma en un gran defecto.

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