Votan los adscritos a podemos, con el corazón dividido y con
la sensación de estar traicionando al candidato al que dejan atrás, pues a la
mayoría les hubiera gustado que Iglesias y Errejón hubieran llegado a un
acuerdo, por aquello de que el tándem que formaron en el pasado consiguió
levantar auténticas pasiones en un electorado, desencantado con la indiferencia
que hacia la sociedad demostraban con sus hechos, los viejos políticos.
Votan, con la ilusión de que los resultados, sean los que
fueren, logren potenciar la unidad y muchos de ellos, rompiendo por lo sano, se
decantan por los anticapitalistas de Urbán y Rodriguez, que son los únicos que
parecen haber mantenido una postura coherente con los principios que siempre
defendieron y que pueden, si nada lo remedia, ofrecer una tercera vía, lejos de
las luchas fratricidas que tanto dañan la imagen de un Partido, nacido de los
movimientos asamblearios en los que todas las opiniones merecen respeto.
Votan, por primera vez, con la cabeza, en lugar de con el
corazón y habiendo analizado con
minuciosidad las propuestas de estos dos candidatos que han tratado de
defenderse ante los medios, cada uno como buenamente ha podido y tratando
además, de leer entre líneas la naturaleza de los mensajes que lanzan, quizá por la
costumbre adquirida durante los últimos años, cuando hablaban los
bipartidistas, de que todo parece tener una doble intención que dista mucho de
lo que se dice, sobre todo, para evitar después, amargas sorpresas.
Muchos, hay que decir, se han dado de bruces con los estragos
que en todo produce el poder y han sufrido un enorme disgusto al comprobar que
aquellos en los que creyeron y en quiénes confiaron, son también, susceptibles
de equivocarse en la forma de manejar las dificultades que surgen en todas las
Formaciones políticas y que casi siempre, acaban separando, más que uniendo,
porque a todos nos gusta que prevalezca nuestro criterio, como humanos que
somos, por encima del de los otros.
Expectantes ante lo que pueda suceder, en cuanto termine el
Congreso, la confianza en que el futuro de Podemos pueda mejorar los resultados
obtenidos hasta ahora, en otros comicios, se diluye en un mar de dudas que no
resuelven los mensajes cruzados que continúan lanzándose Iglesias y Errejón,
como si nunca se hubieran conocido y se duelen de que todas las ilusiones que
pusieron en ellos, cuando formaban un equipo que les parecía indestructible e
imparable, hayan de ser aplazadas sin
remedio, por culpa de esta incomprensible batalla en la que no sólo intervienen
los dos protagonistas principales, sino también, multitud de figuras secundarias que no hacen otra cosa
que empeorar, lo que ya de por sí, está empezando a resultar esperpéntico.
Tirar por la borda lo ganado, ofrecer a la gente la imagen
deteriorada de la única izquierda que parecía tener posibilidades para
desbancar a Rajoy y abusar de personalismos incompatibles con la participación
de los ciudadanos en los asuntos de gobierno, parece demasiado arriesgado para
una Formación de tan corta existencia y
que se juega en esta partida su permanencia o no en el Parlamento, pues la
voluntad de los electores es volátil y puede cambiar radicalmente, por asuntos
de una importancia mucho menor que éste.
En esta tesitura, sólo cabe esperar que el espíritu
democrático de Iglesias y Errejón, al menos, permanezca intacto dentro de ellos
y que uno u otro, ganador o perdedor, sean capaces de aceptar con deportividad
lo que sus adscritos decidan, comprendiendo que el proyecto ha de estar,
necesariamente, por encima de las personas y los equipos, por el bien de este
País, al que todos dicen amar, pero por el que nadie lucha a corazón abierto,
renunciando a sillones y privilegios.
Que así sea.

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