martes, 7 de febrero de 2017

Subiendo peldaños


Saca pecho el independentismo catalán y consigue que cincuenta mil personas acompañen a Artur Mas, hasta las mismas puertas del Juzgado, intentando demostrar que ni estuvo sólo cuando se decidió a convocar el pseudo referéndum del nueve de Noviembre, ni por supuesto lo estará en cualquier medida que se atreva a tomar en el futuro, aunque eso le cueste una ruptura total con los dirigentes de un Estado español, que parecen incapaces de encauzar el problema por otro camino que no sea el judicial, como han venido haciendo hasta ahora.
Así es como hemos llegado hasta aquí, en medio del cruce de reproches y acusaciones que lanzan unos contra otros, sin ceder lo más mínimo en ninguna de sus posiciones de inicio y creando, cada cual desde su posición de poder, una sórdida guerra entre ciudadanos, que ha convertido el asunto territorial, en una prioridad capaz de enterrar bajo su manto de fanatismo, todas las dificultades por las que catalanes y españoles estamos atravesando a la par, como si el paro, los recortes de libertades, la marginación y la merma de derechos fundamentales, dependieran únicamente de las banderas y no de la espantosa gestión que los dirigentes de uno y otro lado están llevando a cabo, desde que asumieron las labores de gobierno.
No se puede, sino pensar que en realidad no interesa solucionar el problema y que tanto Rajoy, como Puigdemont, prefieren esconder sus vergüenzas políticas bajo la intolerancia de la radicalidad de su españolidad y su catalanismo, mientras las gravísimas dificultades que atraviesa la gente, quedan enquistadas, año tras año, sin que nadie consiga recuperar la vida digna que le han hecho perder, en el transcurso de esta interminable crisis.
Y no es verdad que por ninguna de las dos partes haya voluntad de diálogo, pues ni siquiera se plantean la necesidad de oír las reclamaciones de los otros, quizá porque han decidido hace tiempo que les va mucho mejor batallando en un campo que no sólo no impide la gobernabilidad, sino que les permite continuar por el camino marcado desde Europa, sin que queden al descubierto otros frentes mucho más escabrosos de lidiar y que probablemente generarían una oposición mucho mayor, que la que acarrea el tema de la independencia.
Porque al fin y al cabo, ¿qué diferencia la vida de un catalán medio de la de un español, si se analiza la rutina diaria de los dos individuos?
Ambos, han tenido que ver cómo se les esfumaba su estado de bienestar, a raíz de las reformas aprobadas, muchas veces con el apoyo conjunto de los Partidos en liza, han perdido a la vez, en numerosísimas ocasiones, sus puestos de trabajo, quedando condenados a un paro eterno del que no consiguen salir, sufren la misma clase de pobreza energética, son al alimón, desahuciados de sus viviendas, si dejan de pagar los recibos de la hipoteca y soportan al unísono, los enormes recortes impuestos en Educación y Sanidad, sin que haya ningún tipo de distinción, entre los territorios aludidos.
Que todo esto ocurra en España o en Cataluña, adorando a la roja y gualda o a la señera, hablando castellano o catalán y existiendo o no una frontera que los separe y que marque sus naturales diferencias, resulta ser significativo, cuando las similitudes entre los conflictos que se padecen son tantas y evidentes.
Pensar que con independencia quedarán inmediatamente resueltas todas estas dificultades y que por el mero hecho de constituirse en nación, Cataluña logrará escapar de esta política globalizada que se nos impone mundialmente, no deja de ser una ilusión que terminará por estrellarse contra el muro infranqueable de la intolerancia europea, exactamente igual que le pasó a Grecia.
Mucho convendría pues a Rajoy abandonar su intransigencia y empezar a pensar en la posibilidad de conceder legalidad al Referendum que se reclama de manera tan elocuente, al menos, para que quede claro cuántos catalanes apoyan de verdad la iniciativa y cuántos, una vez sopesados los pros y los contras que acarrearía el hecho de ser independientes, votarían a favor, sin tener la seguridad absoluta de que su situación personal no se vería seriamente perjudicada, si finalmente se lograra este sueño.



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