Se llamaba Samuel y había caminado más de cinco mil
Kilómetros con su madre, huyendo del hambre y del terror y algún desalmado le
cobró por subir a una lancha neumática, junto a otros ocupantes, para intentar
cruzar el Estrecho, en pos de un paraíso europeo en el que la opulencia y la
incomprensión se mueven a la par, aunque eso lo comprenden esos inmigrantes,
sólo cuando pisan nuestro suelo.
Acabó ahogado en una playa de Barbate, en la que le descubrió
un hombre que probablemente no podrá olvidar la escena durante el resto de su
vida y tratando de evitar odiosas comparaciones con la muerte de aquel otro
niño, cuya imagen recorrió el mundo entero, las autoridades intentaron
silenciar el suceso, tratando de hacerle desaparecer, como si nunca hubiera
existido.
Puede que para ellos este niño no sea sino uno más de los
miles de héroes anónimos cuyos cadáveres se tragaron las aguas que nos separan
de África y que han convertido esta peligrosa travesía en una inmensa fosa
común, en la que yacen para siempre, hombres y mujeres, que suelen representar,
en general, un grave problema con el que no quieren bregar los Gobiernos, pero
para nosotros, iguales en esencia a estos seres humanos que tuvieron la mala
suerte de nacer en lugares donde la guerra, la miseria y el horror, parecen
haberse instalado de manera perpetua, Samuel se parece demasiado a cualquiera
de nuestros hijos y merece, por tanto, al menos, el respeto de que se conozca
su nombre, para que le podamos llorar todos aquellos que hubiéramos deseado que
hubiera llegado sano y salvo, a cualquiera de nuestros puertos.
Resulta por tanto incomprensible y atroz, tratar de
sepultarle en una tumba de olvido y de silencio, escondiendo su pequeña figura
inerte en esta playa, a la mirada de los ciudadanos, que afortunadamente aún
conservamos intacta la conciencia, quizá con la intención de que no podamos
exigir un trato infinitamente más humano con los que buscan asilo entre
nosotros y sólo encuentran muros y fronteras.
Este primer cuarto de siglo, sin duda será recordado por eso
y en algún momento, los prepotentes políticos europeos habrán de rendir cuentas
sobre su intolerancia con los problemas de esta gente y también con la
imperdonable vergüenza que supone, haber cerrado a cal y canto, nuestras
puertas.
También a los nuestros les llamará la historia al orden, por
la indiferencia demostrada durante los tiempos que ahora vivimos y quedarán, en
la memoria de las próximas generaciones, marcados a fuego, por la intolerancia
demostrada con todos los que como Samuel, murieron en el intento.
La terrible soledad de este niño, sobre la arena, tendría que
bastar para que se reconsideraran muy seriamente nuestras leyes de inmigración
y sobre todo, para que historias como la suya, no vuelvan a repetirse jamás, en
toda la tierra.
Exigirlo, está en nuestras manos, al menos, para poder mirar
a los ojos a nuestros niños, sin tener que ruborizarnos por nuestra pasividad
ante esta plaga de destrucción y muerte.

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