No pudo ser. Triunfaron los partidarios de la abstención,
tras un esperpéntico Comité Federal y se
certificó la muerte política de Pedro Sánchez, a última hora de la tarde en
Ferraz, sin que en ningún momento se tuvieran en cuenta las voces que llegaban
desde la calle, en apoyo de un Secretario General, sacrificado por la traición
de sus propios compañeros.
Los votos de 133 miembros dispuestos a seguir dócilmente la
senda marcada por Susana Díaz, que cegada por su propia ambición no ha dudado
un momento en hacer trizas a su Partido, consumaron un acto que se había venido
preparando al detalle, prácticamente desde el mismo instante en que las bases
invistieron a Sánchez como Secretario General y pudo empezar a comprobarse que
no estaba dispuesto a seguir, sin preguntas, las directrices que se le imponían
desde Andalucía, pecando osadamente contra la obediencia debida a los barones,
que desde los tiempos de Felipe González, manejan el PSOE, a su modo y manera.
La poca pericia en la truculencia de las trastiendas
políticas y la ingenuidad de pensar que los triunfos han de caer,
necesariamente, del lado de los justos, a la vez que la audacia de desafiar de
frente a un poder establecido durante más de veinticinco años en una cómoda
estabilidad, aceleraron un proceso que podía haber esperado algo más, por si
Sánchez caía por sí solo, empujado por la terrible pérdida de votos que ha
venido sufriendo, pero que la impaciencia de la lideresa andaluza y la mal
intencionada intervención del ex presidente González, forzaron a ocurrir, aquí
y ahora, cortando de raíz cualquier esperanza de gobierno de progreso que
hubieran podido albergar los ciudadanos.
Ha quedado muy claro,
sin embargo, que la opinión de las bases que conforman este Partido con más de
cien años de existencia, no significa nada para los que mayoritariamente lo
gobiernan y que de tanto hacerlo, sin encontrar oposición alguna, han llegado a
asumir un sentido de la propiedad, que convierte al PSOE en una marioneta
manejada por unos cuantos barones feudales, que consideran a los militantes
como a aquellos siervos de la gleba, concebidos sólo para el trabajo y la
tributación, aunque en un momento histórico en el que los hombres,
afortunadamente, ya no pueden ser esclavizados por los designios de los más
poderosos.
La solución urdida ayer tarde en Ferraz, que puede que
contente y mucho a Díaz y a los suyos, por haber conseguido apartar al que
consideraban su enemigo, a través de una votación pseudo democrática organizada
por las clases dominantes, no puede
impedir, sin embargo, que la fractura en dos, abierta en el seno de la
Formación a la que tanto dicen amar, sea un hecho innegable que va a costar
dios y ayuda recomponer, sobre todo por la imagen que acaban de ofrecer a unos
ciudadanos, cuyos votos serán, en definitiva, los que otorguen el bastón de
mando, a quién consideren.
Pedir confianza en la limpieza o en la lealtad, empuñando el
cuchillo aún ensangrentado, con el que se perpetró la traición, no puede ser,
sino una muestra innegable de cinismo que indica, con meridiana claridad, hasta
dónde estarían dispuestos a llegar estos que se presentan como salvadores y qué
se podría esperar de ellos, si alguna vez, para desgracia nuestra, pudieran
llegar a gobernar este país, que no otro que el nuestro.
Su victoria, pírrica dónde las haya y plagada de acciones
contrarias a cualquier atisbo de auténtica democracia interna, pues se ha
robado a la militancia su derecho a opinar, no tardará en traer, para ellos,
nefastas consecuencias.
Pedro Sánchez, efectivamente, se va. Pero deja detrás, toda
una masa ingente de partidarios que o se plantean dejar, a partir de ahora el
PSOE, o se enrocan en su postura ofreciendo resistencia a lo largo y ancho del
territorio nacional, hasta conseguir, en un próximo Congreso, dilapidar a los
conjuradores.
El tiempo en el que ahora vivimos, nada tiene que ver con el
que vivieron las viejas glorias socialistas, tan amantes de viejas tradiciones.
El 15M, abrió la puerta de la participación ciudadana en los asuntos de los
Partidos y de los Estados y el hecho de haber entendido que la unión hace la
fuerza, se ha encargado de echar por tierra todas las teorías de esa arcaica
política que durante años manejó nuestra voluntad, permitiéndonos abrir un camino,
que entre todos, seguimos construyendo.
La fuerza de la razón y sobre todo, la fuerza de la gente,
demostrará más temprano que tarde el gravísimo error político y humano que han
cometido estos conspiradores y la historia, implacable con todos, se encargará
de ofrecer a los que vengan después, una versión global de lo ocurrido,
asignando a cada cual el papel que le haya correspondido, en este episodio de
ahora.
Los socialistas españoles, los de verdad, no merecían un
epitafio como este.

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