lunes, 10 de octubre de 2016

Agresión en la escuela


Ensimismados en nuestros propios problemas personales, tal vez muchos de nosotros no damos suficiente importancia a la aparición de noticias que suceden a nuestro alrededor, cada vez con mayor asiduidad, sin pararnos a considerar que su contenido puede dar una idea bastante clara de qué clase de mundo estamos creando y en qué clase de personas estamos convirtiendo a nuestros hijos, prácticamente desde la cuna.
Leer que una niña de ocho años ha sido brutalmente agredida por sus compañeros de escuela y que ha tenido que ser hospitalizada con el cuerpo deshecho por la paliza recibida, puede ser la prueba de que lo mencionado anteriormente se está convirtiendo en una realidad, que acontece ante nuestros ojos, sin que de ningún modo pueda justificarse que este tipo de cosas sigan ocurriendo.
La costumbre bastante extendida de adjudicar la culpabilidad de estos sucesos a los responsables de los Colegios, bien por la falta de vigilancia que se establece por turno en los patios, bien por no haber detectado que el acoso estaba sucediendo, no hace, sino enterrar la verdadera responsabilidad de que nuestros hijos se decanten por este tipo de conducta, haciendo de la agresividad y la violencia, una especie de doctrina que les sirve de vehículo para llegar a una madurez, en la que probablemente ya será tarde para detener su camino hacia la delincuencia.
Qué puede mover a unos niños de tan corta edad a cebarse con saña contra sus compañeros de clase, merece una milimétrica reflexión sobre lo que está ocurriendo en el seno de las familias y pone en entredicho  la forma de educar que están adoptando estos padres y madres trabajadores que apenas tienen tiempo para dedicar a la observación de sus hijos, como para no ser en absoluto conscientes de lo que son capaces de hacer, o de cómo han llegado a producirse tales desequilibrios.
Contra lo que se cree, no son los profesores los encargados de moldear el carácter de los pequeños, sino que esa labor, difícil y sobre todo cotidiana, corresponde enteramente a unos progenitores, que en infinidad de ocasiones anteponen descaradamente su futuro profesional, a la obligación de educar, delegando todas las funciones, en abuelos canguro que ya no tienen ni fuerzas, ni ganas, de otra cosa que mimar a esos nietos.
Muchas de estas parejas, permítanme la crudeza, ni siquiera conocen a unos hijos, que pasan mayoritariamente el tiempo entre las aulas matinales, las actividades extraescolares y las casas de los abuelos, creciendo con un vacío paternal, que nada en el mundo puede sustituir y que multiplica por mil las posibilidades de que sus conductas se perviertan, al carecer de guía.
Nada ayuda tampoco, la recomendación permanente de los profesionales que apelan al diálogo permanente, prescindiendo de una disciplina, que sin llegar a la severidad, resulta ser absolutamente imprescindible, para el futuro desarrollo personal de aquellos a los que estamos convirtiendo, en infinidad de ocasiones, en auténticos tiranos, a los que toleramos actitudes inexcusables.
Y sin embargo, en esta sociedad que vivimos, cada vez es más frecuente  oír que los menores se quejan de vivir en una inaceptable soledad, que sólo se rompe durante las pocas horas que duran los fines de semana y algunas veces, ni siquiera eso.
Claro que es muchísimo más cómodo delegar en otros, culpabilizando a abuelos y profesores, cuando ocurren este tipo de sucesos y continuar haciendo una imperdonable dejación de unas funciones que son inherentes a una paternidad, que sin embargo ahora se asume, sólo parcialmente.
Verdad es que la conciliación familiar se ha coinvertido en un grave problema, pero cuando se pregunta sobre sus principales preocupaciones a los ciudadanos, uno descubre con estupefacción, que esta circunstancia jamás figura entre las más citadas por la gente. Quizá por esa razón, el Estado relega abordar con mayor celeridad, la resolución del conflicto.
La solución, que a juzgar por los hechos que nos ocupan, parece estar aún bastante lejos, pasa sin embargo por que se empiece a considerar la paternidad como un hecho trascendental en el que hay que implicarse, en cuerpo y alma, desde el mismo momento en que se produce, comenzando a olvidar un poco, esa manera de abordarla contando a priori con la dedicación absoluta de terceros, cuya labor no es, en absoluto, ni obligatoria, ni conveniente.
Así, quizá debiéramos tener, sólo aquellos hijos de los que verdaderamente nos podamos ocupar, considerando, antes de lanzarnos de cabeza a ser padres, que no basta con ofrecerles un bues estatus económico y alguna que otra sonrisa esporádica, cuando nos queda tiempo, sino que los niños, han de ser necesariamente tutelados, vigilados, dirigidos y en definitiva educados, única y exclusivamente, por nosotros mismos.
Las fotos de la niña de ocho años ingresada en el hospital, merece al menos, una autocrítica severa sobre nuestra manera de afrontar la educación de nuestros propios hijos y una voluntad férrea de cumplir esa parcela de responsabilidad que nos corresponde en exclusiva, pues los hijos no son de nadie, sino nuestros.



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