Ensimismados en nuestros propios problemas personales, tal
vez muchos de nosotros no damos suficiente importancia a la aparición de
noticias que suceden a nuestro alrededor, cada vez con mayor asiduidad, sin
pararnos a considerar que su contenido puede dar una idea bastante clara de qué
clase de mundo estamos creando y en qué clase de personas estamos convirtiendo
a nuestros hijos, prácticamente desde la cuna.
Leer que una niña de ocho años ha sido brutalmente agredida
por sus compañeros de escuela y que ha tenido que ser hospitalizada con el
cuerpo deshecho por la paliza recibida, puede ser la prueba de que lo
mencionado anteriormente se está convirtiendo en una realidad, que acontece
ante nuestros ojos, sin que de ningún modo pueda justificarse que este tipo de
cosas sigan ocurriendo.
La costumbre bastante extendida de adjudicar la culpabilidad
de estos sucesos a los responsables de los Colegios, bien por la falta de
vigilancia que se establece por turno en los patios, bien por no haber
detectado que el acoso estaba sucediendo, no hace, sino enterrar la verdadera
responsabilidad de que nuestros hijos se decanten por este tipo de conducta,
haciendo de la agresividad y la violencia, una especie de doctrina que les
sirve de vehículo para llegar a una madurez, en la que probablemente ya será
tarde para detener su camino hacia la delincuencia.
Qué puede mover a unos niños de tan corta edad a cebarse con
saña contra sus compañeros de clase, merece una milimétrica reflexión sobre lo
que está ocurriendo en el seno de las familias y pone en entredicho la forma de educar que están adoptando estos
padres y madres trabajadores que apenas tienen tiempo para dedicar a la
observación de sus hijos, como para no ser en absoluto conscientes de lo que
son capaces de hacer, o de cómo han llegado a producirse tales desequilibrios.
Contra lo que se cree, no son los profesores los encargados
de moldear el carácter de los pequeños, sino que esa labor, difícil y sobre
todo cotidiana, corresponde enteramente a unos progenitores, que en infinidad
de ocasiones anteponen descaradamente su futuro profesional, a la obligación de
educar, delegando todas las funciones, en abuelos canguro que ya no tienen ni
fuerzas, ni ganas, de otra cosa que mimar a esos nietos.
Muchas de estas parejas, permítanme la crudeza, ni siquiera
conocen a unos hijos, que pasan mayoritariamente el tiempo entre las aulas matinales,
las actividades extraescolares y las casas de los abuelos, creciendo con un
vacío paternal, que nada en el mundo puede sustituir y que multiplica por mil
las posibilidades de que sus conductas se perviertan, al carecer de guía.
Nada ayuda tampoco, la recomendación permanente de los
profesionales que apelan al diálogo permanente, prescindiendo de una
disciplina, que sin llegar a la severidad, resulta ser absolutamente
imprescindible, para el futuro desarrollo personal de aquellos a los que estamos
convirtiendo, en infinidad de ocasiones, en auténticos tiranos, a los que
toleramos actitudes inexcusables.
Y sin embargo, en esta sociedad que vivimos, cada vez es más
frecuente oír que los menores se quejan
de vivir en una inaceptable soledad, que sólo se rompe durante las pocas horas
que duran los fines de semana y algunas veces, ni siquiera eso.
Claro que es muchísimo más cómodo delegar en otros,
culpabilizando a abuelos y profesores, cuando ocurren este tipo de sucesos y
continuar haciendo una imperdonable dejación de unas funciones que son
inherentes a una paternidad, que sin embargo ahora se asume, sólo parcialmente.
Verdad es que la conciliación familiar se ha coinvertido en
un grave problema, pero cuando se pregunta sobre sus principales preocupaciones
a los ciudadanos, uno descubre con estupefacción, que esta circunstancia jamás
figura entre las más citadas por la gente. Quizá por esa razón, el Estado
relega abordar con mayor celeridad, la resolución del conflicto.
La solución, que a juzgar por los hechos que nos ocupan,
parece estar aún bastante lejos, pasa sin embargo por que se empiece a
considerar la paternidad como un hecho trascendental en el que hay que
implicarse, en cuerpo y alma, desde el mismo momento en que se produce,
comenzando a olvidar un poco, esa manera de abordarla contando a priori con la
dedicación absoluta de terceros, cuya labor no es, en absoluto, ni obligatoria,
ni conveniente.
Así, quizá debiéramos tener, sólo aquellos hijos de los que
verdaderamente nos podamos ocupar, considerando, antes de lanzarnos de cabeza a
ser padres, que no basta con ofrecerles un bues estatus económico y alguna que
otra sonrisa esporádica, cuando nos queda tiempo, sino que los niños, han de
ser necesariamente tutelados, vigilados, dirigidos y en definitiva educados,
única y exclusivamente, por nosotros mismos.
Las fotos de la niña de ocho años ingresada en el hospital,
merece al menos, una autocrítica severa sobre nuestra manera de afrontar la
educación de nuestros propios hijos y una voluntad férrea de cumplir esa
parcela de responsabilidad que nos corresponde en exclusiva, pues los hijos no
son de nadie, sino nuestros.

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