La celebración de los actos de la llamada Fiesta nacional
vuelve a dividir la opinión de nuestros políticos y el concepto de patriotismo
adquiere de pronto una importancia inesperada, que en un caso pasa por la
exaltación de símbolos y banderas y en otros, simplemente por procurar el
bienestar para los ciudadanos que poblamos este país, al margen de parafernalias
y aditamentos.
Ya otro años, se había criticado la ausencia de vascos y
catalanes a la recepción organizada por el Rey con este motivo, pero que Podemos
e IU hayan decidido sumarse a esta especie de rebelión, ha causado un enorme
revuelo entre los representantes de los Partidos tradicionales y muy
fundamentalmente entre los del PP, que hace ya tiempo que se auto convencieron
de ser los principales garantes de una españolidad, que para otros muchos, ha
quedado definitivamente obsoleta.
Curiosas imágenes dejó sin embargo la asistencia a un desfile
de las Fuerzas Armadas, absolutamente deslucido por los rigores del tiempo,
pero que bien podría considerarse como una muestra gráfica de lo que se cuece
estos días previos a la próxima Sesión de Investidura, que seguramente tendrá
lugar, a finales del mes que corre.
El saludo entre Susana Díaz y Mariano Rajoy, cargado de una
complicidad prácticamente impensable hasta ahora, por las divergencia de
pensamientos y el curioso acercamiento entre Rafael Hernando y Antonio Hernando,
que ha ejercido como portavoz del PSOE
con Pedro Sánchez y que ha sobrevivido, no se sabe cómo, a la purga de los
últimos días, no dejaban lugar a dudas sobre la posible abstención socialista,
confirmando todos los pronósticos que se
han venido barajando en los medios, desde que se produjeran los sucesos de
Ferraz, hace ya casi dos semanas.
Esa repentina amistad
y no las ausencias de determinados grupos políticos, se convirtió en la
protagonista de la jornada, no sin causar cierto estupor entre los que estamos
acostumbrados a considerar a PP y PSOE, enemigos por tradición y por
convencimiento, causando también auténtico asombro entre una buena parte de la
militancia socialista, que esperaba aún, con cierta ingenuidad, que se pudiera
mantener el no a una Investidura, imposible de conseguir de otro modo y que
coronará como Presidente de Gobierno, al mismo contra el que se ha luchado
duramente durante los últimos cuatro años, en el Parlamento.
Los acercamientos de ayer, las miradas que se cruzaron entre
los antiguos contendientes y hasta el hecho de compartir paraguas durante la
celebración del desfile, parecen sellar definitivamente un acuerdo, por el que
la vieja guardia socialista, con Felipe González a la cabeza, venía apostando casi desde el
principio y que ya veremos si no se transforma finalmente en el ansiado
Gobierno de coalición que tanto agrada a los conservadores, durante la próxima
legislatura.
Por tanto, todas las esperanzas que pusieron los grupos de
izquierdas y que pasaban por un gran pacto que propiciara un Gobierno de cambio
y de progreso, quedan irremediablemente enterradas bajo el manto protector de
estos patrioteros amantes de banderas y tradiciones, que no han podido elegir
un día más significativo, para sellar tácitamente, su curioso acuerdo.
Los que no tenían ayer nada que celebrar, los que han sufrido
y sufren los espantosos efectos de la crisis, sólo pudieron asumir que su
tragedia, de momento, no tendrá fin y con toda probabilidad, se preguntaron por
qué los que tenían en sus manos los medios para desterrar sus penurias, se
rindieron ante la erótica del poder, sin considerar, ni siquiera por un
momento, la dureza de sus sufrimientos.

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