domingo, 23 de octubre de 2016

Amarga victoria


La decisión adoptada por el Comité Federal del PSOE este domingo y que acepta sumisamente la abstención ante la investidura de Mariano Rajoy, por 139 votos a favor y 96 en contra, supone para el socialismo español una ruptura efectiva con la carga ideológica que ha sido el motor de este Partido, durante ciento treinta y siete años y le empuja a una flagrante contradicción de la que le va a resultar muy difícil escapar en los tiempos que se avecinan, arrebatándole también  toda la credibilidad que había ganado ejerciendo una oposición que quedará prácticamente difuminada, en el mismo momento en que se produzca su apoyo incondicional a la derecha.
Miles de militantes socialistas, que durante los días previos a la celebración de este Comité Federal y hoy mismo, a través de las redes y presencialmente en la calle, han venido manifestando su disconformidad con la propuesta que han propiciado los adeptos a Susana Díaz, tendrán ahora que elegir entre continuar militando en un Partido que sin haber contado con su opinión, se desdice de todo el programa que presentaron durante la campaña de las últimas elecciones, o empezar una nueva andadura en otras formaciones, cuyas acciones concuerden más con la naturaleza de sus propios pensamientos.
Hacia las dos de la tarde, el Presidente de la gestora impuesta tras el golpe de mano que derrocara a Pedro Sánchez hace un par de semanas, Javier Fernández, ofrecía una rueda de prensa en la que empezaba a dejar entrever que a pesar de la fuerte contestación que habían recibido los partidarios de la abstención, se abogaba por ser inflexibles con una disciplina de voto, que muchos de los objetores ya han anunciado que no acatarán, por considerar que significaría renunciar a unos principios que consideran como inherentes a las reglas del socialismo.
Sin que existan por tanto posibilidades de alcanzar un acuerdo, los dos grandes bloques que cohabitan en el PSOE y cuya existencia trataba de negar inútilmente, hace sólo unos días, la Presidenta andaluza, eligen caminos distintos para afrontar el momento de la investidura de Rajoy, sin que los primeros están dispuestos a perdonar la insubordinación de sus compañeros, ni los segundos la traición que se infringe a la voluntad de los votantes de su Partido y a la suya propia, al propiciar la llegada al poder del que ha sido el principal responsable de las políticas de recortes practicadas en los últimos años y la cabeza de un Partido cercado por los intolerables  casos de corrupción que se han producido, bajo su etapa  como Presidente.
Convertidos en enemigos irreconciliables, los socialistas deberán afrontar durante la próxima legislatura la desagradable labor de sentarse los unos junto a los otros en el Parlamento e incluso la de formar parte de un grupo parlamentario fuertemente dividido, que habrá de gestionar problemas que afecten a la totalidad del país, sin haber sido capaces de ponerse de acuerdo entre ellos mismos.
Esta particular circunstancia, que con toda seguridad será hábilmente aprovechada por sus oponentes políticos y muy especialmente  por Podemos,  confiere al PSOE una situación de extrema debilidad, que sugiere un retroceso en su realidad, de incalculables consecuencias.
Si pensaba Susana Díaz que su camino hacia el liderazgo del PSOE sería un camino de rosas y que aterrizaría en Madrid aclamada por sus compañeros, está claro que no sólo se equivocaba en la manera en que ha planteado la jugada, sino que además, ha potenciado la aparición de otras figuras, hasta ahora poco conocidas, como Iceta, que bien podrían disputarle y ganarle el puesto por la mano, apoyados por una militancia a la que ella ha ignorado sistemáticamente.
Arduo  también, el camino que espera a la izquierda real durante la próxima legislatura, teniendo no sólo que oponerse a su enemigo natural, sino también, a esta facción del PSOE que ha encontrado en su derechización, una vía para mantener privilegios que no se resignan a perder, ni siquiera por el bien de los ciudadanos.
La amarga victoria de los abstencionistas, sacude hoy la conciencia de la izquierda española, que aún se pregunta en qué momento y por qué se hicieron trizas sus sueños de alcanzar, entre todos, un acuerdo.
Quizá habría que pensar que todos aquellos que hoy se apean de este tren, en realidad nunca debieron cogerlo.



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