La decisión adoptada por el Comité Federal del PSOE este
domingo y que acepta sumisamente la abstención ante la investidura de Mariano
Rajoy, por 139 votos a favor y 96 en contra, supone para el socialismo español
una ruptura efectiva con la carga ideológica que ha sido el motor de este Partido,
durante ciento treinta y siete años y le empuja a una flagrante contradicción
de la que le va a resultar muy difícil escapar en los tiempos que se avecinan,
arrebatándole también toda la credibilidad
que había ganado ejerciendo una oposición que quedará prácticamente difuminada,
en el mismo momento en que se produzca su apoyo incondicional a la derecha.
Miles de militantes socialistas, que durante los días previos
a la celebración de este Comité Federal y hoy mismo, a través de las redes y
presencialmente en la calle, han venido manifestando su disconformidad con la
propuesta que han propiciado los adeptos a Susana Díaz, tendrán ahora que
elegir entre continuar militando en un Partido que sin haber contado con su
opinión, se desdice de todo el programa que presentaron durante la campaña de
las últimas elecciones, o empezar una nueva andadura en otras formaciones,
cuyas acciones concuerden más con la naturaleza de sus propios pensamientos.
Hacia las dos de la tarde, el Presidente de la gestora
impuesta tras el golpe de mano que derrocara a Pedro Sánchez hace un par de
semanas, Javier Fernández, ofrecía una rueda de prensa en la que empezaba a
dejar entrever que a pesar de la fuerte contestación que habían recibido los
partidarios de la abstención, se abogaba por ser inflexibles con una disciplina
de voto, que muchos de los objetores ya han anunciado que no acatarán, por
considerar que significaría renunciar a unos principios que consideran como
inherentes a las reglas del socialismo.
Sin que existan por tanto posibilidades de alcanzar un
acuerdo, los dos grandes bloques que cohabitan en el PSOE y cuya existencia
trataba de negar inútilmente, hace sólo unos días, la Presidenta andaluza,
eligen caminos distintos para afrontar el momento de la investidura de Rajoy,
sin que los primeros están dispuestos a perdonar la insubordinación de sus
compañeros, ni los segundos la traición que se infringe a la voluntad de los
votantes de su Partido y a la suya propia, al propiciar la llegada al poder del
que ha sido el principal responsable de las políticas de recortes practicadas
en los últimos años y la cabeza de un Partido cercado por los intolerables casos de corrupción que se han producido,
bajo su etapa como Presidente.
Convertidos en enemigos irreconciliables, los socialistas
deberán afrontar durante la próxima legislatura la desagradable labor de
sentarse los unos junto a los otros en el Parlamento e incluso la de formar
parte de un grupo parlamentario fuertemente dividido, que habrá de gestionar
problemas que afecten a la totalidad del país, sin haber sido capaces de
ponerse de acuerdo entre ellos mismos.
Esta particular circunstancia, que con toda seguridad será
hábilmente aprovechada por sus oponentes políticos y muy especialmente por Podemos, confiere al PSOE una situación de extrema
debilidad, que sugiere un retroceso en su realidad, de incalculables
consecuencias.
Si pensaba Susana Díaz que su camino hacia el liderazgo del
PSOE sería un camino de rosas y que aterrizaría en Madrid aclamada por sus
compañeros, está claro que no sólo se equivocaba en la manera en que ha
planteado la jugada, sino que además, ha potenciado la aparición de otras
figuras, hasta ahora poco conocidas, como Iceta, que bien podrían disputarle y
ganarle el puesto por la mano, apoyados por una militancia a la que ella ha
ignorado sistemáticamente.
Arduo también, el
camino que espera a la izquierda real durante la próxima legislatura, teniendo
no sólo que oponerse a su enemigo natural, sino también, a esta facción del
PSOE que ha encontrado en su derechización, una vía para mantener privilegios
que no se resignan a perder, ni siquiera por el bien de los ciudadanos.
La amarga victoria de los abstencionistas, sacude hoy la
conciencia de la izquierda española, que aún se pregunta en qué momento y por
qué se hicieron trizas sus sueños de alcanzar, entre todos, un acuerdo.
Quizá habría que pensar que todos aquellos que hoy se apean
de este tren, en realidad nunca debieron cogerlo.

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