Intentando analizar lo que está ocurriendo estos días entre
los socialistas y a punto de entrar en la que sin duda será la semana más
decisiva para ellos, de cuántas han conocido a lo largo de su historia, uno no
puede sino preguntarse qué ha podido ocurrir de verdad, para que un Partido de
tradición progresista, que ha logrado sobrevivir a cuántos avatares se han
presentado en su camino desde que se instaurara entre nosotros la Democracia,
haya llegado incluso a propiciar entre los suyos una más
que probable escisión, sólo para defender la continuidad de un Sistema, que a
todas luces había empezado a resquebrajarse y que necesitaba urgentemente ser
sustituido por otro, en el que las necesidades de las personas se antepongan a
los intereses desmesurados de los poderosos que han ido haciéndose con las
Instituciones, en estos últimos años.
Es verdad, todos lo sabemos, que en política subyacen
intereses ocultos que por sus connotaciones se hurtan a la mirada curiosa de la
ciudadanía y también que el recurso al que se suele aludir cuando todas estas
cosas suceden, no es otro que el de estar velando por el bien común, pero las
líneas invisibles que a lo largo de la historia siempre han separado a la
izquierda de la derecha, han supuesto tácitamente, una frontera infranqueable
que raras veces alguien se ha atrevido a
cruzar, a no ser que estuviera decidido a posicionarse del todo a favor de la
ideología contraria, sumándose a sus filas de una manera permanente.
Quizá por eso, el cisma que se vive en el PSOE y que ha
llevado a los principales barones del Partido a la utilización de métodos poco
ortodoxos para alcanzar un fin que no hace otra cosa que mermar, aún más si se
puede, sus posibilidades de volver a hacerse con el poder, ahora y en el futuro
que viene, no puede de ningún modo ser comprendido por una sociedad, que por la
dureza de las experiencias vividas en los últimos tiempos, ha aprendido a leer
entre las líneas de todos y cada uno de los discursos políticos que se le
transmiten, entresacando unas conclusiones que casi nunca coinciden con las que
esperan los emisores que se atreven a poner en duda, una y otra vez, su nivel
de inteligencia.
Porque si bien es cierto que las luchas de poder son algo
habitual en el seno de los Partidos y
que todos éramos, desde ha mucho tiempo conscientes de que Susana Díaz
albergaba la pretensión de llegar a ocupar la Moncloa, como Presidenta de
Gobierno, también es verdad que parece del todo excesivo que sólo para lograr
este fin, se haya recrudecido la batalla hasta el punto de haber despedazado, a
modo de un incomprensible suicidio, el tono progresista que durante más de cien
años había sido la tónica habitual de los socialistas españoles y que había
conseguido situar a este Partido como líder de una oposición, que ahora cae
rendida a los pies de su más directo rival, inexcusablemente.
Por ello, los días que se avecinan, las futuras reuniones que
se mantengan y la celebración del próximo Comité Federal, adquieren una
importancia crucial que no solo atañe al momento en que se vaya a producir la
ya más que asumida abstención, sino que trasciende esa frontera, colocando al
próximo Secretario General de los socialistas, enfrente de un pelotón de
fusilamiento, que no dudará en aplicar el tiro de gracia en su nuca, sin
perdonar jamás la traición infringida a una izquierda que no tardará en relegar
al que fuera hasta ayer mismo su socio natural, al lugar que le corresponde por
sus acciones, en el arco del Parlamento.
Tampoco se sabe muy bien si los abstencionistas han pensado
de qué modo condicionará su futuro político ese momento en que tengan que
pronunciarse, físicamente, en el Parlamento, ni si son conscientes de las
lógicas diferencias que a partir de entonces harán los demás, entre ellos y
aquellos compañeros que se mantengan fieles al no, que desde el principio
apoyaron sus bases, en contra del mismo al que con sus votos harán Presidente,
pero esas caras, esas que se disponen a protagonizar el acuerdo, quedarán
inevitablemente grabadas en la memoria de los ciudadanos y ya no habrá lugar a
eludir responsabilidades en lo que pasó ni a adjudicar culpabilidades a otros,
que nada tuvieron que ver en la consecución de este extraño objetivo.
Como todos sabemos, ninguno de los principales instigadores
de esta postura, ni Felipe González, ni Susana Díaz, se sentarán esa tarde en
el Parlamento. Tampoco ninguno de ellos, votará, aunque de algún modo, estén
muy presentes entre las bancadas
divididas en las que se sienten sus propios compañeros. Tal vez por eso, porque no será a ellos a
quiénes corresponda pasar la vergüenza de propiciar la gobernabilidad de Rajoy,
permanecen anclados en su inamovible posición, negándose a escuchar las voces
de quiénes se niegan a colaborar con el acuerdo.
Lo que nunca sabremos, es si realmente les habrá merecido la
pena.

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