Nunca antes en la historia de este país, habíamos visto que
se llegara a la Presidencia del Gobierno simplemente sentándose a esperar,
mientras los demás oponentes de despedazaban entre ellos y menos aún que un
Partido inmerso en mil y un procesos por corrupción y otros actos que rayan
peligrosamente con las reglas de la moralidad y de la ética, fuera aplaudido
una y otra vez por la fuerza de casi ocho millones de votos, cautivos de un
mensaje de miedo o de una lealtad que no se puede entender, si no se relaciona
directamente con quiénes aplauden este tipo de pensamiento.
Tampoco se había dado jamás que una Formación considerada, en
principio, como cercana a la izquierda, facilitara a cambio de nada la llegada
al poder de su enemigo más directo, llegando incluso a fracturarse severamente,
con tal de no ofrecer ninguna oportunidad a un adversario surgido directamente
de la indignación popular del 15M, que nació, precisamente, como contestación a
las políticas que ya entonces empezaban a aplicarse indistintamente, por
quienes eran mayoría en el Parlamento de esta nación y que nos han arrastrado a
todos hasta una situación, francamente insostenible.
La cara de Mariano Rajoy ayer, cuando conoció la decisión de
abstenerse que había tomado el Comité Federal del PSOE, resultó ser bastante
significativa y no dejó lugar a dudas de que su estrategia de colocarse al
margen de la lucha de pactos que se ha venido librando desde hace casi un año,
entre todos los demás, ha terminado por darle los frutos necesarios para volver
a repetir en la Presidencia del Gobierno, sin haber hecho ningún tipo de mérito
para conseguirlo.
Naturalmente, ya sabemos que esta legislatura no será igual
que la anterior, al no haber alcanzado
el candidato conservador la mayoría absoluta, pero ni en sus mejores sueños
podría haber imaginado Rajoy que llegaría finalmente a ser investido por el
apoyo de un Partido socialista, destrozado por las luchas internas que han
protagonizado vergonzosamente los suyos y por la persecución sin tregua a que
le viene sometiendo Podemos.
Mucho tardaremos los ciudadanos en olvidar las cosas que han
sucedido a nuestro alrededor este último año, sobre todo porque al haberse
situado cada cual en el lugar al que realmente pertenecía, aunque trataran de
ocultarlo hábilmente, nuestra capacidad para elegir, se va a ver, a partir de
ahora sensiblemente incrementada por el hecho de conocer quién es quién, en el
arco del Parlamento y también porque en
este último año, han caído muchas de las caretas tras las que se ocultaban
determinados líderes políticos, que ahora habrán de batallar, tal como son, por
sacar adelante cada proyecto.
Nadie podrá ignorar, por ejemplo, que la estrategia utilizada
por Ciudadanos, ha contribuido ampliamente a la desintegración del PSOE, pues
aquel primer pacto que firmaron con los que entonces lideraba Pedro Sánchez,
fue un grillete del que ya no pudieron zafarse jamás los socialistas y que les llevó, al tener que
repetirse las elecciones, al principio de lo que hoy constituye su más
estrepitoso fracaso.
Quizá era ese y no otro el objetivo que desde el principio
procuraron Rajoy y Rivera, que desafiando lo que ya sabían que podría ocurrir
entre los Partidos de izquierdas, cerraron filas en torno a la idea de una gran
coalición, apartando de un plumazo las aspiraciones de todos aquellos que deseaban
un gobierno de progreso y propiciando a la vez, la manifiesta debilidad del que
hasta entonces había sido el principal Partido de la oposición, hasta producir
en él una fractura irreversible de la que tardará años en recuperarse y que
imposibilita cualquier intento de
obstrucción, a las propuestas que con toda seguridad se lanzarán en un futuro,
en el Parlamento.
Rendido el PSOE, de la manera más indigna de cuántas son
posibles y avenido a propiciar la investidura de Rajoy con una abstención que
supone abiertamente un apoyo directo, bregar con la durísima oposición que le
corresponde hacer a Podemos, será sin duda, mucho más llevadera para los
principales artífices de la maniobra, es decir, para el PP y Para Ciudadanos,
que permanecerán unidos, frente a la izquierda.
Sólo los que se
opongan a aceptar la disciplina de voto impuesta por la tiránica gestora
socialista, podrán continuar levantando la cabeza con honor, a partir de que Mariano
Rajoy y sus socios formen gobierno y sólo a ellos, les estará a partir de
entonces permitido, posicionarse al lado de las propuestas de progreso que sin
ninguna duda llegarán, al haber sido capaces de mantener su integridad
ideológica, frente a la volatilidad de sus propios compañeros.
Lo que ocurra en el PSOE cuando por fin se pueda convocar un
Congreso y le sea devuelta la voz hurtada a una militancia que ha sido
vapuleada por el absolutismo de algunos de sus líderes, supone aún una incógnita cuya solución
dependerá solamente de lo que pueda ocurrir entonces y que no merma un ápice de
dramatismo a la vergonzante firma de este tácito acuerdo.
El silencio de Rajoy, su desidia y su flema, para afrontar
los asuntos políticos, son en realidad los verdaderos artífices de su
continuidad en el Gobierno.
Tristemente, estas cosas solo pueden suceder en este país. En
cualquier otro, no se le habría dado siquiera la oportunidad de volver a
presentarse como candidato porque habría sido fulminado por la naturaleza de su
propia historia.

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