domingo, 9 de octubre de 2016

Elogio de la rebeldía


En estos tiempos difíciles, en los que los Partidos Políticos tradicionales suelen defender con ahínco el valor de la corrección, mientras tratan por todos los medios de anclar a las mismas personas, a los mismos cargos, aunque el compromiso real de muchos de ellos haya terminado por convertirse en un reducto de lo que fue, no queda otro remedio, para los que nacimos con espíritu inquieto y afán de permanente transformación que   buscar vías alternativas en las que continuar luchando por alcanzar aquellas utopías que son factibles de ser convertidas en realidad y que suelen ir estrechamente relacionadas con la rebeldía.
Así, mientras unos identifican el debate con el más feroz de los enfrentamientos, incapaces de hallar en el diálogo sincero, un camino para alcanzar acuerdos, otros, mucho más curtidos en estas lides, menos amantes de lo material y más proclives a compartir con los demás, la naturaleza de sus razonamientos, van escalando posiciones en una Sociedad incapaz de entender la docilidad que se le exige desde los organismos del poder, como única salida a la desolación que representa renunciar para siempre a la libertad de expresar los propios pensamientos.
Esas diferencias de conducta, tan evidentes estos días, si uno se para a analizar cómo se  gestionan los desacuerdos en  PSOE y en Podemos, clarifican, cada vez más y pese al ocultismo que algunos pretenden mantener, la manera de gestionar los problemas internos que surgen en las Formaciones políticas y por añadidura, lo que podría ocurrir a mayor escala, si alguno de estos Partidos llegara a obtener el poder, en un breve espacio de tiempo.
Poco o nada ha tardado el Presidente de la Gestora socialista en exigir a los suyos esa mansedumbre que lleva inexorablemente al acuerdo con el Partido Popular y además, apelando a la teoría del mal menor, como si ser rebelde, manteniendo hasta el final con dignidad, la oposición debida a la llegada al poder de su mayor enemigo político, no supusiera de por sí, dar carpetazo a todo el ideario que durante sus más de cien años de existencia defendió con mayor o menor firmeza un Partido que nació para contrarrestar los efectos de la política liberal conservadora, que ahora representan Mariano Rajoy y los suyos, como todos sabemos.
Entretanto, en los Círculos de Podemos, se debate el grado de radicalización que debe ser empleado en el discurso y las diferentes corrientes que forman este movimiento asambleario, se sientan juntas a discutir cada uno de los argumentos, en lo que se podría considerar un alarde de lo que significan los métodos de la nueva política, a la que tanto temen los conservadores, incapaces de reconocer que aún sin quererlo, se hallan inmersos de lleno en ella, irremediablemente.
Resulta pues, inevitable, comparar los estilos, para llegar rápidamente a comprender que nada tiene que ver el episodio protagonizado por los líderes socialistas la pasada semana, con éste último que referimos y en el que con toda seguridad, también se tratan asuntos relacionados con posiciones políticas encontradas, pero sin el incomprensible dramatismo que acarrean las guerras que se ceban con los vencidos.
 En contra de la opinión de los tradicionalistas, la rebeldía no supone en sí misma una descomposición de las estructuras establecidas, sino un medio para poder transformarlas con esfuerzo y decisión, pero sin el conformismo que impide avanzar en la dirección que nos parezca más conveniente.
Quiero decir, que mientras los amantes de la mansedumbre, de las buenas costumbres y la obediencia, de la ética de las corbatas y los trajes oscuros, del pelo engominado y el discurso prudente, se despedazan los unos a los otros en una suerte de traiciones rocambolescas y emboscadas urdidas en las cloacas de los lujosos despachos que ocupan, los acusados de radicalidad, los niños maleducados capaces de romper las formas solemnes de nuestro Parlamento, los transgresores de la corrección, los de los vaqueros y las deportivas y el pelo recogido en rastas o en coleta, hacen del arte de dialogar, una ventana a la que todos podemos asomarnos sin miedo, para descubrir cómo se pueden cerrar esos acuerdos, que otros han sido incapaces de obtener, marcados seguramente por la obediencia debida a unas reglas que han quedado del todo obsoletas.

Bien harían en aprender la lección que les ofrecen estos inoportunos recién llegados, que a base de revolucionar el sistema, no hacen otra cosa que sentar precedentes.

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