En estos tiempos difíciles, en los que los Partidos Políticos
tradicionales suelen defender con ahínco el valor de la corrección, mientras
tratan por todos los medios de anclar a las mismas personas, a los mismos
cargos, aunque el compromiso real de muchos de ellos haya terminado por
convertirse en un reducto de lo que fue, no queda otro remedio, para los que
nacimos con espíritu inquieto y afán de permanente transformación que buscar vías alternativas en las que continuar
luchando por alcanzar aquellas utopías que son factibles de ser convertidas en
realidad y que suelen ir estrechamente relacionadas con la rebeldía.
Así, mientras unos identifican el debate con el más feroz de
los enfrentamientos, incapaces de hallar en el diálogo sincero, un camino para alcanzar
acuerdos, otros, mucho más curtidos en estas lides, menos amantes de lo
material y más proclives a compartir con los demás, la naturaleza de sus
razonamientos, van escalando posiciones en una Sociedad incapaz de entender la
docilidad que se le exige desde los organismos del poder, como única salida a
la desolación que representa renunciar para siempre a la libertad de expresar
los propios pensamientos.
Esas diferencias de conducta, tan evidentes estos días, si
uno se para a analizar cómo se gestionan
los desacuerdos en PSOE y en Podemos,
clarifican, cada vez más y pese al ocultismo que algunos pretenden mantener, la
manera de gestionar los problemas internos que surgen en las Formaciones
políticas y por añadidura, lo que podría ocurrir a mayor escala, si alguno de
estos Partidos llegara a obtener el poder, en un breve espacio de tiempo.
Poco o nada ha tardado el Presidente de la Gestora socialista
en exigir a los suyos esa mansedumbre que lleva inexorablemente al acuerdo con
el Partido Popular y además, apelando a la teoría del mal menor, como si ser
rebelde, manteniendo hasta el final con dignidad, la oposición debida a la
llegada al poder de su mayor enemigo político, no supusiera de por sí, dar
carpetazo a todo el ideario que durante sus más de cien años de existencia
defendió con mayor o menor firmeza un Partido que nació para contrarrestar los
efectos de la política liberal conservadora, que ahora representan Mariano
Rajoy y los suyos, como todos sabemos.
Entretanto, en los Círculos de Podemos, se debate el grado de
radicalización que debe ser empleado en el discurso y las diferentes corrientes
que forman este movimiento asambleario, se sientan juntas a discutir cada uno
de los argumentos, en lo que se podría considerar un alarde de lo que significan
los métodos de la nueva política, a la que tanto temen los conservadores,
incapaces de reconocer que aún sin quererlo, se hallan inmersos de lleno en
ella, irremediablemente.
Resulta pues, inevitable, comparar los estilos, para llegar
rápidamente a comprender que nada tiene que ver el episodio protagonizado por
los líderes socialistas la pasada semana, con éste último que referimos y en el
que con toda seguridad, también se tratan asuntos relacionados con posiciones
políticas encontradas, pero sin el incomprensible dramatismo que acarrean las
guerras que se ceban con los vencidos.
En contra de la
opinión de los tradicionalistas, la rebeldía no supone en sí misma una
descomposición de las estructuras establecidas, sino un medio para poder
transformarlas con esfuerzo y decisión, pero sin el conformismo que impide
avanzar en la dirección que nos parezca más conveniente.
Quiero decir, que mientras los amantes de la mansedumbre, de
las buenas costumbres y la obediencia, de la ética de las corbatas y los trajes
oscuros, del pelo engominado y el discurso prudente, se despedazan los unos a
los otros en una suerte de traiciones rocambolescas y emboscadas urdidas en las
cloacas de los lujosos despachos que ocupan, los acusados de radicalidad, los
niños maleducados capaces de romper las formas solemnes de nuestro Parlamento,
los transgresores de la corrección, los de los vaqueros y las deportivas y el
pelo recogido en rastas o en coleta, hacen del arte de dialogar, una ventana a
la que todos podemos asomarnos sin miedo, para descubrir cómo se pueden cerrar
esos acuerdos, que otros han sido incapaces de obtener, marcados seguramente
por la obediencia debida a unas reglas que han quedado del todo obsoletas.
Bien harían en aprender la lección que les ofrecen estos inoportunos
recién llegados, que a base de revolucionar el sistema, no hacen otra cosa que
sentar precedentes.

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