En medio de una mañana marcada por la declaración del
principal imputado en la Gurtel, Francisco Correa, nos llega la estupenda
noticia de que se ha concedido el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, que
se convierte así en el primer cantante que logra dicho galardón, seguramente
por las espléndidas letras que durante años corearon los jóvenes más rebeldes
de todo el planeta y que son himnos representativos de toda una generación, a
la que muchos de nosotros pertenecemos.
Emocionados por lo inusual que resulta que se recompense una
literatura fundamentalmente popular, que al mismo tiempo lleva intrínsecas una
serie de connotaciones políticas, la declaración de Correa se hace, incluso
tediosa, aunque parece que ha comenzado tirando levemente de una manta que
oculta una valiosísima información, pero que nadie acaba de levantar en su
totalidad, para que se conozcan por fin, todos los nombres de los que se
movieron a sus anchas en lo que, por su enorme tamaño, parece un auténtico vertedero.
Los que hemos admirado y admiramos la labor de Bob Dylan,
sentimos hoy la tentación de desligarnos un poco de la putrefacción corrupta
que nos rodea e incluso de la incógnita que abre esta información que revela el
imputado y que podría frenar la intención de abstenerse que han movido estos
días los barones socialistas, para dedicar la jornada, simplemente, a escuchar
las canciones de este genio irrepetible de la música, cuyo mensaje continúa
pleno de actualidad, aunque hayan pasado, desde que se crearon algunas, muchos,
muchos años.
Por otra parte, como las buenas noticias no suelen ser
habituales en los momentos que vivimos, el reconocimiento a Dylan, nos llega
como una especie de recompensa a toda esa generación de luchadores, cuyos
méritos se han infravalorado tantas veces, pero que conseguimos, aunque solo
fuera parcialmente, cambiar el rumbo del mundo, convirtiéndolo en un lugar
mucho más libre que el que heredamos de nuestros progenitores.
Quizá por eso y porque nuestro nivel de indignación ha
llegado a superar los niveles que se alcanzaban entonces, debido al retroceso
que nos han traído los encargados de gobernar actualmente nuestros destinos,
preferimos hoy olvidar, aunque sólo sea por una jornada, a todos aquellos que
se empeñan en torcer los caminos que hace tanto tiempo emprendimos y
recordarles, no sin emoción, que a pesar de nuestra edad, continuamos sirviendo
al espíritu de combate que entonces nos caracterizó y que resistiremos hasta
dónde haga falta, sin renunciar a nuestros principios.
La rebeldía, recompensada hoy con este Premio Nobel, es, como
no podía ser de otra manera, atemporal y no les quepa duda de que siempre será
la que mueva este mundo en el que habitamos,
intentando que sea mejor, para los que tomen el relevo.
Por favor, hagan el ejercicio de volver a escuchar Blowing in
the wind y díganme si no perece que fuera escrita ayer, por cualquiera de los
jóvenes que hoy nos rodean.
Muchas felicidades para el maestro.

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