martes, 31 de mayo de 2016

Traición a la memoria


A todos aquellos que prácticamente desde que comenzara la transición, vimos  a  Felipe González como el único líder que podría ser capaz de transformar el país y que vivimos emocionados el estallido popular que se produjo, aquel Octubre del 82 , cuando cientos de miles de ciudadanos se echaron a la calle para festejar la entrada en el gobierno, por primera vez, de la izquierda, nos cuesta trabajo relacionar  la imagen que guardamos en la memoria, del que todos consideramos entonces como nuestro Presidente, con la de este hombre mayor que ahora vemos hacer uso de las puertas giratorias y codearse con amistades peligrosas, no solo relacionadas con el fraude fiscal, sino también implicadas claramente, en terribles genocidios.
Nada parece quedar de aquellos mensajes valientes que reclamaban justicia social para todos los españoles, ni del ímpetu personal que González ponía, frente a todos sus adversarios y muy particularmente, frente a la derecha, en aquellas sesiones maratonianas que se celebraban en el Congreso y que levantaban pasiones entre las masas, como si no hubiera podido sucedernos nada mejor, que tener a este hombre, entonces tan cercano, como representante en el mundo.
Ya se sabe, que la vida nos va moldeando y llevándonos por caminos  impensables, a veces bastante lejanos de las que fueron nuestras primeras pretensiones, pero por muy duro que sea el devenir, por mucho que cueste adaptarse a lo que la realidad nos va deparando a lo largo de los años, nada hay que gratifique más al hombre, que mantener frescos e intactos los principios y cuidarlos y defenderlos, porque es lo único que nos hace conservar en estado puro la dignidad, lejos de inmoralidades y corrupciones anímicas, que suelen ser las que más devastan la integridad de las personas.
Es por eso, que esta traición que hace el señor González a la memoria colectiva de los españoles, no puede por   menos que producir una inmensa e inenarrable tristeza, al provocar en nosotros sentimientos de rabia e indignación, como si de pronto hubiéramos comprendido, muy a nuestro pesar, cuánto nos equivocamos entonces, al apostar por las propuestas que aquel socialismo, nos ofrecía.
Porque si hubiéramos imaginado, por un solo momento, que oiríamos al que fue nuestro líder, reclamar una coalición con los populares y criticar con tanta contundencia propuestas de Podemos, que bien podrían haber sido suyas, en aquellos primeros años de su carrera política, jamás habríamos accedido a otorgarle sin reservas nuestra confianza y menos aún, permitido que continuase en el cargo durante cuatro legislaturas, hasta que factores ajenos a nuestra voluntad, hicieron que perdiera.
Mucho le hemos querido y respetado, incluso después de que dejara de ser Presidente y mucho hemos reconocido cuánto cambió el país, en el tiempo que estuvo representándonos a todos, pero su vida actual, su renuncia consciente y paulatina a tantas cosas importantes, que a día de hoy, todavía no se han conseguido y su patético escoramiento hacía una derecha de la que abominaba  tajantemente, hasta hace sólo unos cuantos años,  anula de manera inmediata cualquier recuerdo bueno de aquel pasado y convierte la imagen que teníamos de él, en una caricatura grotesca y añeja, que se mueve como un fantasma, por el submundo de la política española.
Frente a la sobriedad que conservan otras figuras que fueron importantes en el país, como es el caso de Julio Anguita, por ejemplo, Felipe González, no hace otra cosa que perder a diario, la estimación de los ciudadanos.
Quiénes no le conocieron entonces, deben pensar sin duda, que en el fondo, siempre fue así, pero a los que le acompañamos en todas aquellas vivencias, nos parece que su recuerdo se desvanece, ensombrecido por su propia ambición y que ya no queda, absolutamente nada que merezca la pena salvar, de aquel joven que fue y al que probablemente, ni él mismo reconoce, cuando se mira en el espejo.
 


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